**Diario personal**
Hoy ha sido un día que jamás olvidaré. El viejo autobús chirriaba al avanzar por la carretera polvorienta. A través de las ventanas abiertas entraba un aire caliente, sofocante, más pesado que el silencio que llenaba el vehículo. La mayoría de los pasajeros dormitaban, agotados por el calor.
Al fondo, los destellos dorados de la torre de la iglesia de Santa María aparecieron entre las casas de adobe y las fachadas desconchadas de los bloques de pisos. La gente comenzó a moverse, ansiosa por bajar. Sólo una mujer permanecía inmóvil, las manos descansando sobre su falda, los ojos clavados en el paisaje. Su pelo rubio oscurecido por las raíces crecidas caía en mechones desiguales alrededor de un rostro pálido, marcado por la vida.
—Señora, ya hemos llegado. Es la parada final— anunció el conductor, un hombre calvo y robusto, asomándose por la mampara.
Ella parpadeó, despertando de su ensueño. El autobús estaba vacío.
—Gracias— murmuró al salir, sin mirarlo.
Las puertas se cerraron con un chirrido metálico a sus espaldas. Dio unos pasos vacilantes hacia las casas bajas, pero entonces, un repique de campanas resonó desde la iglesia. Se detuvo, alzó la vista al cielo y, tras un instante, cambió de rumbo.
Dentro, el aire olía a cera e incienso. Un rayo de sol se filtraba por la ventana, iluminando el suelo de madera. Ella se sentó en un banco cerca de la entrada, los tacones resonando en el silencio.
—¿Se encuentra bien? ¿Quiere agua?
Una joven con un pañuelo atado al cuello, a pesar del calor, se acercó con preocupación en sus ojos azules.
—Aquí tiene— dijo, entregándole un vaso. —Es del manantial. Fría, incluso en verano.
La mujer lo aceptó y bebió. El agua era tan fresca que le entumeció los dientes.
—¿Es usted del pueblo? ¿Conoce a… María López? —preguntó, tensa.
La joven se quedó quieta. —Era mi abuela. Murió hace un año. ¿Usted quién es?
—¿Soy… Anunciación? —susurró la mujer.
La joven la miró fijamente, luego sus labios temblaron. —Soy Rosario.
***
**Dieciocho años atrás**
María se mecía en su sillón de anea, sombreando los ojos del sol poniente.
—Madre—
Se giró y allí estaba, su hija Anunciación, desaparecida hacía más de un año. En brazos llevaba un bebé envuelto en una manta; en la otra mano, una maleta desgastada.
—Has vuelto. Sabía que acabarías así. ¿Es para quedarte? —preguntó María con sequedad.
Anunciación entró tras ella en la casa, dejó la maleta en el suelo y depositó al bebé sobre la cama de hierro.
—Es una niña. Rosario.
María suspiró. —Ya veo que la ciudad no te trató bien. ¿Y ahora qué?
—No ahora, madre. Estoy agotada.
—Bueno, no hay prisa. ¿Tienes leche? —María miró el pecho plano de su hija. —No, claro. Iré a por leche de cabra a casa de Carmen.
—Traje fórmula— dijo Anunciación, aliviada porque la tormenta había pasado.
—No envenenes a la criatura con químicos— refunfuñó María, y salió.
Cuando volvió, Anunciación dormía junto a la niña. El bebé se agitaba, intentando liberarse de la manta. María la tomó en brazos, murmurando:
—Tienes suerte de que tu madre no despierte. Debe estar rendida.
Cambió el pañal, calentó la leche en una cazuela y alimentó a su nieta. Esa noche, madre e hija discutieron en susurros airados. Anunciación lloró, suplicando comprensión; María escupió años de resentimiento. Se durmieron al amanecer.
Un llanto despertó a María. Saltó de la cama, corrió hacia Rosario.
—¡Anunciación! ¡El bebé está empapado! —Nadie respondió. —¡Anunciación!
Miró a su alrededor. La cama vacía. La maleta, también.
—Dios mío… —Se desplomó. —¡Maldita sea! ¡Me dejaste a su niña! ¡Estúpida vieja! —gimió, sacudiendo la cabeza.
Desde entonces, Rosario creció con su abuela. María la crió con mano dura. La alimentó, la vistió, pero jamás la abrazó. La regañaba con dureza, incluso la golpeaba con una escoba.
Cuando Rosario preguntó por su madre, María dijo: —Está muerta. No tienes padre ni madre. Sólo me tienes a mí.
Rosario le suplicaba que no muriera, aterrorizada de quedarse sola.
Un día, María la encontró mirando fotos de Anunciación. Las arrancó de sus manos y las tiró al fuego. —¡No tienes madre!
Sólo una foto sobrevivió, escondida bajo el colchón.
Rosario acabó el colegio y aceptó trabajar en la iglesia con el padre Antonio, quien la protegió como una hija.
—Tu madre… ¿vive? —le preguntó una vez.
—María dijo que murió. Pero yo creo que sigue ahí, en algún lugar. Reza por ella.
Y así lo hizo. Cada domingo, encendía una vela por Anunciación.
***
—Espere, voy— Rosario apagó las velas, cerró la iglesia. Caminaron en silencio hacia casa.
—¿Tenéis visita, Rosario? —preguntó una vecina.
Rosario asintió, bajando la mirada.
—¿Es Anunciación? ¡Pero si María decía que había muerto! —susurraron a sus espaldas.
—¿De verdad dijo eso? —preguntó Anunciación.
Rosario abrió la puerta de la casa. —Entre.
Anunciación cayó de rodillas, abrazando las caderas de su hija. —No merezco que me llames madre. Perdóname…
Rosaria sollozó. —Dios perdona. Yo ya lo hice hace tiempo.
Esa noche hablaron hasta el amanecer. Al día siguiente, Rosario despertó sobresaltada. La cama estaba vacía.
Pero entonces, la puerta chirrió. Anunciación entró, el pelo húmedo, fresca como el río.
—Fui a lavarme— sonrió.
—Pensé… que te habías ido— Rosario se lanzó a sus brazos, llorando como una niña.
Porque, al final, nada llena el hueco de una madre. Y el perdón… ese es un milagro que sólo Dios puede dar.




