Me enamoré a los 70. Mis hijos dijeron que era una vergüenza.
A los setenta años, una cree que ya ha probado todas las tapas del menú vital. El café matutino. La butaca favorita junto a la ventana. Esas novelas que has leído tres veces pero sigues releyendo, porque la memoria ya no es la que era. El silencio que deja un matrimonio de cuarenta años cuando uno se va.
Ese silencio lo conocí durante tres años. Tres años de cocina vacía, cenas de una sola persona y monólogos con la gata, como si fuera una psicóloga peluda. Por cierto, las gatas son psicólogas desastrosas: jamás responden y se quedan fritas justo cuando llegas a la parte importante.
Y justo cuando la vida, con su torpeza habitual, decide plantarme un hombre de setenta delante, yo, sinceramente, no estaba preparada. Pero nada.
Fue en la Feria del Libro de Madrid. Un martes. Llovía a mares. Yo llevaba el chubasquero más feo de la historia: uno beige, que parece sacado de un mercadillo de disfraces para señoras mayores. Porque, evidentemente, de ahí lo saqué. En su momento me pareció una idea estupenda.
Él estaba quieto frente a un puesto de libros de segunda mano, con las gafas en la punta de la nariz, absorto en un libro que no leía. Miraba al vacío, como calculando la edad del universo. O el menú de la cena. Nunca se sabe con los hombres.
Me acerqué, porque nunca he sabido quedarme quieta y le solté:
Dime, ¿ese libro te habla a ti o tú le hablas a él?
Pegó tal brinco que casi pierde las gafas. Las atrapó con una mano, se rió con la otra y me miró como si fuera lo más gracioso que le había pasado en veinte años. Y puede que lo fuera. Veinte años sin reír son demasiados.
El libro me habla respondió. Pero yo no le hago ni caso.
Y justo entonces empezaron a pasarme cosas raras. No en el corazón, que ya lo tengo en modo ahorro de energía. Fue en el estómago. Un revoltijo. Como si alguien estuviese cocinando una tortilla de patatas por dentro, y sin preguntarme.
Le propuse ir a tomar café. Él aceptó. No sé cómo, en cuarenta segundos pasamos de charlamos sobre un libro a vámonos de café, pero así es la vida cuando ya no tienes nada que perder.
El café se prolongó tres horas.
En esas tres horas descubrí que se llama Lorenzo, que es viudo, que tiene dos hijos que le tratan como si fuera una Thermomix estropeada que no saben dónde guardar y que, en toda su vida, solo ha conseguido cocinar huevos revueltos.
¿Huevos revueltos? le pregunté. ¿Y con qué?
Con lo que haya.
Lorenzo, eso no es cocinar. Eso es supervivencia.
Se rió tanto que casi echa el café encima. Y pensé: bueno, este hombre es un caos, pero es un caos divertido. Y, a los setenta, eso vale oro.
Salimos tres veces más antes de decidirme a contárselo a mis hijos. No por vergüenza. Por estrategia, como quien prepara la maleta para una excursión complicada. Revisé el discurso y practiqué mi mirada de “no vais a convencerme”.
Llegó el domingo. Los tres sentados a la mesa. Mi hijo mayor había preparado su asado con devoción casi religiosa. La comida estaba buena. El vino, mediocre, pero yo me lo bebía igual. Y justo entre el segundo plato y el postre, dije sin más:
Por cierto estoy saliendo con alguien.
Se hizo un silencio que podías cortar a cuchillo.
Mi hija fue la primera en reaccionar. Abrió la boca. La cerró. La volvió a abrir.
Mamá me dijo con ese tono suyo como si tuviera siete años. No puedes hablar en serio.
¿Y por qué no?
Es una vergüenza dijo mi hijo, mirando el plato como si fuera la catedral de Burgos. La gente habla.
Entonces me levanté.
Hijo contesté tranquila, ¿qué gente? Porque hoy he hablado con la vecina, con la panadera y con el perro del parque. Ninguno parecía escandalizado. El perro incluso parecía alegrarse por mí.
Otra pausa. Más corta.
Y una cosa más añadí, sirviéndome otro culín de vino. Si me volvéis a decir que es una vergüenza, lo invito a comer aquí cada domingo. Y os prepara sus famosos huevos revueltos.
Mi hijo casi se atraganta con el agua.
Mi hija se tapó la cara con las manos.
Y yo, con toda la dignidad que puede reunir una señora de setenta con un chubasquero beige ridículo, sonreí y, esa misma noche, llamé a Lorenzo.
Lorenzo le pregunté, además de huevos revueltos, ¿sabes hacer algo más?
¿Qué crees que me contestó?





