Me di cuenta de que algo estaba fuera de lugar el día en que noté que mi esposa ya no me decía te quiero. No sabría decir cuándo dejó de hacerlo. ¿Fue hace una semana? ¿Un mes? ¿Más tiempo? Antes me lo decía siempre: al despedirse por la mañana, al colgar el teléfono, justo antes de dormirnos. Y yo respondía con frases automáticas como yo igual, sí, cariño, jaja, amor.
Tengo treinta y cuatro años. Paso el día entero trabajando. Salgo temprano, vuelvo cansado, arrastrando zapatos por los pasillos de nuestra casa en Madrid. Siempre pensé que ser buen marido era cumplir con lo básico: pagar los recibos en euros, llenar la despensa en el supermercado, estar en casa, ser fiel. Llegaba, cenaba rápido, me duchaba, y me sentaba delante del móvil o de la televisión, mirando la pantalla como si navegara por mares extraños. Ella me contaba cómo le había ido, y yo le respondía con monosílabos: sí, vale, luego hablamos, estoy agotado. Cuando me decía te quiero, lo recibía como una costumbre más, algo rutinario, poco especial. Jamás imaginé que llegaría a echarlo de menos.
Los cambios los noté en los pequeños detalles. Ya no me escribe durante el día. Antes me mandaba mensajes: cuídate, que tengas buen día, ¿has comido?. Ahora nada. Por las noches se acuesta mirando el móvil, de espaldas a mí, no busca mi mano ni me pregunta cómo estoy. Un día la llamé cariño y me devolvió mi nombre: Javier. Sentí una presión extraña en el pecho, como si el aire estuviera hecho de agua salada.
Una noche reuní valor y le pregunté:
¿Todavía me quieres?
Ella se quedó callada, sin mirarme, y al final dijo:
No lo sé ya no siento lo mismo.
Fue como un golpe seco. Le pregunté si había otro, si yo había hecho algo grave. Me dijo que no, que no había nadie, que solo estaba cansada. Cansada de sentirse sola, de hablar y no ser escuchada, dolida de decir te quiero y recibir tan poco.
Esa noche recordé todas las veces que me dijo te quiero y yo contesté por inercia, sin mirarla, sin abrazarla, sin prestarle atención. Me vinieron a la memoria los días que llegaba a casa y me pegaba al móvil, los momentos en que me pedía salir o hacer algo juntos y yo prefería tumbarme. Siempre creí que amor era asegurar estabilidad, pero ella necesitaba palabras, tiempo y cariño.
Desde entonces intento cambiar. Digo te quiero ahora. La abrazo. Le escribo mensajes. Le propongo pasear por el Retiro, salir a cenar tapas, a recorrer calles de Madrid bajo la luz surrealista de los faroles. Pero no es lo mismo. Me mira con cautela, como si no quisiera ilusionarse de nuevo. A veces responde gracias cuando le digo que la quiero, como si el idioma de las emociones se hubiera perdido en algún rincón de la casa.
Vivimos bajo el mismo techo, dormimos en la misma cama, pero el aire ya no es el mismo. Siento que intento apagar un incendio en una casa donde casi no queda nada que salvar. No sé si llego tarde. No sé si me ha olvidado. Solo sé que daría todo los euros, el tiempo, incluso los sueños por regresar a aquel instante en que me decía te quiero sin pensarlo.
¿Qué me dirías tú?




