En los tiempos de la Unión Soviética, me casé con una mujer que tenía tres hijos y nadie les ayudaba; estaban completamente solos.
—Andrés, ¿en serio vas a casarte con esa dependienta que tiene tres niños? ¿Se te ha ido la cabeza? —me dijo Víctor, mi compañero de habitación en la residencia, dándome una palmada en el hombro con sorna.
—¿Y qué tiene de malo? —No aparté los ojos del despertador que estaba arreglando con un destornillador, pero lo miré de reojo.
En aquellos años —los ochenta—, nuestro pueblo de provincias vivía sin prisas, tranquilo. Para mí, un hombre de treinta años y soltero, la vida se reducía al camino entre la fábrica y la litera de la residencia. Después de la universidad, me había acomodado así: trabajo, algo de ajedrez, la televisión y algún encuentro ocasional con los amigos.
A veces me asomaba a la ventana, veía a los niños jugando en el patio y me invadía un recuerdo: cómo soñaba con tener una familia. Pero enseguida lo apartaba —¿qué familia podía tener entre cuatro paredes de una residencia?
Todo cambió una tarde lluviosa de octubre. Entré en la tienda a por pan. Había ido mil veces, siempre lo mismo. Pero aquel día, tras el mostrador estaba ella: Natalia. Nunca la había notado, pero aquella vez mi mirada se detuvo. Sus ojos cansados pero cálidos, con una chispa de luz escondida en su profundidad.
—¿Barra o pan negro? —preguntó, esbozando una leve sonrisa.
—Barra… —balbuceé, como un colegial turbado.
—Recién salido del horno, fresco —lo envolvió con destreza y me lo tendió.
Cuando nuestras manos se rozaron, algo hizo clic dentro de mí. Mientras rebuscaba monedas en los bolsillos, la observaba a hurtadillas. Vestía una bata sencilla, tendría poco más de treinta años. Cansada, pero con una luz especial.
Unos días después, la vi en la parada del autobús. Natalia cargaba con bolsas mientras tres niños correteaban a su alrededor. El mayor, un chico de unos catorce años, sujetaba con firmeza un paquete pesado; la niña llevaba de la mano al pequeño.
—Déjeme ayudarle —ofrecí, cogiendo una de las bolsas.
—No hace falta, gracias… —empezó a decir, pero yo ya subía las cosas al autobús.
—Mamá, ¿quién es? —preguntó el pequeño sin rodeos.
—Calla, Jaime —le reprendió su hermana.
Por el camino, supe que vivían cerca de mi fábrica, en un bloque de pisos antiguo. El mayor se llamaba Pablo, la niña Lucía y el pequeño Jaime. El marido de Natalia había fallecido años atrás, y desde entonces ella llevaba sola con la familia.
—Nos apañamos, no nos quejamos —dijo con una sonrisa fatigada.
Aquella noche no pude dormir. Sus ojos, la voz de Jaime… algo despertaba en mí, como si supiera que algo importante me esperaba.
Desde entonces, empecé a frecuentar el colmado. Compraba leche, galletas, o iba sin motivo. Mis compañeros de la fábrica comenzaron a bromear.
—Oye, Andrés, ¿qué pasa? Tres veces al día en la tienda… eso es amor —se burlaba Andrés, mi jefe.
—Busco productos frescos —me excusaba, ruborizándome.
—¿O a la dependienta? —guiñaba un ojo.
Una tarde, me decidí a acercarme a Natalia al salir del trabajo.
—Permítame que la acompañe con las bolsas —dije, intentando sonar sereno.
—No es necesario… me da vergüenza…
—Dormir en el techo sí que es incómodo —bromeé, cogiendo los paquetes.
Por el camino, me habló de sus hijos. Pablo trabajaba después del colegio, Lucía era una alumna excelente y Jaime acababa de aprender a atarse los cordones.
—Es muy amable, pero no tiene que compadecernos —dijo de pronto Natalia.
—No lo hago. Quiero estar cerca.
Más tarde fui a su casa a arreglar un grifo. Jaime no se separaba de mí, curioseando las herramientas.
—¿Y podrías arreglar un avión?
—Tráelo y vemos —sonreí.
Lucía me pidió ayuda con las matemáticas. Nos sentamos a resolver problemas. Tomamos té y hablamos de la vida. Solo Pablo se mantenía distante. Luego, escuché su conversación:
—Mamá, ¿de verdad lo necesitas? ¿Y si se va?
—Él no es así.
—¡Todos son iguales!
Me quedé en el pasillo, apretando los puños. Quise marcharme. Pero recordé cómo Lucía brillaba al sacar un sobresaliente, cómo Jaime se reía al arreglar su avión… y supe que no podía irme.
Los rumores en el trabajo crecían, pero ya me daba igual. Sabía por qué vivía…
—Oye, Andrés —decía mi amigo Víctor—, piénsalo bien. ¿Para qué quieres problemas? Encuentra una chica sin hijos.
—¿Estás loco, Andrés? ¡¿Casarte con una dependienta que tiene tres niños?! —se indignaba.
—Déjame en paz —gruñí, sin levantar la vista del despertador.
Una noche, ayudaba a Jaime con un trabajo manual para el colegio. El niño, con la lengua fuera, recortaba figuras con esmero.
—Tío Andrés, ¿te vendrás a vivir con nosotros para siempre? —preguntó de repente.
—¿Cómo? —me quedé helado.
—Bueno… como un papá.
Me quedé inmóvil, con las tijeras en la mano. Crujió el suelo del pasillo: Natalia estaba en el umbral, tapándose la boca con la mano. Un segundo después, giró y salió corriendo hacia la cocina.
Lloraba, escondiendo el rostro en un paño.
—Natalia, ¿qué pasa? —le puse una mano en el hombro con cuidado.
—Perdona… Jaime es pequeño, no entiende lo que dice…
—¿Y si no se equivoca? —la giré hacia mí.
Alzó los ojos, llenos de lágrimas.
—¿Lo dices en serio?
—Completamente.
En ese momento, Pablo irrumpió en la cocina:
—Mamá, ¿qué pasa? ¿Te ha hecho algo? —me miró fijamente.
—No, Pablo, todo bien —sonrió entre lágrimas Natalia.
—¡Mientes! ¿Qué hace aquí? ¡Largo de nuestra casa! —gritó.
—Que hable —le miré a los ojos—. Di lo que pienses.
—¿Qué buscas aquí? No tenemos dinero, el piso es pequeño… ¿Qué quieres de nosotros?
—A ti. A Lucía. A Jaime. A tu madre. Los quiero a todos. No me iré, ni lo sueñes.
Pablo me miró unos segundos, luego giró y cerró de golpe la puerta de su habitación. Desde dentro llegaban sollozos contenidos.
—Ve a hablar con él —susurró Natalia—. Debes hacerlo.
Lo encontré en el balcón, abrazando las rodillas, mirando a la oscuridad.
—¿Puedo sentarme? —pregunté, acomodándome a su lado.
—¿Qué quieres?
—Yo tampoco tuve padre. Mi madre luchó, pero fue duro.
—¿Y qué?
—Sé lo que es crecer sin un hombre cerca. Sin preguntar cómo arreglar una bici o defenderse.
—Yo sé pelear —refunfuñó.
—Seguro. Eres fuerte, Pablo. Pero un hombre no solo usa los puños; también acepta ayuda cuando la necesita. Por su familia.
Calló. Luego, casi en un susurro:
—¿De verdad no—¿De verdad no te irás? —murmuró Pablo, y en ese instante comprendí que, más que palabras, lo que necesitaba era alguien que no fallara.







