Te cuento, soy Alba, tengo 28 años y crecí en el sistema de acogida. Hasta los ocho, había pasado por más familias de las que puedo recordar cumpleaños. Por mucho que digan que los niños somos fuertes, la verdad es que sólo aprendes a hacer la maleta rápido y a no preguntar mucho. Cuando me dejaron en mi último centro, tenía una única norma: no encariñarme.
Ahí conocí a Mateo. Tenía nueve años, era muy delgado, muy serio para su edad y siempre iba en silla de ruedas, cosa que hacía que todos los demás se comportaran raro. Los otros críos no eran malos, pero tampoco sabían muy bien cómo tratarle; le saludaban de lejos y luego se iban a jugar donde él no podía alcanzarles.
Una tarde, me senté a su lado en el suelo con un libro y le dije: Si vas a vigilar la ventana, tendrás que compartir la vista. Me miró, levantó una ceja y contestó: Eres nueva, ¿verdad? No exactamente, más bien devuelta. Alba, le dije. Él asintió: Mateo. Desde entonces, fuimos inseparables.
Crecimos juntos, viéndonos en todas las versiones: enfadados, callados o resignados cuando las parejas amables venían de visita buscando críos menos complicados. Teníamos nuestro ritual: Si te adoptan, me quedo tu sudadera, le decía, y él respondía: Entonces yo me quedo tus cascos. Era broma, pero sabíamos la verdad: nadie elige a una chica con historial devuelto ni a un chaval en silla de ruedas. Así que nos agarramos el uno al otro.
Al cumplir 18, nos pusieron unos papeles delante: Firma aquí. Ya sois mayores. Salimos por la puerta con nuestras vidas en bolsas de plástico. Sin fiestas, sin felicitaciones. Sólo un expediente, un abono de metro y un buena suerte.
Intentando construir un hogar
Encontramos un piso diminuto encima de una lavandería en Salamanca. Olía a jabón caliente y las escaleras eran un castigo, pero el alquiler era barato y el casero no preguntaba nada. Nos apuntamos en la uni, compartimos un portátil que ya casi ni encendía y aceptamos cualquier curro pagado en efectivo. Mateo hacía soporte informático y daba clases particulares; yo curraba en una cafetería y reponía estanterías por la noche.
El piso lo amueblamos con lo que pillábamos en la calle o de segunda mano: tres platos, una sartén decente y un sofá con muelles, pero era el primer sitio que era nuestro. Entre toda esa lucha, la amistad se convirtió en otra cosa. No hubo declaración épica, sólo gestos: mensajes de llegaste bien?, dormir juntos en el sofá como si fuera lo más natural.
Estamos juntos, ¿verdad? le pregunté una noche, agotada de estudiar. Me alegro que te hayas dado cuenta, me dijo. Pensaba que solo lo sentía yo.
Cuando nos graduamos, Mateo me pidió que nos casáramos, de pie, en la cocina, al lado de una olla de macarrones: ¿Seguimos haciendo esto, legalmente?. Me reí, lloré y dije sí. La boda fue pequeñita, sencilla y perfecta. Y al día siguiente, mientras dormíamos, llamaron a la puerta.
En la puerta estaba un hombre llamado Santiago, vestido de traje, con cara de querer hablar con Mateo. Hay algo que no sabes sobre tu marido, me dijo, pasándome un sobre grueso. Mateo se acercó, con el anillo de boda recién estrenado y Santiago le miró con ternura: Hola Mateo. Igual no te acuerdas, pero estoy aquí por un señor llamado Don Alfredo Ruiz.
Le dejamos entrar. Santiago era el abogado de Don Alfredo, un hombre mayor que acababa de fallecer y había dejado instrucciones muy claras. Mateo abrió la carta, temblando un poco, y empezó a leer. Era la historia de cómo, años atrás, Alfredo se cayó en la calle delante de una tienda en Madrid. La gente pasaba de largo, sin mirarle o fingiendo que no le veían, y sólo Mateo se acercó.
Mateo le ayudó, se quedó con él hasta que se recuperó y nunca le metió prisa. Alfredo le reconoció; hacía tiempo había trabajado arreglando cosas en el centro de acogida donde vivimos. Se acordaba del chico callado en silla de ruedas que nunca se quejaba.
Alfredo no tenía familia, ni hijos. Pero sí una casa, unos ahorros y muebles acumulados por años. Decidió dejarlo todo a alguien que supiera lo que es sentirse invisible, pero que prefiriera la bondad. Espero que este gesto sea lo que es: un gracias por haberme visto, terminaba la carta.
Santiago nos explicó el resto: Alfredo dejó todo en un fondo donde el único beneficiario era Mateo. Su casa, los ahorros, todo. No era una fortuna, pero sí suficiente para no volver a preocuparnos de pagar alquiler. Y lo mejor, la casa era a pie de calle y tenía ya una rampa instalada.
Toda mi vida, gente de traje me ha dicho que he perdido algo o que tengo que irme, dijo Mateo en voz baja. ¿Me estás diciendo que hoy gano? Sí, sonrió Santiago.
Una nueva vida
Cuando el abogado se fue, nos quedamos mudos. Nuestra existencia entera se había construido bajo la idea de que nada bueno dura. Sólo le ayudé con unas bolsas, murmuró Mateo. Nada más. Le viste, Mateo. Todos los demás le evitaron.
Semanas después fuimos a ver la casa. Era pequeñita, robusta, con un árbol viejo en el patio. Dentro olía a polvo y café antiguo, llena de libros y recuerdos. Un hogar de verdad. No sé cómo se vive en un sitio al que no tienes miedo de que desaparezca, confesó. Ya aprenderemos, le prometí. Hemos aprendido cosas mucho más difíciles.
Creciendo, nadie nos eligió. Nadie miró a la chica asustada ni al chico en silla de ruedas diciendo: A estos quiero yo. Pero un hombre que apenas recordábamos vio quién era Mateo de verdad y decidió que esa bondad merecía recompensa. Por fin…





