Me dejó sola en la mesa puesta y se fue corriendo al garaje a felicitar a sus amigos: Una historia sobre una década de matrimonio, una cena de aniversario arruinada y la decisión definitiva de una mujer madrileña

Pues mira, te cuento lo que me ha pasado, porque esto parece de película pero es mi vida real. Imagínate: llevo todo el día liada en la cocina, cuatro horas preparando un pato asado con manzanas, que en mi familia eso es receta de días señalados. Estoy en casa de Madrid, nuestra casa, decorando la mesa, con el mantel bueno de encaje que era de mi abuela y sacando el vino Rioja que tanto le gusta a Mateo que me ha costado medio sueldo, por cierto y hasta me he puesto aquel vestido azul marino que me favorece, el mismo que me suelo poner en ocasiones especiales. Hoy, además, no era para menos: diez años de casados, la boda de hojalata, dicen.

Y justo cuando llamo a Mateo para sentarnos a la mesa, me sale el tío de la cocina cogiendo la chaqueta, ya con las zapatillas de la calle puestas, esas viejas de tanto trastear con el coche. Y le digo: ¿De verdad te vas a ir ahora? ¿Así, sin más? Procuro no sonar dolida, le pongo voz firme, pero me tiembla un poco la barbilla, no te voy a engañar.

Y el tío va y me suelta: Oye, no empieces, ¿eh? Es que Javi me ha llamado, se le ha vuelto a averiar el carburador y necesita ayuda. Es un momento, en serio, una horita, máximo hora y media. Vuelvo antes de que se enfríe el pato. Vamos, lo de siempre. Javi y su carburador son mi competencia de cada viernes a las siete, ni cambiado por nada.

Y claro, yo me quedo clavada en el quicio de la puerta, mirándole con el vestido puesto y el pelo recién recogido. Y le suelto: Hoy hace diez años que firmamos; he salido antes del trabajo, he comprado tu vino favorito, me he puesto este vestido… ¿Y tú te vas al garaje? Ni pestañea, ya rebuscando las llaves en los bolsillos, nervioso. No dramatices, mujer. Javi es colega, su coche es una chapuza, necesita ayuda. ¿Qué hago, le doy la espalda? Tú sabes que si a mí me pasara lo mismo él vendría enseguida. No seas egoísta; no es que me vaya de fiesta, es solidaridad masculina.

Total, que el beso ese frío de despedida, la puerta que suena a escopetazo y, en cuanto se va, la casa se me queda enorme y silenciosa con el telediario de los vecinos de fondo. Entro en la cocina, saco el pato perfecto del horno, huele que alimenta, y lo llevo a la mesa, toda puesta y reluciente. Dos platos, dos copas, las velas aún sin encender.

Y ahí me quedo. Porque sé que no va a volver en una hora, ni en dos. Ese maldito garaje es su triángulo de las Bermudas: ven a ver el carburador, que si al final era cosa del motor, que si sacamos unas cañas, que si aparece Manolo del portal de al lado a contar sus dramas, y se lía la noche.

Me sirvo una copa de vino, corto una pierna de pato y empiezo a comer sin ganas. No viene la rabia, ni tampoco me echo a llorar. Lo que viene es como una calma rara, de repente lo veo todo clarísimo. ¿Cuántas veces lo hemos vivido ya?

Recuerdo el año pasado, mi cumpleaños: llegó tres horas tarde porque tenía que ayudar a su madre a mover el sofá. Y claro, la mudanza bien podría haberla hecho una empresa por unos cincuenta euros, pero él, cabezón, no, que es de manitas. O el verano anterior, que nos quedamos sin vacaciones porque le dejó la mitad del dinero a Javi, otra vez, para que no le embargaran la moto. Ya nos lo devolverá, decía. Tardó seis meses y, claro, ese verano, ni chiringuito ni cenitas fuera, sóbate unos fideos chinos y a correr.

Diez años, madre mía. La boda de hojalata. Dicen que es flexible pero cuidado, porque doblar tanto algo lo acaba partiendo. Termino de cenar, guardo todo, no pongo ni el lavavajillas, y a la cama.

A la una, su móvil apagado. A las dos, una notificación de WhatsApp de en línea. Paso de llamarle, yo ya no tengo fuerzas. Apago la luz y me quedo escuchando el ascensor. A las tres y media, entra como puede, asomando con el sigilo de un elefante y oliendo a tabaco barato, sudor y esa mezcla de aceite de motor y cerveza que sólo tiene el garaje. Viene, intenta meterse en la cama y abrazarme: ¿Duermes, Marisa?, me suelta con ese tufo. Perdona, chica, pero ha sido caso grave, el motor hecho trizas y yo sin batería en el móvil…. Yo me aparto, le digo flojito: No me toques. Él pone cara de incomprensión, masculla que no me ponga así, que mañana lo celebramos. Y se pone a roncar.

No tengo ni fuerzas para discutir. Me voy al sofá, con mi almohada, todavía oliendo a pato y a lo que pudo ser una noche bonita.

A la mañana siguiente, ni perdón ni remordimiento, sólo quejas. Sale con la cara hinchada de dormir, abre la nevera: ¿No hay desayuno? Por lo menos hay ensaladilla. ¿Y el pato? Sin levantar la mirada de mi portátil, le digo: En el tupper. Y va y me pide que se lo caliente, que le duele la cabeza. Pues oye, ni corta ni perezosa, le digo que no. Que si tiene manos tan prodigiosas para arreglar motores, también sabrá calentar comida en el microondas.

Se queda flipando. Porque siempre ha sido igual: él la lía, yo me enfado, él trae una tableta de turrón, yo lo perdono. Más de lo mismo. Pero esta vez, no. Entonces intenta picarme: que si estoy tensa, que si es por la regla, que tome vitaminas…

Le miro bien, despacio, como si de repente viera un extraño desayunando en mi cocina. Pienso en la casa, en que fue de mi abuela, que en realidad el piso ni siquiera es suyo, y que la pasta de las ventanas la he ido poniendo yo, porque él siempre va justo o tiene que ayudar a su madre.

Y ahí le suelto, tranquilita: Oye, Mateo, ¿y el dinero para las ventanas? Se queda pillado. Ah, sí… Lo cogí ayer, para Javi. Hacía falta para las piezas. ¿Que has cogido el dinero sin decirme nada y se lo das a Javi otra vez? Que llevamos medio año ahorrando para no pelarnos de frío…

Él se enfada, dice que no es para tanto, que el dinero es de los dos y que él es quien decide. Y encima me llama materialista. Da un portazo y se encierra con la tele bien alta para marcar el territorio. Ese día rompo por dentro, no te creas que fue fácil reconocerlo. Pero lo vi clarísimo: ni ventanas nuevas, ni dinero de vuelta, ni nada. Él jugando a héroe a mi costa, mientras yo ahorro saltándome el café del descanso y haciéndome las uñas en casa.

Y así fue la semana, de guerra fría, hablándonos sólo de cosas del día a día. Él, de víctima; yo, la bruja. Hasta que el jueves vuelve pronto, trae unas crisantemos del chino de la esquina. Marisa, venga, déjate ya. ¿Hacemos las paces? Cojo las flores, las meto en un jarrón. Vale, paz, le digo sin sentimiento. Porque la decisión ya estaba tomada.

Y él ni lo nota. Al revés, tan pancho: El sábado es mi cumple, ¿te acuerdas? Nada de restaurantes. Mejor en casa, como en familia, invito a los chicos, a Javi y a su mujer, a Toño… seis o siete en total. ¿Preparas tú algo rico? Una carne al horno, ensaladillas como tú sabes… Se va a chupar los dedos la gente. Me mira esperando el sí, convencido de que tras pisotear todo puedo estar horas cocinándole para sus amigos.

Sonrío, muy tranquila: Por supuesto, invita a todos. El sábado a las dos. Encantado, va a abrazarme, pero lo esquivo con la excusa del mantel. Y él, ni se entera.

El viernes voy al súper, lleno bolsas, dejo que mire pero le paro: ¡Que es sorpresa! Me encierro en la cocina toda la tarde, hago ruido, pero lo que huele no es a guisado ni magdalenas, sino a cosas de sobre y conservas.

Llega el sábado. Mateo nervioso, duchado, medio perfumado, esperando el fiestón. Yo voy con traje de chaqueta, seria, peinada y lista. Llaman al timbre: entran todos los colegas con bolsas llenas de Mahou y botellas para mezclar.

Y cuando pasan al salón… Alucinan. La mesa con el mantel bueno, sí, pero en el centro una montaña de raviolis congelados, pegotes de sopa instantánea ya fría, rodajas de mortadela del súper (algunas ni sin quitar la pegatina), saladitos industriales, latas de sardinas abiertas de cualquier manera… Ni un trocito de jamón ni una tortilla.

Mateo se queda blanco: ¿Esto es una broma? ¿Dónde está la comida de verdad, Marisa? Silencio incómodo. Los amigos no saben dónde mirar.

Me planto en medio de todos y le suelto: Esto, Mateo, es un banquete ‘a lo garaje’. Como lo prefieres antes que a tu familia, quiero que lo disfrutes con tus amigos, rodeado de lo que más valoras. Todos callados. Javi recoge la indirecta y dice que mejor se van…

Mateo, en vez de pedir perdón, se pone a gritar que le humillo, que prepare la cena de verdad, que no hago nada en la casa y para una vez que quiere celebrar. Hago una última cosa: abro el armario y saco dos maletas con todas sus cosas. Aquí tienes tu ropa, tus herramientas y hasta tu taza de desayuno. Esta casa me la dejó mi abuela, está a mi nombre. Tú aquí sólo vives porque yo te lo permito.

Se queda sin palabras. Luego intenta asustarme, que si llamará a la poli, que me denunciará, que a dónde va a ir, que yo acabaré sola y amargada. Yo ya sólo siento alivio.

En cuanto cierra la puerta, echo seguro dos veces y respiro. Directa a la basura el festín asqueroso, ventana abierta, copa de vino y mi móvil. Mi madre me escribe: ¿Cómo fue el cumple de Mateo? ¿Está contento? Y yo: Ha sido el mejor día de su vida, mamá. Y el primer día del resto de la mía.

El lunes iré a cambiar la cerradura y a poner los papeles del divorcio. No va a ser un paseo, pero me da igual. Por primera vez en años, no he cenado con una extraña, ni sola. He cenado conmigo, con la que realmente soy y quiero ser. Y eso, amiga, no me lo quita nadie.

Rate article
MagistrUm
Me dejó sola en la mesa puesta y se fue corriendo al garaje a felicitar a sus amigos: Una historia sobre una década de matrimonio, una cena de aniversario arruinada y la decisión definitiva de una mujer madrileña