¡Mamá, ya estoy instalada! ¿Te lo crees? ¡Por fin!
Laura sujetaba el móvil entre el hombro y la oreja mientras trataba de dominar ese cierre rebelde de la puerta. La llave giraba como si el pistón estuviese poniéndole a prueba: ¿de verdad eres tú la nueva dueña?
¡Hija, menos mal! ¿Y el piso, qué tal? ¿Todo bien? la voz de Carmen transmitía esa mezcla de nervios y alegría que solo pueden expresar las madres de verdad.
¡Perfecto! Luminoso, espacioso. El balcón da al este, justo como quería. ¿Está papá ahí contigo?
Aquí estoy, aquí se oyó la voz grave de Juan. Estaban en altavoz. ¿Qué, el pajarillo ha salido del nido?
Papá, tengo veinticinco años, ¿qué pajarillo ni qué niño muerto?
Para mí, siempre serás mi pajarillo. ¿Has revisado las cerraduras? ¿Las ventanas están bien selladas? ¿Y los radiadores…?
¡Déjala respirar, Juan! interrumpió Carmen. Laura, pilas. El edificio aún es nuevo, quién sabe quién vive al lado.
Laura se rió, venció el obstinado pestillo y empujó la puerta.
Mamá, que esto no es un piso compartido de los años setenta. Es buen barrio, buena gente. No tengas miedo.
Las siguientes semanas se convirtieron en un bucle interminable entre Leroy Merlin, Ikea y su propio piso. Laura dormía con un catálogo de papeles pintados por almohada, y amanecía pensando si el beige perlado o el crema quedarían mejor en el baño.
Un sábado, de pie en el salón, rodeada de muestras de telas para las cortinas, el móvil volvió a vibrar.
¿Cómo va eso? preguntó Juan.
Lento pero seguro. Hoy decido cortinas. Estoy entre marfil y nata montada. ¿Tú qué opinas?
Opino que cuando el color suena tan sofisticado, seguro que es el mismo y te lo venden más caro.
¡Papá, no entiendes de tonalidades!
Pero sí de enchufes. ¿Repartieron bien las tomas de corriente?
La reforma devoraba tiempo, euros y paciencia, pero cada nuevo detalle daba vida a esas paredes desnudas. Laura eligió sola el papel de la habitación, buscó su propio instalador de parquet, ingenió la colocación de los muebles para que esa mini cocina pareciera más amplia.
La última vez que el albañil se llevó los restos de escombros, Laura se sentó en el suelo del salón, rodeada de luz suave que colaba entre sus flamantes cortinas, con ese olor a limpio y pintura fresca. Era su primer hogar, de verdad.
El “encuentro vecino” ocurrió tres días después de la mudanza definitiva. Laura lidiaba con sus llaves cuando enfrente sonó un cerrojo.
¡Ah, la nueva! Una mujer de treinta y pocos cruzó la puerta. Pelo corto, pintalabios rojo y ojos curiosos. Yo soy Rocío. Vivo justo aquí enfrente, así que ya somos vecinas.
Soy Laura. Encantada.
Si necesitas sal, azúcar, o simplemente charlar un rato, llama sin miedo. Al principio de vivir sola aquí da un poco de yuyu, te lo digo yo.
Rocío resultó una conversadora divertida. Tomaban té en la cocina de Laura, criticando a la comunidad de propietarios y el peculiar plano del edificio. Rocío compartía secretos del piso: el wifi más rápido, el fontanero más majo (por un buen precio), el supermercado con la fruta más fresca.
Tengo una receta de bizcocho de manzana que te mueres Rocío trasteaba con el móvil. Te la paso ahora. Se hace en media hora y parece que has estado todo el día horneando.
¡Mándamela! No he estrenado el horno siquiera.
Los días se volvieron semanas, y Laura agradecía tener cerca a una vecina tan maja. Coincidían en el descansillo, se invitaban a café de vez en cuando, se prestaban libros.
El sábado apareció Juan, para intentar domar una balda rebelde.
Cógiste tacos equivocados diagnosticó él mirando los tornillos. Estos son para pladur y tú tienes hormigón. Tranquila, tengo lo bueno en el coche.
En una hora la balda colgaba firme y recta. Juan guardó sus herramientas, examinó todo con ojo crítico y asintió aprobado.
Bueno, eso aguanta veinte años.
¡Eres un artista, papá! Laura abrazó a su padre.
Bajaron juntos charlando de tonterías. Juan preguntaba por el trabajo, Laura se quejaba de un jefe Jekyll y Hyde que no sabía ni cuándo era la fecha de entrega.
En la puerta, Rocío llegaba cargada de bolsas del supermercado.
¡Hola tú! saludó Laura. Este es mi padre, Juan. Papá, Rocío, la vecina de la que tanto te he hablado.
Encantado sonrió Juan, con esa gracia familiar.
Rocío se quedó rígida un instante, escaneó la cara de Juan y luego la de Laura. Su sonrisa pareció pegada con Super Glue.
Igualmente dijo cortante, y se fue pitando hacia el portal.
Después de ese cruce, cambió todo. Al día siguiente Laura saludó como siempre, pero Rocío respondió con un frío movimiento de cabeza. Dos días después, cuando Laura la invitó a un té, Rocío se excusó con prisas, ni escuchó la propuesta.
Y entonces, empezaron los disgustos…
La primera vez que llamó la poli era casi las nueve de la noche.
Tenemos aviso de ruidos el agente, bien entrado en años, parecía incómodo. Música alta, jaleo…
¿Música? Laura, atónita. Estaba leyendo, ¡y con las puertas cerradas!
Ya, ya… pero hay que venir si se queja el vecindario.
Las denuncias fueron a pares: la comunidad recibía mails de taconeo infame, ruidos constantes, fiestas nocturnas. El policía se presentó con frecuencia, siempre pidiendo disculpas y con las manos arriba.
Laura tenía claro de dónde salía el problema. Lo que no tenía ni idea era el porqué.
Cada mañana era una sorpresa: ¿hoy qué toca? ¿Cáscaras de huevo estrelladas en la puerta? ¿Posos de café pegados en el marco? ¿Una bolsa de peladuras de patata bajo el felpudo?
Laura se levantaba media hora antes para limpiar lo que hiciera falta antes de ir a la oficina. Tenía las manos resecas de tanto producto. El nudo en la garganta era ya una rutina.
No puedo aguantar mucho más se dijo una noche, mirando timbres de videovigilancia.
Instaló la cámara en veinte minutos: discreta, parece un simple mirilla, pero graba todo el pasillo. Laura la conectó al móvil y esperó.
No tuvo que esperar mucho.
A las tres de la madrugá, el móvil se iluminó con alerta de movimiento. Laura, con absurda incredulidad, vio cómo Rocío en bata y pantuflas embadurnaba su puerta con algo negro. Lo hacía como quien pela una cebolla, la rutina de siempre.
La siguiente noche, Laura hizo guardia en la entrada. Sobre las dos y media, oyó el roce.
Abrió de golpe la puerta.
Rocío se quedó petrificada con una bolsa en la mano, de la que goteaba algo nada agradable.
¿Qué te he hecho yo? preguntó Laura, con voz quebrada. ¿Por qué eres así conmigo?
Rocío soltó la bolsa al suelo. Su cara se torció, las facciones bonitas se apretujaron como una mueca antigua de resentimiento.
¿Tú? Tú no me has hecho nada. Pero tu señor padre…
¿Qué tiene que ver mi padre?
¡Que él también es mi padre! Ahora Rocío casi gritaba, sin importarle el escándalo. ¡Solo que a ti te cuidó, te mimó, y a mí me dejó tirada cuando tenía tres años! Ni un euro mandó, ni una llamada. Mi madre y yo malviviendo mientras él montaba la familia perfecta con tu madre. ¡Así que sí, tú me has quitado a mi padre!
Laura retrocedió, chocando con el marco.
No puede ser…
¿No? Pregúntale. Pregúntale si conoce a Margarita Sánchez y su hija Rocío, las que echó a la basura como si fueran trastos.
Laura se cerró de golpe en su casa y se derrumbó contra la puerta. Solo le daba vueltas a una idea: no puede ser, no puede ser, mi padre no es así.
A la mañana siguiente fue directa a casa de sus padres. Todo el camino se repasó la pregunta. Pero al ver a Juan, tan tranquilo, leyendo el periódico, las palabras se le atragantaron.
¡Laurita! Qué sorpresa exclamó Juan. Mamá ha ido al mercado, vuelve enseguida.
Papá, hay algo que quiero preguntarte… Laura se sentó, retorciendo la correa del bolso. ¿Tú conoces a Margarita Sánchez?
Juan palideció. El periódico resbaló al suelo.
¿De dónde…?
Su hija es mi vecina, Rocío. Dice que tú eres su padre.
El silencio podía partir una piedra.
Vamos a verla dijo Juan, tajante. Ahora mismo. Esto hay que dejarlo claro.
Fueron los cuarenta minutos más cortos y largos de su vida. No se hablaba, Laura sólo miraba los bloques que pasaban y pensaba cómo recomponer el puzzle de su familia.
Rocío abrió sin preguntar: parecía esperarlos. Los miró de arriba abajo pero se apartó para dejarlos pasar.
¿Vienes a pedir perdón, no? ¿Treinta años más tarde?
Vengo a aclararlo. Juan sacó un papel doblado de la chaqueta. Léelo.
Rocío lo tomó con recelo. Al leer, su cara mutó: primero rabia, luego asombro, luego confusión total.
¿Esto…?
El resultado de las pruebas de paternidad afirmó Juan, sereno. Me las hizo tu madre por el juicio de la pensión. Salió negativo. Margarita me engañó. No soy tu padre.
El papel se le cayó de las manos a Rocío…
Laura y Juan salieron de aquel piso sin volver la vista atrás. En casa, Laura se lanzó a los brazos de su padre, hundiendo la cara en su camisa arrugada.
Perdóname, papá, por dudar siquiera.
Juan le acarició el pelo, igual que cuando era niña y llegaba llorando por la pelea con una amiga.
No tienes nada que perdonar, hija. Aquí hay quien juega con las vidas de otros.
La relación con Rocío nunca se recuperó. Laura tampoco lo intentó tras tanta faena, ese respeto perdido ya no tenía arreglo.




