Tía, no dejo de pensar en esto y ya han pasado seis meses desde que me casé.
Nuestra boda fue en un jardín precioso, con farolillos, la música a todo volumen y la gente dándolo todo bailando sevillanas y algún que otro temazo ochentero. En un momento dado, me agobié un poco y salí fuera a tomar aire. Desde lejos vi a mi mejor amigo, Javier, y a mi mujer, Carmen, apartados cerca de los baños, y te juro que el ambiente entre ellos era raro.
Carmen tenía los gestos acelerados, movía las manos con nerviosismo, y Javier estaba serio, apretando la mandíbula. Entre el ruido de la música y la gente gritando, casi no se entendía nada, pero supe enseguida que discutían de verdad.
Me acerqué despacio, intentando que no se dieran cuenta. Cuando ya estaba al lado, escuché perfectamente cómo Javier le decía:
Este tema no se va a hablar más.
Te juro que se me heló la sangre, por cómo lo dijo, tan cortante y contundente.
Justo entonces se dieron cuenta de que estaba ahí. Les pregunté a los dos, muy natural, de qué iba la bronca y si pasaba algo.
Se quedaron blancos. Carmen fue la primera en reaccionar y me dijo que era una tontería, que no pasaba nada. Javier añadió que habían discutido por una apuesta absurda sobre un juego y que no era importante, pero todo sonó atropellado y como si se lo inventaran sobre la marcha.
Cambiaron de tema rapidísimo y volvimos todos al sarao, como si nada.
El resto de la noche intenté pasármelo bien y mantener el ambiente de celebración bailamos, brindamos con cava, saludamos a todo el mundo Pero cada vez que cruzaba la mirada entre Javier y Carmen, apenas se dirigían la palabra y, si se cruzaban, apartaban la vista enseguida. Ni media palabra más delante de mí.
Esa noche no dije nada.
Después de la boda, la vida siguió. Me mudé con Carmen, y seguimos viendo a Javier y a su novia, Ana, de vez en cuando cenas, cumpleaños, planes normales. Jamás volvieron a mencionar nada de aquello, ni hubo mensajes raros, ni llamadas a deshoras, nada fuera de lo común.
Pero ese momento me persigue. Su frase, el tono, esa urgencia de cortar la conversación. Y cómo cambiaron de actitud en cuanto me vieron.
No tengo pruebas de nada. No hay mensajes, ni confesiones, ni escenas, solo esa discusión el día de mi boda y la sensación de que interrumpí algo que no tenía que escuchar.
Ya han pasado seis meses y no dejo de darle vueltas. Nunca les he acusado de nada.
Pero, dime tú, ¿qué hace uno con una duda así, cuando no hay nada claro, solo la intuición de que ese día pasó algo que no debería haber pasado?







