MATRIMONIO DE CONVENIENCIA
¿Don Fernando, podría hablar con usted un momento? asomó la cabeza rubia de Jimena por la puerta del despacho. Siempre tan temperamental y de voz demasiado alta, aquella vez se mostraba sospechosamente cortés y tranquila.
¿Qué necesitas? contestó el hombre, apartando la mirada de su ordenador y lanzando a su hijastra una mirada entre los párpados.
Tengo un favor muy grande que pedirle Jimena no esperó a que su padrastro le invitara a pasar. Entró con descaro, cerró la puerta tras de sí y se sentó al otro lado de la mesa, justo frente al hombre, que no comprendía nada.
No voy a subirte el sueldo espetó Don Fernando con severidad, como si supiera ya el motivo de su visita. Ni lo pidas. No cumples con tus obligaciones. Llegas siempre tarde y no respetas los plazos, haciéndome quedar mal a mí y molestando a los compañeros no era la primera vez que el padrastro intentaba hablar con Jimena sobre su actitud irresponsable. Le disgustaba su actitud conflictiva y el hecho de que intrigara en contra de quienes no le caían bien en la empresa.
Durante meses, el director había pensado en despedir a aquella chica díscola, pero no encontraba el valor. Jimena era la hija de la mujer que había amado. Había conocido a Teresa quince años atrás, se casaron y vivieron felices hasta que a ella le diagnosticaron cáncer. Teresa murió dos años antes, y desde entonces Don Fernando no había dejado de compadecer a aquella hijastra caprichosa, tan parecida exteriormente a la mujer que tanto amó.
Ya sé lo del sueldo, no voy a insistir más en ese asunto replicó Jimena con mal humor. He venido por otra razón.
¿Y qué razón es esa? Don Fernando arqueó una ceja y se inclinó con interés.
Don Fernando usted sabe lo duro que ha sido para mí desde que falleció mamá Era la única persona que me quería de verdad y me apoyaba en todo
¿Y por eso la hacías rabiar tanto? frunció el entrecejo el hombre. Recordaba bien las complicadas relaciones entre Teresa y su hija: la madre la quería, pero la joven siempre fue ingobernable, provocando tristeza y nervios en su madre. ¿A qué viene ahora este discurso? ¿Vas a querer darme pena? Ve al grano, que tengo el día muy apretado.
Don Fernando Jimena se removía en la silla, indecisa , ¿no podría ayudarme económicamente? Quiero formarme para montar mi propio negocio, pero necesito dinero para poder estudiar.
No cortó el hombre. Con tu manera de trabajar, no solo fracasarías en los negocios, tampoco podrías acabar la carrera. Te lo he dicho mil veces: ¡Jimena, tienes que madurar! Sigues igual de complicada que de adolescente.
Le prometo que si me ayuda con el proyecto, cambiaré de verdad. Se lo juro. Estoy harta de esta incertidumbre. Quiero una vida normal como todo el mundo. Trabajar, hacer carrera, casarme algún día, tener hijos
Hmm resopló Don Fernando con desconfianza y se la quedó mirando, visiblemente nervioso. ¿Tienes algún novio? ¿Te ha salido algún pretendiente?
No tengo a nadie respondió Jimena, haciendo un gesto despreocupado. Si lo tuviera, no me vería en esto. Con pareja todo resulta más fácil en la vida.
En eso tienes razón Pero no todos los compañeros de vida son iguales su padrastro tamborileó sobre la mesa, como si tuviese algo importante que decir y no se atreviera. ¿Sabes qué? Tengo una propuesta que podría garantizarte una buena vida.
¿Propuesta? repitió Jimena, perpleja. No entendía por dónde saldría su padrastro.
Estoy dispuesto a darte el dinero, pero bajo una única condición Don Fernando sonrió enigmáticamente y se recostó en la silla.
¿Y qué condición es esa? Jimena se puso tensa, incapaz de imaginar lo que venía.
Cásate conmigo y tendrás todo lo que sueñas soltó Don Fernando, entrelazando los dedos y lanzándole una mirada seria.
¿Casarme con usted? primero Jimena se quedó boquiabierta, luego pensó que aquello era una broma de mal gusto y se echó a reír escandalosamente. Anda ya, Don Fernando. ¿Cómo puede gastarme esa broma?
¿Quién dijo que bromeo? no le hizo ninguna gracia la reacción de la joven. La miró serio y de inmediato ella comprendió que hablaba en serio. Aunque haya una diferencia de edad considerable, ambos somos adultos y podríamos alcanzar la felicidad juntos.
¿Felicidad? ¡Pero si podría ser mi padre! ¿Por qué le intereso yo? exclamó Jimena, escandalizada. Don Fernando tenía cuarenta y cinco, aparentaba menos por su porte elegante, pero Jimena no se lo podía tomar en serio. Además, no entendía por qué había pensado en ella, cuando tantas mujeres respestuosas lo rondaban.
Seguramente has oído que quiero expandir mi empresa y firmar un contrato con una gran compañía adivinando el desconcierto en el rostro de la joven, decidió aclarar . Esa empresa exige que su socio esté casado. Según sus normas, una persona de familia parece más responsable y fiable.
¿Y qué tengo que ver yo? ¿Por qué no busca a otra?
Primero, nos conocemos de años, y sabes cuánto quise a tu madre. Segundo, confío en que no irás por ahí contando que nuestro matrimonio es solo un acuerdo. Y tercero, sé que necesitas el dinero. Si accedes, el negocio será tuyo Don Fernando hablaba serio, como se habla con un socio.
¿Se trata de un matrimonio de conveniencia, entonces? ¿Sin relaciones? la rabia de Jimena se aplacó.
Absolutamente ficticio. ¿Sí o no? preguntó el hombre con voz firme.
Necesito pensarlo.
Medítalo dijo él, señalándole la puerta.
Cuando la joven salió, el empresario por un segundo lamentó haber propuesto semejante trato. Sabía bien cómo era el carácter de Jimena: podría aceptar, pero huir a última hora. Pero ya no podía dar marcha atrás.
Jamás pensó Jimena en su padrastro como hombre, pero tampoco le consideró nunca su padre: Don Fernando nunca la adoptó, y rara vez se hablaban o compartían algo.
Sin embargo, algo cambió dentro de la joven tras esa conversación. Empezó a mirar a Don Fernando con otros ojos. Era apuesto y carismático, y, sobre todo, estaba forrado.
Al final, Jimena aceptó. Pusieron el sello en el registro civil, pero acordaron no convivir.
Nada más celebrarse la boda, Don Fernando cumplió su promesa: regaló a su flamante esposa un piso amplio en el centro de Madrid, le dio capital para invertir en su empresa, abonó sus cursos y la mantuvo completamente.
Jimena, por su parte, cumplió lo pactado. Siempre acompañaba al marido de comedia a eventos y fingía felicidad.
Al instalarse en su nuevo papel, la muchacha apartó su vida pasada. Se tranquilizó y empezó a admirar a Don Fernando. Le encontró inteligente, generoso y atento. Le resultaba interesante y, con cada viaje, deseaba menos alejarse de su lado. Por fin entendió por qué su madre lo amó tanto.
Durante ese año, Jimena no se arrepintió ni un solo día.
Pasado justo un año, cuando Don Fernando ya había firmado el contrato de sus sueños y no tenía que mantener más la fachada de esposo ejemplar, los dos, que apenas convivían, decidieron divorciarse. Pero para entonces, la relación entre ambos había cambiado por completo. Ya no se veían como una jovencita caprichosa y un padrastro severo. Habían hallado el uno en el otro algo más profundo.
Gracias, creo que ahora podrás valerte sola dijo Fernando, como prometí, te devuelvo la libertad.
¿Estás seguro de querer divorciarte? preguntó ella, delante del Registro Civil.
¿No quieres tú? el empresario escrutó a Jimena y vio en sus ojos una auténtica tristeza.
No quiero confesó ella con franqueza.
Yo tampoco sonrió Fernando, y la atrajo hacia sí, mirándola a los ojos . Pero si sigues siendo mi esposa, será de verdad.
Sí quiero.
Y así, ni entraron al Registro Civil. A las puertas mismas decidieron no separarse jamás.







