A veces la vida nos plantea preguntas sin respuestas fáciles. O algo peor: nos convierte en preguntas que no sabemos cómo responder. Esta historia no es mía, pero desde que la escuché, no deja de rondar en mis pensamientos.
Me llamo Natalia, crecí en una familia numerosa en Madrid. Éramos siete: mi madre, mi padre y cinco hijas. Yo era la más pequeña. Desde que tengo memoria, una pregunta obsesiva daba vueltas en mi cabeza: ¿a cuál de nosotras quería más mi madre?
Siempre le preguntaba, sobre todo cuando estábamos a solas. Pero ella nunca hacía distinciones. Su respuesta era siempre la misma: *”Os quiero a todas por igual. Sois mis hijas, y el amor que siento por vosotras es el mismo: el de una madre.”* De niña, me parecía una evasiva. Pero ahora, mirando atrás, comprendo que era lo más sabio. Mi madre tenía razón. Gracias a su equilibrio, mis hermanas y yo crecimos unidas, siempre dispuestas a ayudarnos.
Yo, en cambio, solo tengo un hijo. Nunca podré entender lo que siente un padre con varios. Pero hace no mucho, conocí a una mujer cuya historia me hizo reflexionar sobre cosas que jamás me había atrevido a imaginar.
Se llamaba Isabel. Trabajamos juntas en la misma oficina en Barcelona, y pronto congeniamos. Comíamos juntas, compartíamos confidencias. Siempre me ha gustado escuchar las vidas ajenas; así descubres no solo al otro, sino tus propias sombras.
Isabel hablaba con orgullo de su hija: sus estudios, su trabajo, cómo ayudaba en casa. Mostraba fotos, celebraba cada logro. La escuchaba sonriendo, con un punto de envidia: ¡qué madre tan entregada y cariñosa!
Hasta que un día mencionó un regalo que le había hecho… su hijo. *”¿Hijo?”* —pregunté— *”Nunca dijiste que tenías otro.”* Ella torció la boca en una sonrisa incómoda y, tras dudar, decidió contarme la verdad.
Según me dijo, su hijo había nacido primero. Ella era joven, llena de ilusiones, soñando con ser la madre perfecta. Lo cuidaba, lo bañaba, lo alimentaba… pero cada vez más, se sorprendía actuando por obligación. Sin ternura, sin conexión. Todo era *”debo”*, nunca *”quiero”*.
—No puedo explicarlo —confesó con tristeza—. Era un buen niño: obediente, inteligente, aplicado. Pero mi corazón permanecía callado. Me decía que era cuestión de tiempo… pero el amor nunca llegó.
Y después, cuatro años más tarde, nació su hija. Todo cambió. Su llegada le inundó de una pasión maternal que nunca antes había sentido. Era feliz: la adoraba, la mimaba, la protegía. Y, sin darse cuenta, se alejaba cada vez más de su hijo. No lo maltrataba, no le gritaba… pero tampoco lo abrazaba, ni le decía *”te quiero”*. Él estaba ahí, como un extraño.
Con los años, la culpa creció. Intentaba justificarse: tal vez fue la depresión, el cansancio, no estar preparada. Pero la verdad era más sencilla y cruel: simplemente, no lo amaba. Y al darse cuenta de cuánto adoraba a su hija, el dolor era mayor: a uno le dio todo, al otro, solo deber.
—A veces imagino —murmuraba Isabel— cómo él, pequeño, me veía acariciar a su hermana, besarla… mientras a él no le daba nada. Y lo recordaba. Siempre. Veía en sus ojos la misma pregunta que yo le hacía a mi madre: *”¿A quién quieres más?”* Y no podía mentirle… porque él ya sabía la respuesta.
Ahora su hijo es un hombre adulto, exitoso. La respeta, la ayuda. Pero entre ellos solo hay frialdad, distancia. Como si ambos representasen un papel sin creérselo.
La escuché en silencio, sin palabras. No la juzgué, pero el corazón se me encogía. ¿En serio podía pasar algo así? ¿Que fueras incapaz de amar a tu propio hijo? Que un alma te responda y la otra no…
Quizá el pecado más terrible de una madre no sea odiar, ni maltratar… sino simplemente no sentir.
Desde entonces, miro distinto a mis compañeros, mis amigos, mis vecinos. Cada uno guarda su historia. Y quizá, en algún lugar, hay una mujer que calla, pero cada noche se reprocha no haber dado amor a quien más lo necesitaba.







