¿De verdad te levantarás y te marcharás así, sin más? La voz de Clara apenas tembló; se esforzó, más que nada, en que sonara firme y no dolida.
Rafael se quedó quieto en la entrada, una mano ya dentro de la manga de su vieja cazadora. No llevaba las zapatillas de casa, sino las zapatillas de deporte que solía calzarse cuando iba al garaje. Desde la cocina llegaba el aroma embriagador del pato asado con manzanas, un plato que requería horas de marinada y esmero. En la mesa del comedor, vestida con el mantel de encaje de la bisabuela, brillaban las copas de cristal; había ensaladas que Clara cortó con esmero durante toda la mañana.
Clara, no empieces Rafael frunció el ceño, como si le doliera una muela. Me ha llamado Juan. El pobre se ha quedado tirado en el taller, que el carburador de su coche ha dicho basta. Necesita ayuda. Vamos a mirar un momento, una hora, como mucho hora y media. Vuelvo antes de que el pato se enfríe y celebramos por todo lo alto.
El carburador de Juan se estropea todos los viernes, Rafael, justo a las ocho comentó ella, con voz fría, apoyada en la jamba. Hoy hace diez años que nos casamos. He salido antes del trabajo, he comprado tu vino preferido que me costó media paga. Incluso me he puesto este vestido. ¿Y tú te vas al garaje?
Finalmente, Rafael se enfundó la cazadora y empezó a buscar con nerviosismo las llaves del coche.
No lo dramatices, es sólo un favor. Ya sabes, solidaridad entre hombres. Si yo necesitara algo, Juan vendría sin dudarlo. No seas egoísta. No es que me vaya de fiesta, sólo a ayudar. No estés enfadada, de verdad, vuelvo enseguida.
Le dio un beso fugaz y seco en la mejilla y cerró de golpe la puerta. El clic del cerrojo resonó como un disparo en el silencio de la casa.
Clara permaneció de pie frente al espejo del recibidor. Reflejada veía una mujer arreglada, con un recogido alto y un vestido azul oscuro que realzaba la figura y disimulaba los defectos. Solo la mirada estaba apagada.
Fue hacia la cocina, despacio. El horno ya estaba apagado por el temporizador, pero aún chisporroteaba la grasa. Clara sacó la bandeja pesada: el pato estaba perfecto, la piel dorada y el aroma a manzana y especias inundaba el comedor. Un manjar digno de fiesta. Pero ya nadie lo necesitaba.
Llevó el pato al comedor y se sentó frente a la mesa puesta para dos; dos platos, dos copas, unas velas sin encender. El silencio pesaba. De algún vecino llegaba el murmullo de un programa de la tele, pero ahí dentro reinaba el vacío.
Por supuesto, Rafael no volvería en una hora, ni en dos. El garaje era un triángulo de las Bermudas. Allí el tiempo se detenía. Primero mirarían el carburador, luego descubrirían que el problema era otro, después alguien abriría unas cervezas y, más tarde, aparecería algún vecino con historias de gatos y nietos… y la noche caería.
Clara se sirvió una copa de vino tinto y cortó una pata del pato, la parte más jugosa. Comió sin saborear siquiera. En lo profundo empezaba a brotar una calma glacial, como una cortina que caía y le dejaba ver la claridad tras años de neblina.
¿No era siempre igual? El año anterior, en su cumpleaños, Rafael llegó tres horas tarde porque dijo ayudaba a su madre a mover un sofá, cuando podían haber contratado una mudanza por cien euros. Llegó agotado, sudando y malhumorado, y se pasó la velada quejándose. Y dos veranos antes, debían ir a la playa con un viaje pagado hacía meses: pero la víspera Rafael le prestó la mitad del dinero a Juan, que el banco le aprieta. Y así pasaron las vacaciones encerrados, comiendo sopas de sobre, porque Juan tardó medio año en devolver el préstamo.
Clara miró el plato vacío de enfrente y recordó: diez años. Bodas de estaño. El estaño es maleable, pero si lo doblan siempre hacia el mismo lado, acaba por partirse.
Terminó el pato sin tocar la guarnición. Apagó las velas sin encenderlas, guardó los restos en la nevera y tapó el vino. Cargó el lavavajillas, pero no lo puso en marcha.
A la una, el teléfono de Rafael no daba señal. Sobre las dos, recibió la alerta de que el número volvía a estar disponible. No llamó. Hizo la cama del sofá y se metió bajo la manta. No durmió. Permanecía en la oscuridad oyendo cómo zumbaba el ascensor.
A las tres y media, la cerradura giró despacio. Rafael entró pisando de puntillas, pero cada ruido parecía un trueno en la noche. Tropezó con un mueble, se quejó en un susurro, rebuscó quitándose los vaqueros. Olía a tabaco barato, aceite de coche y alcohol: ese olor inconfundible del garaje.
Se metió bajo la sábana y la rodeó con el brazo.
¿Duermes…? Perdona, Clarita. Menuda noche… Lo de Juan no era el carburador, era el motor entero. No podía dejarlo tirado, tenía las manos llenas de grasa. Y el móvil… sin batería.
Clara rodó hacia el extremo de la cama.
No me toques susurró.
Pero mujer… Ya estoy aquí. Sano y salvo. ¡Qué más da que me atrasara! Mañana celebramos, mejor dicho, hoy. Compramos una tarta…
A los cinco minutos, Rafael dormía profundamente. Clara se llevó la almohada y la manta al sofá del salón. Allí todavía quedaba el aroma leve del pato: el olor de la fiesta que no fue.
La mañana no trajo disculpas, sino reproches. Rafael apareció cerca del mediodía, hinchado y ojeroso. Clara tomaba café y leía los correos del trabajo.
¿No hay desayuno? preguntó escudriñando la nevera. ¡Mira, sobran ensaladillas! ¿Y el pato?
En la nevera, en el tupper contestó ella, sin apartar la vista de la pantalla.
¿Lo calientas? Tengo resaca, necesito comer bien.
Clara cerró poco a poco el portátil.
No.
¿Cómo que no?
Que no lo caliento. Tienes manos. Las mismas con las que cambiaste el motor de Juan. Úsalas.
Rafael se giró asombrado. Tras las discusiones, Clara solía hacerle siempre la comida, limpiar, servir… Era el guión habitual: él se equivocaba, ella se enfadaba, él regalaba una tableta de chocolate y todo volvía a la rutina.
Clara, ¿de verdad sigues con eso por lo de ayer? Ya te expliqué. Fueron imprevistos. Los amigos están para apoyarse. Eres lista, deberías entender que no puedes tenerme atado en corto.
No te tengo atado replicó. Eres libre. Y yo también lo soy. Libre de tener que ocuparte después de tus borracheras.
¡Que no fue una borrachera, fue una reparación! masculló, cogiendo la ensaladilla y comiendo a cucharadas. Últimamente te noto histérica. ¿Será que necesitas vitaminas? ¿O es la regla?
Clara lo miró largo rato. Como si lo viera por primera vez: aquel hombre que devoraba ensaladilla y llenaba de migas el mantel era su marido. Alguien a quien confió su vida. Recordó que el piso lo heredó de la abuela; Rafael sólo estaba empadronado. En la reforma colaboraron, sí, pero la mayor parte la puso ella, porque Rafael siempre tenía excusas: que el trabajo flojea, que la herramienta rota, que la madre no sé qué.
Rafael dijo, ¿dónde está el dinero que guardábamos para cambiar las ventanas?
A él se le atragantó la ensaladilla.
¿Cómo que dónde? Está en la caja. ¿Dónde si no?
No está. Miré hoy. Faltan mil euros.
Rafael desvió la mirada, enrojeciendo hasta las orejas.
Ah, sí… Los cogí ayer. Para piezas, ya sabes, los repuestos de Juan salían caros. Se los he prestado. Me lo devuelve con la nómina.
Te llevaste mil euros de la caja común, sin avisarme, para salvar la chatarra de Juan. Cuando llevamos ahorrando seis meses para no pasar frío en invierno.
¡Vaya drama por algo de dinero! tiró la cuchara, enfadado. Te aseguro que los devuelve. Palabra de amigo. Además, aquí el que decide sobre el dinero soy yo, ¿o tengo que pedir permiso por cada tornillo?
Debes consultarlo cuando coges del fondo común. Especialmente si lo relleno yo, el setenta por ciento.
¿Me echas en cara el dinero? Eso es bajuno, Clara. Pensé que eras distinta. Ahora eres una interesada. Antes no eras así.
Se fue dando un portazo. Desde la sala se oía el televisor; subió el volumen como si quisiera demostrar cuánto le daban igual sus palabras.
Clara se quedó en la cocina sintiendo que dentro de ella se rompía la última cuerda que sostenía aquel frágil tinglado que llamaban “familia”. Su claridad fue implacable: las ventanas no se cambiarían nunca, Juan no devolvería ese dinero, Rafael seguiría de caballero a costa de ella, mientras ella ahorraba en comidas y en maquillaje.
La semana pasó en guerra fría. Solo se cruzaban palabras para lo imprescindible. Rafael iba haciéndose el mártir y ella la bruja agria. Él volvía más tarde, comía lo que encontraba y dormía de espaldas.
El jueves regresó de buenas, temprano y con un ramo de crisantemos baratos de los que venden las viejas en la calle.
Vamos a dejarlo estar, ¿vale? dijo, tendiéndole el ramo. ¿Paz?
Clara puso las flores en agua.
Paz dijo, insípida. Ya nada le importaba. Ya tenía un plan.
¡Estupendo! Ya era hora. Escucha… Este sábado es mi cumpleaños, ¿te acuerdas?
Claro que sí.
He pensado… Nada de restaurante. Carísimo y parece que comes en misa. Mejor en casa. Invito a los chicos: Juan y su mujer, Tomás… seis o siete. Tú te luces como siempre, ¿eh? Un asado, ensaladas, picoteo. Les encanta cómo cocinas.
Clara lo miró. No había sombra de duda en sus ojos. Estaba convencido de que después de estropear su aniversario, robarle el dinero de las ventanas y ignorarla una semana, ella debía pasarse dos días cocinando como premio.
Está bien sonrió Clara, y aunque la sonrisa salió rara, Rafael no lo notó. Invita a quien quieras. Para las dos estará todo listo.
¡Esa es mi mujer! Intentó abrazarla, pero ella esquivó, ordenando el mantel. Hazme la lista de la compra, yo lo traigo todo.
Déjalo, quiero sorprenderte. ¿No te gustan las sorpresas?
¡Me encantan! Genial, voy avisando a todos.
El viernes transcurrió sereno. Ella fue al mercado y volvió con bolsas. Cuando Rafael intentó curiosear, ella bromeó: “Déjalo, es un secreto”. Cerró la cocina. Los olores eran raros, más a hervido que a guiso, pero él pensó que serían preparativos para platos especiales.
Sábado, primera hora. Rafael se despertó con el ánimo del que espera fiesta. Clara andaba ya vestida, peinada, con un traje serio.
¿Tan formal te pones? Creí que mancabas el vestido rojo.
Prefiero estar cómoda. ¿Vendrán pronto los invitados?
Sí, Juan acaba de avisar. Me ducho y me arreglo.
Mientras él se acicalaba, Clara montaba la mesa. Cuando Rafael salió, llamaron al timbre; la tropa entró armando bulla, con bolsas y botellas.
¡Felicidades, tío! ¡A ver cómo nos sorprende tu señora! Por ahora huele poco… será la campana.
Entraron en el salón y se quedaron de piedra.
La mesa lucía el mantel de las ocasiones. Había platos y copas colocados con esmero. Pero la comida…
En el centro, una montaña de raviolis industriales, apelmazados. Alrededor, cuencos de sopa instantánea ya fría, enormes rodajas de mortadela barata con el plástico puesto, latas de sardinas abiertas y crujientes de bolsa.
¿Esto qué es? la voz de Rafael se quebró. Señaló la mesa. Clara, ¿es una broma? ¿El asado? ¿Las ensaladas?
El silencio se hizo denso. Juan miraba las pastas, la mujer de Juan apretaba los labios.
Clara dio un paso al frente, erguida, tranquila:
Esto es una comida de fiesta en el estilo “taller”. Como tanto prefieres tus ratos en el garaje, renunciando incluso a nuestro aniversario, he pensado recrear el ambiente que más te gusta. Sirvanse, señores. Así se celebra en el club masculino.
¿Has perdido la cabeza? rugió Rafael, rojo. ¡Me estás dejando en ridículo! ¡Quita esto y trae comida de verdad! ¡Y rápido! ¡Te vi cocinar ayer!
Lo de ayer era mi comida para la semana. Está en la nevera, en tupper. Esto es para vosotros. Y pagado con lo poco que quedó después de que vaciases el bote familiar.
Juan tosió.
Rafa, quizá… mejor nos vamos. Esto… Ha sido un malentendido.
¡Quietos! gritó Rafael. Nadie se va. Clara lo soluciona ahora mismo. ¿Verdad, Clara? Anda, saca comida de verdad, pide perdón y aquí no ha pasado nada. O si no…
¿O si no qué? le preguntó ella, desafiante.
O si no, no respondo. Este es mi piso, mis invitados.
¿Tu piso? Clara soltó una risa seca. Lo aclaro aquí, delante de testigos. Este piso es mío, lo heredé de mi abuela tres años antes de casarnos. Según el código civil, los bienes adquiridos antes del matrimonio, o regalados o heredados durante, son propiedad personal. Tú solo estás empadronado aquí. Y el uso no da derecho de propiedad.
Rafael se quedó de piedra, sin palabras. Clara no solía hablar así, siempre hablaba de recetas y descuentos, no de leyes.
¿De qué hablas? ¡Yo puse el azulejo del baño!
El alicatado lo hizo un profesional, pagado con mi bono. Tengo todas las facturas. Tú trajiste dos sacos de cemento y pasaste una semana celebrándolo con cerveza. Si acaso, puedes reclamar una compensación económica, pero no la propiedad. Y dado que sistemáticamente cogías dinero para cosas tuyas, ni eso tienes asegurado.
¡Que te den! perdió los nervios. Llamo a la policía, digo que me amenazas.
Llama si quieres Clara asintió. Mientras tanto, aquí tienes tus cosas.
Abrió la puerta del cuarto y arrastró dos maletas grandes.
He metido ropa, herramientas, hasta tu taza favorita. Ya tienes todo.
Los amigos empezaron a retroceder. La mujer de Juan ya se ponía el abrigo.
Rafa, nos vemos luego abajo murmuró Juan. Salieron rápidamente.
Rafael se quedó solo junto a la comida y las maletas.
¿Vas en serio? preguntó, por fin, ya sin vocear, descompuesto. Clara, no te pases. Si quieres me arrodillo. He sido un imbécil, lo sé. Devuelvo el dinero, lo que haga falta. No me eches, ¿a dónde voy? ¿A casa de mi madre, a su piso de sesenta metros?
Ese es tu problema, Rafael. Eres mayor, tienes amigos y coche reparado. Vive como te plazca. Pero no aquí.
Te arrepentirás volvió a alterarse, comprendiendo que suplicar no servía. ¿Quién te va a querer con treinta y ocho años? ¡Acabarás sola con los gatos! Yo encuentro novia en menos de una semana.
Me arriesgaré dijo Clara en voz baja, abriendo la puerta. Márchate.
Rafael cogió las maletas. Su cara se torció de furia.
¡Buscona! ¡Interesada! ¡Te quitaré la mitad de los muebles! ¡El televisor es mío!
El televisor está en un préstamo a mi nombre que pago yo. Tengo justificante. Lárgate, Rafael. Y deja las llaves en la mesa.
Dudó, pero al ver su mirada, tiró el llavero al suelo.
¡Ahógate en tu piso!
Salió arrastrando los bultos. La puerta se cerró tras él.
Clara giró dos vueltas la llave, echó la cadena y apoyó la espalda en la puerta. El corazón le latía con fuerza, las manos le temblaban. Pero lágrimas, ni una. Solo sentía una ligereza asombrosa, como si se quitara un saco de piedras que había arrastrado diez años creyendo que era amor.
Fue al salón, recogió la comida y el mantel todo de una vez y lo lanzó en una gran bolsa. Abrió la ventana para airear el hedor a sardinas y colonia de hombre.
Cruzó a la nevera, descorchó el vino el caro, el que se quedó sin terminar y se sirvió una copa. Se sentó en el sillón y suspiró.
El móvil sonó. Mensaje de su madre: ¿Cómo habéis celebrado el santo? ¿Rafael ha quedado contento?
Clara respondió: La celebración ha sido perfecta, mamá. El mejor cumpleaños de su vida. Y el primer día de mi nueva vida.
Al día siguiente cambiaría la cerradura. Y el lunes pediría el divorcio. Habrá líos, amenazas quizá, debates sobre quién se queda los cubiertos. Ya no importaba. Esa noche, por primera vez en muchos años, no cenó sola. Cenó consigo misma: una mujer inteligente, fuerte y libre. Y al fin, tras años, empezó a respetarse.
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