Me dejó sola ante la mesa dispuesta y salió corriendo a felicitar a sus amigos en el taller.
¿De verdad te vas ahora? ¿Así, sin más, te levantarás y te irás? La voz de Inés tembló, pero se esforzó en que solo sonara firmeza, no reproche.
Álvaro se quedó congelado en el recibidor, con una mano ya metida en la manga de su chaqueta vaquera desgastada. No llevaba zapatillas, sino las deportivas gastadas que se ponía para trastear con el coche. Desde la cocina llegaba el embriagador aroma del pato asado con manzanas reineta, aquel plato que exigía cuatro horas de cuidados y marinados. En la mesa del salón, cubierta con el mejor mantel de encaje, relucía el cristal, aguardaban las ensaladas que Inés había estado picando en perfectos dados desde primera hora.
Inés, por favor, no empieces frunció el ceño Álvaro, como si le doliera una muela. Los chicos han llamado. A Jacinto se le ha roto el carburador, se ha quedado tirado y necesita ayuda. No tardo nada, una hora o poco más. Vuelvo y lo celebramos. Ni se te enfría el pato.
A Jacinto se le estropea el carburador cada viernes, justo a las ocho apuntó Inés con frialdad, recostándose en el marco de la puerta. Álvaro, hoy hace diez años que nos casamos. Pedí el día libre, compré tu vino favorito, ese que cuesta la mitad de mi paga extra, y, en fin, me he puesto este vestido. ¿Y aún así te vas al taller?
Álvaro terminó de ponerse la chaqueta, revolviendo en los bolsillos en busca de las llaves del coche.
Estás dramatizando. Es solo un cacharro que necesita ayuda. Entre hombres hay que apoyarse, tú lo sabes. Si yo estuviera en apuros, Jacinto también vendría. No seas egoísta. No estamos yendo a un restaurante, vamos a hacer un favor. Venga, no te enfurruñes, vuelvo enseguida.
La besó en la mejilla, deprisa, seco, ya de camino, y la puerta del portal se cerró tras él. El clic de la cerradura resonó en el piso como un disparo.
Inés se quedó de pie en el pasillo. En el espejo se reflejaba una mujer arreglada, con moño elegante y un vestido azul marino que disimulaba lo necesario y realzaba lo mejor. Sólo que los ojos estaban sin luz.
Entró despacio en la cocina. El horno estaba apagado por el temporizador, pero el pato seguía chisporroteando. Inés sacó la pesada bandeja. El pato había quedado perfecto, dorado, aromático, un prodigio de manzanas y especias. Una obra maestra que ahora no necesitaba nadie.
Colocó el ave en la fuente y la llevó al salón. Se sentó frente a la mesa servida, dos platos, dos copas, las velas que ni le dio tiempo a encender. El silencio era tan denso que dolía. Al fondo, de casa en casa, murmuraba la televisión de algún vecino, pero en la suya reinaba el vacío.
Por supuesto, él no regresaría en una hora. Ni en dos. El taller era el triángulo de las Bermudas. Allí el tiempo se distorsiona. Primero «miran el carburador», luego deciden que no era eso, después alguien saca unas cervezas, simplemente para calmar la sed, y enseguida llega el vecino del quinto, que acaba de ser abuelo… o se le ha escapado el gato, y se arma la tertulia.
Inés se sirvió vino. Tinto, denso, con cuerpo. Bebió un sorbo, cortó la pata del pato, la pieza más gustosa, y masticó casi sin sentir su sabor. No sentía rabia, ni ganas de llorar, sino una lúcida claridad, fría y pesada. De pronto, el velo que cubría sus ojos tantos años cayó de golpe.
¿Era la primera vez que le hacía esto?
El año pasado, en su cumpleaños, llegó tres horas tarde porque «ayudaba a su madre a cambiar el sofá». Aunque podían haber llamado al porteador por doscientos euros. Pero Álvaro decía: «¿Para qué gastar dinero si tengo brazos?» Al final apareció sudado, cansado y enfurruñado, y todo el cumpleaños fue una letanía de dolores de espalda.
¿Y el verano anterior? Tenían reservado un viaje rural, los billetes pagados. Pero la víspera le prestó la mitad de sus ahorros de vacaciones a Jacinto, para ayudarle con «unas letras». «Es mi amigo, Inés, lo devolverá», prometía. Jacinto devolvió el dinero en cómodos plazos durante medio año, y ellos, en las vacaciones, comieron latas en el apartamento en vez de excursiones y restaurantes.
Inés miró el segundo plato vacío. Diez años juntos. Boda de estaño, dicen que es maleable, pero si siempre lo fuerzas en la misma dirección, acaba por partirse.
Terminó el pato sin tocar la guarnición. Después apagó las velas sin encenderlas, y empezó a recoger. Las ensaladas al frigorífico, el vino tapado. No lavó los platos, solo los metió en el lavavajillas, sin ponerlo en marcha.
A la una de la madrugada, el móvil de Álvaro estaba apagado. A las dos, un mensaje: «Usuario conectado». Inés no llamó. Se deshizo la cama, entró en ella y apagó la luz. Pero no pudo dormir, escuchando el zumbido del ascensor subir y bajar.
El cerrojo giró a las tres y media. Álvaro procuraba moverse en silencio, pero cada ruido era un cataclismo en la noche. Tropezó con la mesita, murmuró una maldición, se quitó los vaqueros con mucho ruido. Olía a tabaco barato, petróleo y la inevitable peste a alcohol, ese tufo de taller tan inconfundible.
Se metió en la cama e intentó abrazarla.
¿Duermes? susurró, al tiempo que le soplaba en el cuello con aquel aliento agrio. Inés, discúlpame. Ha pasado de todo… No era el carburador, era casi el motor. Media noche desmontando piezas. No iba a dejarle tirado. Y el móvil se me apagó, no llevaba cargador.
Ella se retiró al borde del colchón.
No me toques dijo en voz baja.
¿Pero qué más quieres? Ya he vuelto. Vivo, sano. Solo es un retraso. Mañana lo celebramos. Bueno, hoy mismo. Compramos una tarta…
Un minuto más tarde, roncaba. Inés se levantó, agarró almohada y manta y se fue al sofá. En el aire aún flotaba el aroma del pato, ese olor de fiesta que no llegó.
La mañana no trajo disculpas sino reproches. Álvaro apareció, desaliñado, con la cara todavía hinchada, cuando el reloj ya marcaba el mediodía. Inés tomaba café revisando el correo en el portátil.
¿Hoy no hay desayuno? preguntó, abriendo la nevera y escudriñando sus estantes. Ah, hay ensaladillas. Genial. ¿Y el pato?
En el frigorífico, en un táper respondió Inés, sin mirar.
¿Me lo calientas? Tengo la cabeza como un bombo, necesito algo sólido.
Inés cerró el portátil con cuidado.
No.
¿Cómo que no?
Que no te lo caliento. Tienes manos. Las mismas que ayer sirvieron para desmontar medio coche a Jacinto. Úsalas.
Álvaro la miró con asombro. Normalmente, después de discutir, Inés se enfurruñaba unas horas, pero seguía cumpliendo aquello que llamaba «su papel de mujer»: darle de comer, limpiar, servirle. Era el guion repetido. Él la fastidia, ella se indigna, él compra bombones o le dedica una frase cariñosa y ella le perdona.
¿Sigues así por lo de ayer? Ya te lo expliqué. Fue una emergencia. Los amigos están para eso, y tú eres una mujer inteligente, deberías entenderlo. Un hombre no puede estar siempre atado en casa.
No te estoy atando respondió serena. Eres totalmente libre. Y yo también soy libre. Libre de servirte después de la borrachera.
No fue ninguna borrachera, fue un arreglo protestó él, atacando la ensaladilla con la cuchara. Y por cierto, estás muy irritable. Deberías tomarte unas vitaminas. O será cosa de… ya sabes.
Inés lo miró con una calma nueva, como si lo viera por primera vez. Ese hombre, que sorbía la ensaladilla, dejando caer migas, era su esposo. El hombre en quien puso su vida. Recordó que el piso lo había heredado de su abuela. Álvaro solo estaba empadronado. Las reformas fueron a medias, sí, pero en realidad siempre había pagado ella más, porque él siempre tenía algún problema: «no hay encargos», «se rompió la herramienta», «tengo que ayudar a mamá»…
Álvaro le dijo en voz muy baja. ¿Dónde está el dinero que teníamos guardado para cambiar las ventanas?
Se atragantó.
¿Cómo que dónde? En la caja donde siempre.
No está. Esta mañana la revisé. Está vacía. Han desaparecido mil euros.
Álvaro apartó la mirada, las orejas poniéndosele coloradas.
Eh sí Lo cogí ayer. Para el arreglo de Jacinto, necesitaba piezas caras y era urgente. Él me lo devuelve con la paga.
¿Has cogido mil euros del fondo familiar, sin avisarme, para dárselos a Jacinto a cambio de arreglarle a última hora esa chatarra? Llevábamos medio año ahorrando para las ventanas, para no pasar frío este invierno.
Qué pesada con el dinero bufó, tirando la cuchara. ¡Te dará el dinero! Palabra de amigo. Además, aquí el hombre soy yo y llevo los temas económicos. ¿O tengo que pedir permiso para cada tornillo?
Tienes que pedir permiso cuando usas dinero común. Y más aún si de ese fondo yo he puesto el setenta por ciento.
¿Me lo echas en cara? entrecerró los ojos. ¿Ahora vas de materialista? Pensé que eras otra cosa, Inés.
Recogió la silla de un portazo y se fue al salón. Enseguida subió el volumen de la televisión, dejando claro lo poco que le importaban aquellas quejas.
Inés se quedó en la cocina sintiendo cómo por dentro se rompía la última cuerda. Esa que había sostenido aquella estructura inestable llamada «familia». Comprendió que nunca cambiarían las ventanas. Jacinto jamás devolvería el dinero: entre letras y líos, siempre andaría justo. Y Álvaro seguiría jugando a ser el salvador de todos, a costa de que ella racaneara en todo.
Pasó una semana de guerra fría. Apenas se dirigían la palabra para cuestiones prácticas. Álvaro iba y venía, poniéndose de víctima incomprendida, y ella de bruja inaguantable. Él volvía tarde, comía lo que pillaba y se acostaba de espaldas.
El jueves apareció temprano y sonriente. Traía un ramo de crisantemos, de los más baratos que venden las abuelas junto al metro.
Venga, Inés, déjalo ya. Le tendió las flores. ¿Paz?
Inés aceptó el ramo y lo puso en agua.
Paz dijo indiferente. Ya le daba todo igual. Su plan estaba claro en la cabeza.
¡Eso es! se animó él. Ya está bien de ir como dos búhos. Oye, este sábado es mi cumpleaños, ¿recuerdas?
Claro que sí.
He pensado que no quiero restaurante. Se va mucho y no es lo mismo. Mejor aquí en casa. Invito a los chicos, Jacinto y su mujer, Antonio Unos siete. Tú que eres la mejor anfitriona, ¿preparas algo rico? Carne al horno, ensaladillas, fiambre. Como tú sabes. Lo pasaríamos genial en familia. Siempre elogian tu cocina.
Inés lo miró. En los ojos de Álvaro no había ni pizca de duda. Creía que después de arruinarle el aniversario, robar el dinero de las ventanas y pasar una semana ignorándola, ella debía correr encantada a darle el banquete a sus amigos.
Por supuesto le sonrió, una sonrisa extraña que él no notó. Invítalos. El sábado a las dos.
¡Esa es mi Inés! intentó abrazarla, pero se escurrió a recoger el mantel. ¿Haces la lista de la compra? Yo te lo traigo todo.
No hace falta contestó. Lo compraré yo. Quiero darte una sorpresa. ¿No te encantan?
¡Me chiflan! rió él. Avisaré a los chicos.
El viernes ella fue al mercado y regresó con bolsas. Álvaro intentó husmear, ella le palmoteó las manos: «No curiosees, es un secreto». Se pasó la tarde trajinando en la cocina, pero mantuvo la puerta cerrada. Los olores eran raros, más a cocido que a asado, pero él pensó que era algo complicado.
Sábado. Por la mañana, Inés ya arreglada, pelo recogido, en su traje de trabajo.
Vaya, ¿tan seria te pones? Pensé que te pondrías aquel vestido rojo.
Me va mejor así respondió ella. ¿Llegan pronto los invitados?
Sí, Jacinto ya ha salido. Me ducho y estoy listo.
Mientras se acicalaba, Inés dejó lista la mesa. Cuando él salió perfumado, los invitados ya llamaban al timbre. Entraron en tropel, bolsas en mano y brindis en la boca.
¡Felicidades, chaval! gritaba Jacinto, dándole palmadas. A ver qué nos tiene preparado tu mujer, que no huele a asado.
Entraron al salón y se quedaron helados.
La mesa, perfectamente dispuesta, resplandecía con su misma mantelería elegante. Pero en el centro había una montaña de croquetas congeladas recalentadas, pegadas entre sí. Alrededor, tazones de fideos instantáneos ya pastosos y fríos. En vez de embutido suculento, gruesos trozos de mortadela barata, con los bordes incluso sin quitar la piel de plástico. En las copas, galletas saladas y latas abiertas de sardinas en tomate, sin pasar a ninguna fuente.
¿Esto? balbuceó Álvaro. ¿Esto es una broma? ¿Dónde está la carne? ¿Las ensaladas?
Se hizo un silencio denso. Jacinto miraba de los platos a Álvaro y luego a Inés. Su mujer apretó los labios.
Inés se plantó en el centro. Erguida y solemne.
Esto, Álvaro, es un banquete estilo «taller». Adoras tanto tus tardes de taller con los amigos que cambiaste hasta nuestro aniversario por ellos. Así que he recreado el ambiente que tanto te gusta. Comed, amigos. Esto es lo que merece vuestra «hermandad masculina».
¿Estás loca? siseó Álvaro, rojo como el vino. ¡Me estás ridiculizando delante de todos! ¡Quita esto y saca la comida de verdad! ¡Te vi ayer cocinando!
La comida de verdad es para mí, la tengo en táperes en la nevera. Esto es para vosotros. Pagado con el resto de lo que quedó, después de que vaciaste la hucha familiar.
Jacinto carraspeó.
Bueno, Álvaro, creo que será mejor que nos vayamos. No queremos molestar
¡Ni hablar! gritó Álvaro. Nadie se mueve. Inés va a sacar la comida de verdad, ¿verdad? Pides disculpas y aquí no ha pasado nada. Si no
¿Si no qué? Inés alzó una ceja.
Si no, no respondo de mí. Te estás pasando, mujer. Esta es mi casa, estos mis invitados.
¿Tu casa? rió ella, seco, sin pizca de humor. Hablemos claro, ya que estamos todos. Este piso es mío, en propiedad, legado de mi abuela tres años antes de casarnos. Según el Código Civil español, bien recibido en herencia o donación no entra en gananciales. Aquí estás empadronado, pero no eres dueño.
Álvaro palideció. Nunca había escuchado a su mujer hablar así. Siempre hablaba de recetas, descuentos y vacaciones.
Eso no cuenta, ¡metimos dinero en la reforma! ¡Yo puse el azulejo!
El azulejo lo colocó el albañil que pagué yo con mi paga extra. Conservo los recibos. Tu aportación consistió en traer dos sacos de cemento y celebrar el esfuerzo con cerveza una semana. Y, aunque reclamases algo, todo lo que has ido sacando para tus amigos supera de largo tu posible compensación. El juez no te daría razón.
¡Que te den! bramó él, fuera de sí¡Llamo a la policía, diré que me estás echando!
Llámales lo animó. Aquí tienes tus cosas.
Abrió la puerta del dormitorio y sacó dos grandes maletas.
He metido tu ropa, zapatos, tus herramientas, incluso esa taza que decías tuya, aunque es de mi vajilla.
Los invitados salían en silencio, la mujer de Jacinto ya calzada, tirando de él.
Te esperamos en la calle, Álvaro balbuceó Jacinto.
Álvaro quedó solo, junto a las croquetas frías y las maletas.
¿De verdad? musitó, sin rabia ya. Inés, si quieres que me arrodille, lo hago. Soy un idiota, lo reconozco. Devuelvo el dinero, me lo curro. ¿No me eches, dónde voy? ¿A casa de mamá, a ese cuchitril?
Eso es problema tuyo. Ya tienes amigos, taller y coche con motor nuevo. Vive como quieras, aquí no.
¡Te arrepentirás! gritó, desesperado. ¿Quién va a querer a una divorciada de treinta y ocho? Yo me echo una más joven en una semana. Y tú a criar gatos.
Asumo el riesgo contestó tranquila, abriendo la puerta. Sal.
Él recogió las maletas, la rabia deformándole el rostro.
¡Eres una arpía interesada! ¡Me quedaré con la mitad de los muebles! ¡El televisor es mío!
El televisor está a plazos a mi nombre; presento los recibos cuando quieras. Vete, Álvaro. Deja las llaves en la mesita.
Dudó, pero al ver la firmeza de ella, tiró las llaves al suelo.
¡Ahí tienes tu piso!
Arrastró las maletas al rellano. La puerta se cerró.
Inés giró dos veces la llave, puso la cadena. Se apoyó en la puerta, cerró los ojos. El corazón le galopaba, el pulso tembloroso. No lloró. Sintió una serenidad ligera, como si por fin se hubiese quitado un saco de piedras de los hombros, ese que arrastró diez años creyendo que era la felicidad conyugal.
Fue al salón. Recogió el mantel y las croquetas, los fideos y la mortadela en una gran bolsa. Lo tiró todo. Abrió la ventana para que saliera el olor a sardinas y desodorante barato.
Sacó el vino reservado para el aniversario, llenó una copa y se sentó en el sillón.
El móvil vibró: mensaje de su madre. Hija, ¿cómo fue la fiesta? ¿Álvaro contento?
Inés escribió: La fiesta fue perfecta, mamá. El mejor cumpleaños de su vida. Y el primer día del resto de la mía.
Al día siguiente cambiaría la cerradura. El lunes, papeles de divorcio. No sería fácil: habría gritos, amenazas, quizás peleas por los tenedores. Pero nada de eso importaba. Aquella noche, por primera vez en años, Inés no cenaba sola. Cenaba consigo misma, inteligente, fuerte y libre. Y, por fin, empezaba a respetarse.
Si este relato te ha gustado, no olvides dejar tu opinión. Las nuevas vidas siempre comienzan con cerrar una puerta y abrir una copa de buen vino.







