Me dejó sentado solo ante la mesa preparada y se marchó corriendo a felicitar a sus amigos en el taller
¿De verdad te vas a ir ahora? ¿Así, sin más? La voz de Patricia tembló un instante, pero trató de que allí no asomara susceptibilidad sino firmeza.
Álvaro se quedó helado en el recibidor, con una mano ya metida en la manga de su vieja chaqueta. Calzaba deportivas de calle, no las zapatillas de estar por casa, las mismas que solía usar cuando pensaba trastear con el coche. Desde la cocina llegaba el aroma irresistible de un pato asado con manzanas una receta que requirió más de cuatro horas entre marinar y cocinar. Sobre la mesa del salón, vestida con el mantel de encaje de la abuela, brillaban las copas de cristal y estaban alineadas las ensaladas que Patricia había preparado desde la mañana, cortando cada ingrediente en cuidadísimos daditos.
Patri, por favor, no empieces murmuró mi esposa, haciendo una mueca como si le doliera una muela. Me han llamado los chicos. El coche de Javi se ha vuelto a atascar, está tirado y necesita ayuda. Vamos en un rato, una hora o poco más, y vuelvo, lo celebramos todo. Tu pato ni se enfriará.
Ese coche de Javi se atasca cada viernes a las ocho apuntó Patricia, fría, apoyando el hombro en el marco de la puerta. Álvaro, hoy hacemos una década de casados. Pedí salir del trabajo antes, compré tu vino favorito, que me costó la mitad de mi nómina, y me he puesto este vestido. ¿Y tú te vas al taller?
Álvaro se terminó de poner la chaqueta y empezó a buscar nervioso las llaves del coche por los bolsillos.
Lo estás dramatizando. Es una nimiedad mecánica que requiere apoyo. Solidaridad masculina, ¿te suena? Si a mí me pasara algo, Javi vendría de cabeza. No seas egoísta. No vamos a un restaurante, solo a solucionar un asunto. De verdad, que vuelvo pronto.
Me plantó un beso seco y rápido en la mejilla y la puerta de casa resonó como un disparo. El clic de la cerradura retumbó en aquel silencio demoledor.
Patricia se quedó quieta en el pasillo. En el espejo se reflejaba una mujer arreglada, con recogido alto, el vestido azul marino que resaltaba sus virtudes y disimulaba defectos. Sólo que los ojos estaban apagados.
Entró despacio en la cocina. El horno ya se había apagado con el temporizador, pero dentro seguía chisporroteando el pato. Lo sacó con esfuerzo. Había quedado perfecto: dorado, con perfume de manzanas reinetas y especias. Una obra maestra culinaria, ahora sin destinatario.
Llevó el asado al salón y se sentó ante la mesa vestida de fiesta. Dos platos, dos copas, velas sin prender. El silencio de la casa era ensordecedor. Los vecinos llenaban de fondo la noche con la televisión; aquí, en su espacio, reinaba el vacío.
Por supuesto que no volvería en una hora. Ni en hora y media. El taller era un triángulo de las Bermudas. El tiempo allí no existía: primero examinarían el atasco, luego debaten si será otra cosa, después aparece alguna cerveza, se une finalmente el vecino del box de al lado que igual está celebrando el nacimiento de un nieto, o lamentando que se le haya perdido el gato y la noche rueda sola.
Patricia se sirvió vino. Tinto, denso, áspero. Tomó un trago. Luego cortó directamente la pata del pato, la parte más jugosa. Masticó sin pensar, sin saborear. Dentro, no sentía histeria, sino una extraña claridad gélida. Como si por fin la niebla de los últimos años se despejara de golpe.
¿Era la primera vez?
El año pasado, por su cumpleaños, él llegó tres horas tarde porque ayudaba a su madre a mover un somier. Podían haber llamado a una empresa por cien euros, pero Álvaro dijo: ¿Para qué gastar dinero si tengo brazos?. Al final llegó sudado, sucio, agotado y de mal humor; toda la noche se la pasó quejándose de la espalda.
¿Y el verano anterior? Tenían una escapada reservada. La víspera, Álvaro prestó la mitad del dinero a Javi, que tenía problemas con el préstamo. Somos amigos, Patri, te lo devolverá. Javi tardó seis meses en devolverlo, y sus vacaciones se limitaron a aburrirse en el hotel y a comer sopas instantáneas.
Patricia miró el plato vacío del otro. Diez años. Bodas de estaño. Dicen que el estaño es flexible, pero si lo doblás mucho, se rompe.
Terminó la pata de pato sin tocar la guarnición. Después se levantó, apagó las velas sin usarlas y recogió. Las ensaladas al frigorífico, el vino tapado. Cargó el lavavajillas, pero no lo puso en marcha.
A la una de la madrugada, el móvil de Álvaro estaba apagado. A las dos llegó una notificación: Usuario en línea. No llamó. Se metió en la cama y apagó la luz. No durmió. Escuchaba el rumor del ascensor y pasos en el portal.
A las tres y media de la mañana giraron las llaves en la puerta. Álvaro entró de puntillas, como intentando no hacer ruido, aunque cada pequeño gesto era un estruendo. Tropezó con la cómoda, soltando una maldición, luego bufó quitándose los vaqueros. Olía a mezcla de tabaco, aceite de motor y a resaca, ese tufo particular de taller.
Se abalanzó a la cama y trató de abrazarla.
¿Duermes? susurró a su nuca, con aliento agrio. Patri, perdona. Vaya noche. No era la pieza del coche, era el motor entero. Media noche a brazos metidos en grasa. No iba a dejar a Javi tirado. Y el móvil, sin batería.
Patricia se pegó al borde de la cama.
No me toques susurró, firme.
De verdad, lo estás exagerando. He venido sano y salvo. Bueno, nos queda celebrar, compramos tarta…
A los dos minutos ya roncaba. Patricia cogió almohada y manta y se fue a dormir al sofá del salón. El olor a pato rezumaba aún: aroma de fiesta fallida.
La mañana no empezó con disculpas, sino con reproches. Álvaro apareció en la cocina al mediodía, despeinado y con mala cara. Patricia tomaba café mientras miraba el correo del trabajo en su portátil.
¿No hay desayuno? preguntó abriendo la nevera y mirando las baldas. Mira, ensaladita. Bien. ¿Y el pato?
Está guardado se limitó ella, sin apartar la vista de la pantalla.
¿Me lo calientas? Me duele la cabeza, necesito comer algo fuerte.
Patricia cerró la tapa del portátil.
No.
¿Cómo que no?
No te lo caliento. Tienes manos, esas tan habilidosas con las que ayer desmontaste el coche de Javi. Úsalas.
Álvaro la miró extrañado. Después de una bronca, ella a lo sumo se enfurruñaba unas horas, pero seguía cumpliendo sus “deberes” de esposa: comida, limpieza, mil detalles. Era el guion habitual. Él la liaba, ella se enfadaba, él pedía perdón o le traía un chocolate, y todo volvía a la normalidad.
Patri, ¿sigues con lo de ayer? Fue una urgencia. Los amigos se ayudan cuando hace falta. No puedes tenerme atado.
No te tengo atado dijo, tranquila, eres absolutamente libre. Y yo también. Libre de tener que cuidarte la resaca.
No era una fiesta, era una reparación protestó él, cogiendo la ensaladera, comiendo directamente con cuchara. Y últimamente estás rara. ¿No será que tienes las hormonas revolucionadas?
Patricia lo miró largo, como si lo viera por primera vez. Aquel hombre que chasqueaba boca comiéndose la ensaladilla era su marido, aquel en quien había confiado su vida. Recordó que el piso donde vivían era herencia de su abuela. Álvaro solo estaba empadronado allí. La reforma la pagaron a medias, pero la mayor parte la puso ella: que si él no tenía obra, que si se le estropeó la herramienta, que si había que ayudar a su madre.
Álvaro dijo muy bajo, ¿y el dinero que guardábamos para cambiar las ventanas?
Él se atragantó.
¿El dinero? Está en la caja, ¿dónde si no?
Hoy he mirado. Está vacía. Los dos mil euros han desaparecido.
Álvaro desvió la mirada, las orejas rojas.
Ah, sí… Los cogí. Ayer. Cuando fui al taller. Las piezas eran caras y Javi me lo va a devolver en cuanto cobre.
¿Te llevaste dos mil euros del fondo común, sin consultarme, para arreglarle el coche a Javi? ¿Después de ahorrar medio año para las ventanas y no pasar frío este invierno?
Ya estás con los dramas. Arrojó la cuchara, molesto. Te va a devolver el dinero, que me ha dado su palabra. Además, aquí quien toma las decisiones económicas soy yo. ¿O tengo que consultar cada tornillo con mi mujer?
Deberías consultarme cuando coges dinero de ambos, sobre todo si ese fondo lo relleno yo casi todo el tiempo.
¿Ah, ahora me lo echas en cara? la fulminó con la mirada. Qué feo, Patricia. Pensé que estabas por encima de eso, me sales ahora materialista.
Salió dando un portazo y puso la tele a todo volumen.
Patricia se quedó en la cocina sintiendo cómo se rompía la última cuerda que sostenía ese frágil edificio llamado familia. Entendió en ese instante que jamás cambiarían las ventanas, ni Javi devolvería nada siempre alguna excusa, y que Álvaro seguiría jugando a salvador a costa de su renuncia, mientras ella ahorraba en cremas y comida.
La semana pasó en gélida indiferencia. Apenas hablaban salvo por asuntos prácticos. Él se hacía el incomprendido y ella la gruñona por nada. Álvaro volvió, comía lo primero que encontraba y se acostaba dándose la vuelta.
El jueves llegó temprano y de buen humor. Traía un ramo de crisantemos de los que venden las abuelas en la salida del metro.
Venga, deja el enfado me dijo, ofreciéndome las flores. ¿Paz?
Patricia aceptó el ramo y lo puso en agua.
Paz respondió, indiferente. Ya no le importaba. Su idea estaba clara y madura.
Así me gusta. Venga, no estés así. Oye, que el sábado es mi cumpleaños, ¿te acuerdas?
Claro.
Pensé… No quiero restaurante, sale caro y no me apetece. Lo celebramos en casa, ¿vale? Los chicos, Javi y su mujer, Toño y Ana. Seis o siete. Como tú cocinas tan bien, preparas tu famosa carne al horno, tus ensaladas… Algo casero, íntimo. Han estado diciendo que les encanta tu mano.
Patricia lo observó. No había ni una sombra de culpa. Estaba convencido de que, después de arruinarles el aniversario, robarle (sí: robarle) el dinero de la casa y una semana ignorándola, ella debía lanzarse feliz a cocinar para sus amigos.
Vale sonrió Patricia, rara, pero él ni lo notó. Invita a quien quieras. Para las dos el sábado.
¡Esa es mi mujer! se acercó para abrazarla, pero esquivé diciendo que iba a preparar la mesa. Dime lo que hace falta comprar y voy al súper.
Deja, lo hago yo. Quiero sorprenderte. ¿No te encantan las sorpresas?
Me fascinan rió él. Aviso entonces a los chicos.
El viernes pasó tranquilo. Patricia fue al supermercado, volvió con bolsas. Álvaro quiso fisgonear pero ella bromeó: ¡No asomes la nariz, secreto!. Esa noche estuvo enredada en la cocina, con la puerta cerrada. Los olores que salían… eran raros. Nada a lo que él estaba acostumbrado. Lo atribuyó a elaboradas recetas nuevas.
Llegó el sábado. Sergio amaneció entusiasmado. Patricia iba impecable, peinada, maquillada, con traje de chaqueta.
¿Por qué tan seria? Pensé que te ibas a poner rojo comenté.
Hoy me siento así. ¿Tardarán los invitados?
Llegan enseguida. Javi está saliendo ya. Me ducho y me afeito.
Mientras se arreglaba, Patricia ponía la mesa. Cuando salió, sonó el telefonillo y entró el grupo, entre voces y bolsas con botellas.
¡Felicidades, crack! gritó Javi, dándole una palmada. A ver qué nos tiene preparado Patricia. No huele como otras veces, eh…
Entraron en el salón y se quedaron atónitos.
La mesa estaba vestida tan primorosamente como el aniversario. Platos, cubiertos, servilletas. Pero la comida…
En medio, sobre una fuente enorme, una montaña de empanadillas precocinadas de las baratas, pegadas unas a otras. Alrededor, cuencos de fideos instantáneos de sobre, abombados y fríos. En lugar de embutidos ibéricos, rodajas gordas de mortadela barata, incluso con envoltorio. En las copas de ensalada, croutons de bolsa y latas de sardinas abiertas tal cual, sin disimulo.
¿Esto qué es? a Álvaro se le quebró la voz, señalando el despliegue. Patri, ¿es una broma? ¿Dónde está la comida de verdad? ¿Dónde las ensaladas?
Silencio sepulcral. Javi miraba la mesa, luego a su amigo, luego a Patricia. Su mujer se mordía los labios.
Patricia se situó en el centro del salón. Erguida, serena, solemne.
Esto, Álvaro, es la comida de fiesta versión Taller. Te gusta tanto pasar tiempo allí con tus amigos que cambiastes nuestro aniversario por sus tornillos. He querido recrear tu ambiente favorito. Comed, amigos, esto es lo que mereceis todos en vuestro club de muchachos.
¿Estás enferma o qué? gruñó Álvaro, colorado de rabia. ¿Me avergüenzas ante todos? Quita esto y saca comida de verdad. Vi que cocinaste ayer.
La comida que cociné ayer es para mí, en tuppers, en el frigorífico. Esto es para vosotros. Por cierto, con tu dinero, el que sobró después de desvalijar nuestro ahorro.
Javi tosió.
Oye, Álvaro, mejor nos vamos… Es incómodo…
¡Quieto! cortó de malas formas. Nadie se va. Patricia lo arregla ahora mismo. ¿Verdad? Vas a sacar comida y pedir perdón. Si no…
¿Si no qué? preguntó Patricia, divertida.
Si no, no sé cómo reaccionaré. Recuerda que esta es mi casa, con mis invitados.
¿Tu casa? Patricia soltó una carcajada dura. Legalmente, este piso es mío: herencia de mi abuela antes del matrimonio. Según el artículo 1346 del Código Civil, los bienes recibidos por herencia o donación son indivisibles. Tú solo estás empadronado aquí. Eso no da ningún derecho de propiedad.
Álvaro se apabulló. Nunca me había oído hablar así, más habituada a recetas, rebajas y veraneos.
Nosotros hicimos reforma balbuceó. Yo puse el suelo.
Lo puso el albañil al que le pagué yo con mi paga extra. Tú trajiste dos sacos de cemento y celebraste una semana tu hazaña con cervezas. Si logras demostrar judicialmente alguna inversión, podrías aspirar a compensación económica, nunca a la propiedad. Y tras sustraer sistemáticamente dinero del ahorro común, difícil conseguirlo.
¡Vete a paseo! estalló él. ¡Ahora llamo a la policía! Declaro que armas escándalo.
Llama, adelante indicó Patricia. Mientras, aquí tienes tus cosas.
Fue al dormitorio y arrastró dos maletas enormes.
He metido todo: ropa, zapatos, tus herramientas del balcón, hasta tu taza favorita. Todo.
Los invitados emprendieron la huida. La mujer de Javi casi voló hacia la puerta.
Álvaro, luego te veo abajo musitó Javi, saliendo pitando.
Álvaro quedó solo, entre empanadillas frías y maletas.
¿Lo dices en serio? ya sin voz, como derrotado. Patri, vale, nos pasamos de la raya. Me pongo de rodillas. Reconozco mi error, devuelvo todo. No me eches, ¿a dónde voy? ¿Con mamá? ¿A su piso minúsculo?
Tienes amigos, tienes taller, tienes coche. Haz lo que quieras, pero aquí no.
¡Te arrepentirás! amenazó, alzando la voz de nuevo. Nadie te querrá con treinta y ocho. Serás la rara con gatos.
Es un riesgo que asumo contestó ella, abriendo la puerta. Fuera.
Él agarró las maletas, el rostro descompuesto.
¡Maldita! ¡Interesada! Me voy pero me quedo con la mitad de los muebles. ¡La tele es mía!
La tele es a plazos a mi nombre; recibo del banco en mano. Ándate, Álvaro, y deja las llaves encima del mueble.
Él dudó, pero ante la firmeza, arrojó el manojo de llaves al suelo.
¡Quédate con tu piso!
Sacó las maletas fuera. La puerta se cerró con estruendo.
Patricia echó la llave dos veces. Puso la cadena de seguridad. Se apoyó en la puerta, los ojos cerrados. El corazón le latía a mil. Temblaba, pero no lloró. Sentía una ligereza nueva: como si hubiera soltado un saco de piedras después de diez años creyendo que era la normalidad.
Limpié la mesa: todo al cubo, sin separar. Abrí la ventana para que se fuera el olor a sardina enlatada y colonia barata.
Saqué del frigorífico el vino abierto de la no-aniversario. Llené una copa, me senté en el sillón.
El móvil vibró: mensaje de mi madre. ¿Qué tal la fiesta, hija? ¿Álvaro contento?
Respondí: La fiesta ha ido perfecta, mamá. Su mejor cumpleaños. Mi primer día de una vida nueva.
Mañana cambiaré la cerradura. El lunes pediré el divorcio. No será fácil, habrá gritos, broncas, reclamaciones absurdas. Pero ya poco importa. Lo esencial es que hoy, por primera vez en años, celebré una cena completa acompañada. Por mí. Por la mujer inteligente, fuerte y libre en que me convertí.
Si te ha gustado la historia, dale a me gusta y suscríbete para no perder ninguna. Espero tus comentarios.





