«¡Me esfuerzo por ustedes y no lo valoran!», dice la suegra, mientras su ayuda ya me pone al límite…

—¡Pero si lo hago por ustedes! ¡Y no lo valoran! —dice mi suegra, mientras a mí ya me tiembla el ojo de tanto aguantar su “ayuda”…

A veces me pillo soñando con una sola cosa: largarme. A donde sea—otra ciudad, al fin del mundo, incluso a un pueblito cerca de Valencia. Lo importante es poner tierra de por medio entre yo y la madre de mi marido. Porque, si no, voy a acabar loca. Cada vez que escucho su voz entusiasta—”¡Os traigo algo que os va a encantar!”—me da un tic en el párpado.

Cuando Pablo y yo nos casamos, todos mis amigos me envidiaban: “Qué suerte tienes con tu suegra, ni se queja ni se entromete, ni siquiera trae tartas sin avisar”. Al principio era así—se esforzaba por mostrarse respetuosa. Pero, claro, tenía toda esa energía acumulada que, tarde o temprano, tenía que estallar. Y cuando estalló, arrasó con todo lo que habíamos construido.

Primero quiso organizarnos una boda de revista, con banquete, lanzamiento de arroz y cincuenta invitados. Por suerte, nos libramos gracias al cumpleaños de su hija pequeña, donde descargó toda esa hiperactividad. Pero no se calmó.

Por entonces alquilábamos un piso. Bonito, luminoso, acogedor. Hasta que mi suegra empezó a traernos “cosas útiles”: platos viejos con grietas, rodillos de amasar que parecían de la guerra y, por supuesto, cortinas… Esas cortinas aún me persiguen en sueños—terciopelo rojo cereza, agujereadas por las polillas.

—¡Pero si es terciopelo de verdad! Con arreglarlas un poco, parecerán nuevas—decía ella, emocionada.

Y yo, por dentro: “Si son tan maravillosas, ¿por qué no te las pones tú en tu casa?”.

Cuando por fin compramos nuestro piso—con ayuda de mis padres y los padrinos de Pablo—ilusa de mí, pensé que empezaría una nueva vida. Pero mi suegra decidió que, como no había puesto dinero, ayudaría de otra forma. Es decir, haciendo todo lo posible para que se nos pusieran los pelos de punta.

Primero llegaron con el papel pintado. Seguro que tenía cuarenta años. Descolorido, húmedo, olía a trastero abandonado. Después insistió en que el “tío Manolo”, un manitas de confianza, pusiera los azulejos del baño. El “maestro” los colocó torcidos, se caían a pedazos a la semana, las juntas se mancharon… y al final tuvimos que pagar a otros para arreglar su “ayuda gratis”.

Lo siguiente fue la nevera. Casi se la carga a hombros escaleras arriba. Sonaba como un avión al despegar, y el olor… Parecía que algo había muerto dentro. La tiramos ese mismo día, pero mi suegra montó un drama:

—¡Solo había que limpiarla! ¡Os habría durado diez años más! ¡Qué desagradecidos sois!

Luego fue el sofá de la prima segunda. Luego el aparador de los tiempos de Franco. Luego la alfombra que olía a humedad y abandono. Nos negamos a todo—y cada vez era lo mismo: lloros, reproches, el mundo se acababa.

Ahora estoy embarazada. Lo mantuvimos en secreto, pero cuando ya se me notaba la tripa, tuvimos que decirlo. Y ahí empezó: mi suegra se puso a reunir un “ajuar” de cosas de segunda mano—el carrito que usó la hija de una tal Lucía, la cuna que heredó la sobrina de no sé quién, ropa que llevaron cuatro bebés antes…

Y yo no quiero. No quiero que mi bebé duerma en una cuna donde no sé quién ha dormido. No quiero que vaya en un carrito con los frenos rotos. No quiero vestirlo con ropa ajena, lavada mil veces. Me da repelús. Y me duele que nadie tenga en cuenta cómo me siento.

Ahora mi suegra sigue con su campaña. Yo callo—el embarazo no es buen momento para peleas. Pablo intenta pararle los pies, diciendo que no, buscando excusas. Pero se le nota cansado. Su madre tiene la energía de una central nuclear, y esto no parece acabarse nunca.

A veces pienso en vender el piso, irme y no decirle a nadie adónde. Desaparecer. No es que sea mala. Es que solo quiero silencio. Libertad. Mi vida. Sin cortinas de terciopelo, neveras que parecen ataúdes ni alfombras del siglo pasado. Quiero respirar. Quiero vivir. Quiero tener a mi hijo y que nuestra casa sea nuestro nido—tranquilo, nuevo, limpio. Sin visitas “de buena voluntad” que me hacen querer gritar.

Rate article
MagistrUm
«¡Me esfuerzo por ustedes y no lo valoran!», dice la suegra, mientras su ayuda ya me pone al límite…