¿Me escuchas? Solo quiero abrirte los ojos…

—¿Hola, me escuchas? Solo quiero abrirte los ojos…

Lucía estaba sentada en la mesa de la cocina, preguntándose qué hacer. *Perdonar no puedo. No se puede perdonar una traición así, así como así. Aunque, por otro lado, ¿acaso he vivido mal todos estos años? Piso en el centro de Madrid, una vida cómoda. No me puedo quejar. Aun así…*

***

En el colegio, Lucía era una alumna ejemplar. Simplemente, sus padres la habían criado con la idea de que todo debía hacerse bien.

En cambio, Marcos apenas sacaba aprobados en todas las asignaturas, excepto en matemáticas. Ahí era un prodigio, ganaba todas las olimpiadas. Siempre iba despeinado y tenía la mala costumbre de pasarse los dedos por el pelo cuando algo no le salía. Un poco encorvado, con esas gafas de montura gruesa que le daban aire de empollón. Las chicas no le interesaban; solo pensaba en teoremas y fórmulas.

Un día, por accidente, alguien lo empujó en el recreo. Las gafas se le cayeron y se rompieron. En clase, entrecerraba los ojos para ver la pizarra. De pronto, Lucía reparó en su perfil—el perfil de un general griego, con una barbilla pronunciada, una nariz recta, unos labios bien definidos y unas pestañas espesas que enmarcaban sus ojos.

Un golpe en el hombro la sobresaltó.

—Mira, sin las gafas está bastante guapo—susurró al oído su amiga Marisol.

Lucía desvió la mirada, ruborizada, pero minutos después volvió a observarlo. Después de clase, se acercó a él y le dijo que sin gafas se le veía mucho mejor.

—¿No has probado a usar lentillas?

Al día siguiente, Marcos llegó al instituto sin gafas, pero tampoco entrecerraba los ojos. Lucía comprendió que sus padres le habían comprado lentillas.

—¿Así está mejor? —le preguntó en el recreo.

—Mucho mejor—sonrió Lucía.

A partir de ese día, empezaron a salir. Él le hablaba con pasión de teoremas y fórmulas, mientras ella lo miraba con ojos enamorados. Le ayudaba con lengua y literatura.

A él, campeón de olimpiadas matemáticas, se le abrieron las puertas de las mejores universidades. Por Marcos, Lucía cambió de idea sobre estudiar filología en su ciudad natal y se fue a Madrid, con tal de no separarse de él.

Cuando la carrera tocaba a su fin, los padres de Lucía insistían en que volviera a casa. Ella había perdido toda esperanza de quedarse con Marcos. Pero, justo antes de marcharse, él se arrodilló torpemente y le propuso matrimonio, tendiéndole un anillo en una cajita, como en las películas de antaño.

Marcos entró en el doctorado, empezó a dar clase a universitarios de primer año. Les asignaron una habitación en la residencia para profesores, con una cocinita y baño diminutos.

Lucía era una estudiante mediocre; no le quedaba otra que ser profesora. Al año y medio, dio a luz a una niña y no regresó a la enseñanza. Marcos defendió su tesis, ganó un premio prestigioso por demostrar un teorema complejo. Lucía se quedó en casa criando a su hija.

Sus artículos se publicaban en revistas internacionales. Hasta lo invitaron a dar conferencias en Harvard. Obtener el título de doctor en ciencias exactas marcó un nuevo hito en su carrera. Lucía se alegraba sinceramente de sus éxitos, pues en ellos había también parte de su esfuerzo. De la residencia, se mudaron a un piso en el centro de Madrid.

Los conocidos los consideraban una pareja modélica, un ejemplo para sus hijos. La vida de Lucía giraba en torno a Marcos y su hija Adriana, que creció convirtiéndose en una belleza y se casó joven con un pintor prometedor.

Pero todo se derrumbó en un día. Lucía iba a preparar la comida cuando sonó el teléfono. Descolgó y contestó con amabilidad.

—¿Es usted la esposa de Marcos Ruiz? Llamo para advertirle. Su marido le es infiel. No cuelgue—pidió la voz benévola, aunque Lucía no pensaba hacerlo—. Tuvo un romance con mi hija. La pobre casi no supera la depresión cuando la dejó. Ahora sale con una profesora joven. Viajan juntos a congresos… ¿Hola, me escuchas? Solo quiero abrirte los ojos…

Hacía rato que el auricular pitaba, pero Lucía seguía sujetándolo. No era de las que creen en chismes, así que decidió comprobarlo por sí misma. Fue a la universidad, encontró el aula donde Marcos daba clase y esperó.

Al fin, las puertas se abrieron y los estudiantes salieron al pasillo. Marcos pasó de largo sin verla. Nunca miraba a su alrededor. Cuando entró en su despacho, Lucía esperó unos minutos y abrió la puerta. Marcos estaba besándose con una mujer joven y hermosa…

***

—¿Y ahora qué hago? —se preguntó por enésima vez, sentada en la cocina, clavando la mirada en el papel pintado de florecitas.

Lucía se estremeció al oír la llave girar en la cerradura.

«No he preparado la comida», pensó, alarmada por costumbre, pero enseguida se calmó—. ¿Para qué? Que lo haga la otra». Sacó una maleta del armario y se puso a recoger sus cosas.

—¿Vas a llevar todos tus vestidos a la tintorería? —preguntó Marcos al entrar en el dormitorio.

Lucía notó en su voz no sorpresa, sino burla. Lo miró directamente.

—No son mis cosas. Eres tú quien se va de aquí.

—¿Por qué? ¿Adónde? —Ahora sí, por fin, parecía desconcertado.

—¿Todavía lo preguntas? Hoy fui a la universidad, os vi a ti y a ella… Es guapa. Podrías habérmelo dicho tú, en vez de dejarme enterarme por otros.

—¿Decirte qué? ¿Qué otros? —Marcos empezaba a inquietarse.

—Hubo gente amable que me contó lo de tus líos con alumnas, profesoras jóvenes. Admítelo, sé un hombre.

—No entiendo… —desvió la mirada.

Lucía se sentó en la cama junto a la maleta, se tapó la cara con las manos y lloró.

—Lucía —Marcos se acercó y le tocó el hombro.

Ella se estremeció, apartándolo.

—Te he dedicado mi vida, te he librado de preocupaciones para que demostraras tus teoremas, para que fueras respetable. Y tú… Estabas seguro de que no me iría. No tengo nada. Todo esto es tuyo —abarcó la habitación con un gesto—, comprado con tu dinero. Solo sé llevar una casa, no valgo para nada más. Dejaste de verme, como si fuera un mueble —dijo entre lágrimas.

—No tengo adónde ir, pero tú sí. ¿Crees que tu amante dejará que dividamos este piso? —Lucía cerró la maleta y la puso frente a él—. Se acabó. Vete con ella.

—Te equivocas. Yo no me voy a ninguna parte. Si quieres, vete tú.

Lucía sintió como un puñetazo en el estómago. Lo miró sin poder respirar.

—¿La vas a traer aquí, a nuestro piso? ¿Te acostarás con ella en nuestra cama? Dios mío, no te reconozco.

Un instante se miraron a los ojos. Luego Lucía salió al recibidor. Esperó que él la detuviera, pero Marcos guardó silencio. Aturdida, Lucía abandonó el piso. Se sentó en un banco junto al portal, las piernas no la sostenían. La angustia y la conmoción de las últimas horas pasaban factura.

—LucíaLucía miró al horizonte, respiró hondo y supo que, aunque el camino sería difícil, al menos ahora era libre.

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MagistrUm
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