Hace siete años, en un sueño que empezó bajo la lluvia de Madrid, me casé con un hombre sin nada más que la sombra de sus manos. Mi familia, con sus voces que resonaban como campanas en la Plaza Mayor, se rió de mí al ver mi rostro, como si mi alegría fuera una ilusión de carnaval.
En aquel tiempo, las chicas de mi barrio solían imaginar al marido como un príncipe que desfilara en las portadas de revistas, con bolsillos llenos de euros y un coche brillante. Yo, sin embargo, solo deseaba que mi futuro esposo no buscara refugio en la botella, pues sabía que el alcohol convierte los días en niebla y los niños en testigos de un padre que nunca despereza su mirada. También quería que fuera trabajador, que no se quedara en la cama como un gato bajo la ventana y que la honestidad fuera su lengua materna. No me importaba que tuviera coche o apartamento; yo venía de una familia donde el lujo era un espejo roto. Mi madre, Dolores, y mi hermano Antonio nos criaron con pan y agua, sin más palacio que el humilde techo de nuestro barrio.
Durante un año compartimos la vida bajo el mismo techo, él con sus seis hermanos, en la casa de sus padres en la sierra de Segovia, donde la madre, Carmen, rezaba al amanecer. Él, Juan Carlos, era un buen hombre, profesor universitario en la Facultad de Ciencias de la Universidad Complutense, y su salario rondaba los 45.000 euros al año, aunque trabajara en otro sector. En nuestra boda, sólo asistieron los familiares más cercanos y unos cuantos amigos, como sombras que se fundían con la luz del atardecer.
Al pasar a vivir juntos, descubrimos que éramos como dos ríos que se cruzan en el sueño: nuestras personalidades chocaban y tardamos seis meses en aprender el ritmo del otro. La primera vez que vi sus lágrimas masculinas fue cuando nació nuestro bebé, un pequeño ser que surgió como una estrella en el cielo de la noche. Con el tiempo, alquilamos una vivienda en el centro de Sevilla, y luego compramos una casa en la periferia de Toledo, donde ahora vivimos con una salud robusta y una alegría que parece flotar.
A veces, los malentendidos nos atrapan como nubes densas, pero los hablamos, los disolvemos y aprendemos a resolver los conflictos con la paciencia de los monjes de El Escorial. No somos millonarios; nuestras arcas no rebosan de euros, pero lo que más valoramos es la salud y la felicidad de nuestra pequeña tribu. Hoy celebramos el día que, hace siete años y medio, marcó el inicio de nuestro viaje; cada día mi amor por Juan Carlos crece como una enredadera que envuelve los muros de nuestro hogar. Me llena de dicha verlo jugar con los niños, atenderme con una llamada y preguntar si tengo hambre, como si el mundo entero fuera una canción dulce.
Una amiga, Inmaculada, se casó con un hombre rico de Barcelona; al principio todo brilló como una lámpara de feria, pero pronto él empezó a engañarla, a desobedecerla y a tomar dinero de sus padres. Ella pensó en divorciarse, pero no quería dejar a sus hijos con él. Ese relato me recuerda que la vida de ella no es la mía, y me alegra haber tomado la decisión correcta. Deseo de corazón a todas las mujeres que amen a sus hombres y se sientan amadas; no importen el tamaño del bolso, la verdadera riqueza está en los sueños compartidos.







