Me casé a los 50 años pensando que por fin había encontrado la felicidad, sin imaginar lo que me deparaba el destino
Soy de esas mujeres que se casaron tarde. Por desgracia, mi relación tardía tampoco prosperó.
Siempre he sentido que todo el mundo me veía como la empollona; la verdad es que siempre me ha gustado estudiar. Terminé el máster y conseguí un puesto de bibliotecaria. Un amigo común me presentó al que sería mi futuro marido. Él tenía 59 años, pero no perdía la esperanza y seguía buscando esposa. Yo era nueve años más joven. Ramón se ganó mi corazón enseguida. Es un hombre culto, educado, amante de la poesía y la literatura. Empezamos a hablar, y a los pocos meses me pidió matrimonio.
Acepté, llevaba mucho tiempo deseando formar una familia. Al casarnos, nos fuimos a vivir a mi piso, porque su hija y la familia de esta vivían ya en la casa de Ramón. Siendo sincero, no tenía ni idea de lo que me esperaba. Siempre había vivido solo, y ahora cambiaron muchas cosas de golpe y estaba bastante nervioso. La mancha en el mantel, la colcha arrugada, los calcetines por el suelo y mil detalles más que antes ni me planteaba Sinceramente, todo llegaba a irritarme. Parecía como si él estuviera alojado en un hotel y yo tuviera que ocuparme de todo. Además, tampoco llevaba bien el tema del dinero. Perdí la paciencia cuando, en vez de arreglar un grifo que goteaba, lo rompió todavía más y solo entonces decidió llamar al fontanero.
Ese día me di cuenta de que no quería resignarme ni pasar por alto tantas tensiones; a estas edades ya cada uno tiene sus costumbres y manías. Poco después tuvimos una conversación sincera; resultó que él estaba perfectamente satisfecho con todo. Yo soy tranquilo, no me gustan las broncas. Pero no pudimos llegar a un acuerdo amistoso: su hija, de hecho, ya había organizado su vida con la idea de quedarse para siempre con el piso de su padre, convencida de que él viviría conmigo. Solo aceptó el divorcio tras tres meses de discusiones. Incluso pidió que le devolviera los regalos. Devolverle la papelera y la cadena no me costó nada.
Esta experiencia me hizo pensar si realmente es posible construir una familia feliz después de los 50. Lo que he aprendido es que por mucho que uno desee una nueva vida, las costumbres y las expectativas pesan más de lo que imaginamos. La felicidad no viene solo por encontrar compañía, sino por saber convivir y ceder; y eso, a veces, ni los años ni el amor pueden enseñártelo.







