¿Sabes qué, Carmen? Te tengo que contar algo que me trae la cabeza loca… Mira, resulta que el otro día llega Joaquín, mi marido, y me suelta medio enredado:
Carmen, hay un tema delicado ¿Recuerdas a mi hija ilegítima, Lucía?
Y yo pensando: ¿Que si me acuerdo? ¡Cómo olvidarlo!. Así que me siento en la silla y ya me imagino que viene marrón.
Lo que pasa es que Lucía está pidiéndome por favor que nos hagamos cargo de su hija, es decir, de mi nieta, titubeaba Joaquín mirando al suelo.
¿Y por qué tenemos que hacerlo nosotros? ¿Dónde anda el marido de Lucía? ¿Qué, se ha esfumado? pregunté ya con la curiosidad encendida.
Joaquín casi no podía ni mirarme a la cara.
El tema es que a Lucía le queda poco El marido nunca existió. La madre de Lucía hace años que se fue a Francia casada y tampoco se habla con su hija; están peleadas a muerte. No tiene más familia, así que nos lo pide a nosotros
Y tú, ¿qué piensas hacer? Yo ya tengo claro qué haría, la verdad.
Pero Joaquín se vuelve y me mira como si no fuera con él:
Justo eso, Carmen. Lo que tú digas. Como decidas tú, así se hará.
¡Hombre, qué majo! Mira tú por dónde: él la monta de joven y ahora yo, Carmen, a resolverlo todo. Me pongo negra con esa actitud pasiva.
A ver, que somos una familia, hay que decidirlo juntos, se defiende él.
¿Juntos? ¿Y cuando te liabas con otras, también te pasabas por aquí a decidirlo conmigo? ¡Venga ya! Me saltaron las lágrimas y me encerré en el dormitorio.
Mira en el instituto yo salía con un compañero, Manuel. Pero cuando llegó al cole el nuevo, Alejandro, se me olvidó el mundo. Dejé a Manuel y Alejandro no tardó en fijarse en mí, me acompañaba hasta casa, me traía flores de cualquier parte y una semana después ya estábamos liados. Me enamoré a lo loco.
Terminamos el bachiller y le tocó a Alejandro irse a hacer la mili a Zaragoza. Me despedí en la estación llorando como una magdalena, convencida de que era mi hombre para toda la vida.
Nos escribimos durante un año, y cuando volvió de permiso, yo estaba tan loca que parecía que tenía alas. Él también juraba amor eterno:
Carmen, en un año cuando vuelva, nos casamos. Pero aunque no sea así, yo ya te tengo como mi mujer.
Eso a mí me derretía siempre me ha dejado así, rendida, con una mirada dulce o unas palabras bonitas.
Se fue de nuevo y yo esperando como agua de mayo, toda convencida. Y entonces, a los seis meses, carta de Alejandro. Que ha conocido a alguien en el cuartel y que no piensa volver al pueblo.
Con un bombo, embarazada de Alejandro. Bonito plan, ¿verdad? Mi abuela siempre decía:
No confíes en la primavera del trigo, confía en el pan en la mesa.
Al final nació mi hijo, Marcos. Tengo que decir que Manuel, el ex, se ofreció a ayudarme y yo acepté, superada por la situación. Con Manuel, sí, tuvimos algo, pero ya nada importaba.
Alejandro desapareció por completo. Y de repente, un día, vuelve y toca a la puerta justo cuando estaba Manuel conmigo.
¿Me dejas pasar? preguntó Alejandro medio sorprendido de ver a Manuel abriéndole la puerta.
Pasa si has venido, le dijo Manuel como sin ganas.
El niño, notando el ambiente, se enganchó al pantalón de Manuel.
Manuel, llévate a Marcos un rato a dar una vuelta, le pedí.
Se fueron. Alejandro, celoso:
¿Es tu marido ahora?
¿Qué te importa? ¿A qué vienes? yo andaba rabiosa de no saber por qué aparecía ahora.
Tenía nostalgia, y me encuentro esto. Veo que lo tienes todo: familia, pareja Pues nada, me voy, perdona la intromisión, dijo Alejandro medio dándose la vuelta.
Espera, Alejandro, ¿a qué vienes de verdad? ¿Solo a hurgar en la herida? Manuel me está ayudando a tirar para adelante, que sepas que gracias a él tu hijo no le falta de nada
He venido porque quiero volver contigo, Carmen. ¿Me dejas? me dijo con esos ojos de siempre.
Pasa, vamos a comer algo, al final, el corazón me pudo. Volvió, así que quién era yo para hacerme la dura.
Manuel comprendió y se fue alejando. El niño necesitaba a su padre de verdad.
Unos años después, Alejandro nunca terminó de aceptar a Marcos. Siempre lo trató como si fuera ajeno, creyendo que era hijo de Manuel. A mi marido nunca le llegó a doler del todo mi hijo; yo lo notaba. Además, Alejandro era un mujeriego de mucho cuidado. Se encaprichaba fácil y se olvidaba igual de fácil. Tantas veces me engañó con amigas, conocidas Yo sufría horrores pero seguía ahí, como una tonta, luchando por la familia porque lo quería con locura.
La verdad, para mí todo estaba claro: quien ama siempre es más feliz que el que tiene que andar mintiendo. Yo, a Alejandro, le perdonaba todo. A veces incluso pensaba irme, dejarlo, pero de noche me arrepentía. ¿Dónde iba a encontrar a alguien igual? Además, sin mí, Alejandro no era nadie. Yo era su mujer, su amiga y su madre.
A los catorce años, Alejandro perdió a la suya de un infarto mientras dormía. Esa carencia de cariño luego la fue buscando a trompicones en otras mujeres. Y yo, mira, lo perdonaba todo por compasión.
Hubo una discusión muy fuerte y lo eché de casa. Se fue a vivir con su tía. Después de un mes, ni me acordaba de la pelea pero él seguía sin aparecer. Fui a buscarlo. Su tía, sorprendida, me dice:
¿Para qué lo quieres, Carmen? Dice que estáis divorciados y ahora tiene otra chica.
Gracias a ella, conseguí saber quién era la nueva y fui a verle.
Buenas tardes, ¿está Alejandro? le pregunté a la chica, intentando tener dignidad.
Ella me miró y, sin decir ni mu, me cerró la puerta en las narices con una sonrisita. Me fui tragándome la rabia.
Al año, Alejandro volvió a casa. A la otra chica le había nacido una hija, Lucía. Siempre me culpé por aquel arrebato, por echarlo y dejar el hueco perfecto para que esa mujer agarrase a mi marido y tuviera una hija de él. Después de eso, más aún me esmeraba en cuidarlo, quererlo y no sacar nunca el tema de la niña.
Eso era tabú absoluto: la hija fuera del matrimonio. Como que si lo nombrábamos, la familia se venía abajo como un castillo de naipes. Había que mirar hacia adelante y no remover.
Qué cosas Una hija con otra no es el fin del mundo. Que estas frescas no vayan buscando lo de otras, pensé.
Y así seguimos, con los años Alejandro empezó a asentarse, se volvió más tranquilo, menos gallito. Ya no salía tanto, se plantaba en el sofá con el Marca y la tele. Nuestro hijo Marcos se casó joven y ya nos ha dado tres nietos. Y mira por dónde
Ni más ni menos que aparece, después de tantos años, Lucía, la hija secreta, pidiendo que nos ocupemos de su niña.
Da para pensárselo ¿Cómo le contamos a Marcos que ahora va a tener una hermana en casa? Él, que no sabe nada de las andanzas de su padre
Al final, tramitamos la tutela de la pequeña Rocío, que tenía cinco añitos. Lucía falleció joven, con solo treinta años. El cementerio está lleno, pero la vida sigue.
Alejandro habló con Marcos de hombre a hombre. Nuestro hijo lo escuchó y dijo:
Papá, lo pasado, pasado está. No soy juez de nadie, pero la niña es sangre y hay que acogerla.
Tanto Alejandro como yo suspiramos de alivio. Qué chaval más noble tenemos, Carmen
Rocío ya tiene dieciséis. Adora a abuelo Alejandro, le cuenta sus cosas y a mí me llama abuela y asegura que soy igualita que ella de joven. Y yo, claro no puedo más que sonreír y asentir.







