Me he ocupado de él durante ocho años. Nadie me ha agradecido por ello.

Me llamo María, tengo setenta y dos años y, como si fuera un sueño que se alarga sin final, ocho años cuidé a Don Manuel, el padre de mi nuera Carmen. Nadie me ofreció una sola palabra de gratitud, y esa ausencia se quedó grabada en mi recuerdo como una sombra que se arrastra por los pasillos de mi vivienda en Madrid.

Cuidar a una persona enferma es una carga que se vuelve pesada como una piedra de molino, y más aún cuando no hay sangre que una. Don Manuel era, a ojos míos, un completo desconocido; un profesor de matemáticas de la Universidad de Salamanca que, sin aviso, cayó en una enfermedad grave. Lo tratamos durante mucho tiempo, gastando todo lo que teníamos y más, desembolsando euros como si fueran arena que se escapa entre los dedos.

Al final lo ataron a la cama. No había quien lo atendiera. Mi hijo Luis estaba siempre ocupado, viajando de negocio, y mi nieto Julián, estudiante, sólo podía escucharlo desde la distancia. Carmen trabajaba en una empresa de seguros en Barcelona y, aunque tenía una hermana mayor, Isabel, que vivía en Valencia, ésta sólo podía llamar para sentir la pena. A Carmen le prohibieron tomarse la baja; le dijeron con voz de mando: «O trabajas como siempre, o te despiden». Ella eligió el trabajo y la responsabilidad del padre cayó sobre mis hombros.

Al principio Carmen me pidió que fuera al domicilio al menos una vez al día, para cocinarle y alimentarle. Yo acepté, sin imaginar que aquel encargo se convertiría en una cadena interminable. Llegaba al amanecer, pasaba dos horas y regresaba a casa, pero con cada día Carmen añadía nuevas tareas. Así, mi jornada se dilató: pasaba todo el día a su lado, solo salía al anochecer, y por la mañana regresaba caminando, como si los pasos fueran hilos que me ataran al suelo.

Luis, con compasión, me aconsejó que dejara la labor caritativa, pero no quiso decirle nada a su mujer, pues vivía bajo el mismo techo. Cada vez que la hermana mayor de Carmen, Isabel, me llamaba, su voz era como un eco que ordenaba: «Haz esto, haz aquello, así es como debes cuidar a su padre». Cuando no podía atender alguna petición, Carmen se enfadaba, y sus palabras se convertían en un viento frío: «Si no te gusta, llévate a tu hijo y vete. Yo me las arreglo sola, buscaré una niñera».

Escuché esas exigencias durante ocho años, como si el tiempo se doblara y el reloj marcara una eternidad. Cuando al fin Don Manuel falleció, ninguna de sus hijas se acercó a mí para agradecer el esfuerzo. La mayor, Isabel, sostuvo que nadie me obligó a cuidar de su padre, que lo hice por voluntad propia.

Así es la vida: se extienden actos de bondad como una alfombra de flores en un sueño, pero la gente puede ser tan cruel que ni siquiera ofrece una palabra de agradecimiento. En mi mente, la escena persiste: las paredes del cuarto se funden en agua, el susurro de la noche repite mi nombre, y yo sigo caminando, sin saber si algún día encontraré la luz que me devuelva la paz.

Rate article
MagistrUm
Me he ocupado de él durante ocho años. Nadie me ha agradecido por ello.