¡Mamá, parece que te has vuelto loca! exclama mi hija Almudena, mirándome como a una desquiciada. ¿Te vas a enamorar a esta edad?
Estoy en la cocina, con una taza de té entre las manos, y apenas puedo creer lo que oigo. No es que la sorpresa me haya tomado, sino la brusquedad de su tono.
No entiendo digo con calma. Eres una adulta, tienes esposo, hijos. Pensaba que te alegrarías de que ya no estoy sola.
¿¡Alegarte!? replica, escupiendo. ¡Quieres ir a citas, tomarte de la mano en la calle, incluso acostarte con un chico! ¡Mamá, eres una abuela! No una adolescente de TikTok.
Me duele más de lo que imaginaba.
No había imaginado esta conversación. Pensaba invitarla a tomar algo, sentarnos como dos mujeres maduras y contarle que desde hace meses salgo con alguien. Que conocí a Eduardo López, viudo, amable y cálido, con quien vamos al cine, paseamos y, a veces, simplemente tomamos café y hablamos de todo.
En vez de apoyo, solo escucho vergüenza y una sentencia.
Los niños se preguntan por qué la abuela se viste así. Los vecinos preguntan qué te pasa.
¿Y si simplemente empiezo a vivir? pregunto, sin reconocer mi propia voz.
¡A esta edad! gime. Conténte.
Entonces me pregunto: ¿realmente merezco la vergüenza solo porque me atrevo a amar otra vez?
Durante varios días deambulo por la casa como una sombra. Todo parece normal: riego las plantas, preparo un caldo, leo. Pero nada tiene el mismo sabor. Las palabras de Almudena siguen resonando: «Una abuela no debe enamorarse. Es una vergüenza».
Yo no he hecho nada malo. No he desplazado a nadie, no he olvidado a mis nietos, no he abandonado mis deberes. Simplemente, por primera vez en años, siento que alguien me ve como mujer, de carne y hueso, no solo como «María de la planta baja».
Conocí a Eduardo por casualidad, en la biblioteca, cuando recogió el libro que había dejado caer. Sonrió y dijo: «A veces el destino apunta con más precisión que Amazon». Me hizo reír. Así empezó una charla sobre libros y terminó en un café de una pastelería del barrio.
No me enamoré de inmediato. Primero fue curiosidad, luego calidez y después esa extraña vibración que no sentía desde hace décadas, como si volviera a tener motivos para salir de casa.
Almudena asegura que he perdido la cabeza, que debería ocuparme de los nietos, del crochet o del huerto. Pero, ¿tener que ser abuela implica renunciar a uno mismo, a los sentimientos, al contacto, al tacto?
Eduardo nunca presiona. Cuando le cuento lo de la discusión con mi hija, aprieta mi mano y dice:
No quiero interponme entre tú y tu familia. Pero si crees que debo desaparecer, lo entenderé.
Miro sus arrugas, sus ojos serenos y pienso: ¿por qué el mundo no nos permite amar cuando ya sabemos qué es el amor?
No le respondo al instante. Le pido unos días para reflexionar, con distancia. Pero cada jornada aumenta en mí un sentimiento desconocido: no es añoranza, no es ira. Es orgullo. Orgullo de que, a pesar de la muerte de mi esposo, los años solitarios y las expectativas ajenas, todavía puedo amar. Y no voy a renunciar a eso.
Amo a mis nietos. Amo a mi hija. Pero no he vivido sesenta y tantos años para encerrarme entre cuatro paredes y esperar a que alguien me dé permiso para sentir.
Este es mi vida y no pienso disculparla.
El domingo invito a Almudena a comer. Llega con sus hijos, puntual como siempre, con la tensión visible y la voz fría. Desde la discusión en la cocina no hemos hablado. Los nietos corren por el piso y nos sentamos a la mesa en silencio, cada una inmersa en su plato.
Solo al postre, con calma, le digo:
Sigo saliendo con Eduardo. No pienso ocultarlo.
Almudena me mira incrédula.
¿Así que lo vas a seguir?
Sí respondo. Porque, por primera vez en mucho tiempo, soy feliz.
¿Y qué dirán los demás? Los vecinos, los niños?
Tal vez lo mismo que yo digo al ver a mi madre, que por fin dejó de temerle a la vida.
Se queda callada. No esperaba que respondiera sin titubeos.
Simplemente me da vergüenza, mamá dice en voz baja. No te imaginaba así en la vejez.
Yo tampoco imaginaba una vejez en la que no se me permita amar le respondo.
Se va antes de lo habitual, sin discusiones, sin lágrimas, con la misma frialdad con que llegó.
Al atardecer, camino con Eduardo. Me toma de la mano. Pasamos junto a los vecinos; alguno nos mira, otro sonríe, algunos evitan la mirada. Pero, por primera vez, me da igual.
Porque si el amor llega después de los sesenta, no es para avergonzarse, sino para apreciarlo al fin.







