Matrimonio de Conveniencia —Don Sergio, ¿puedo hablar con usted?— La cabeza rubia de Irene asomó por la puerta del despacho. La chica, eternamente caprichosa y demasiado ruidosa, se mostraba sospechosamente educada y tranquila. —¿Qué quieres?— El hombre se apartó del ordenador y miró por encima de las gafas a su hijastra. —Tengo una gran petición que hacerle,— Irene no esperó a que el padrastro la invitara a pasar. Cruzó el umbral con descaro, cerró la puerta tras de sí y se sentó frente al desconcertado hombre. —¡No te voy a subir el sueldo!— sentenció Don Sergio como si ya supiera a qué venía Irene. —Ni lo pidas. No cumples con tus obligaciones, siempre llegas tarde, no entregas las cosas a tiempo, y me dejas mal delante de todos,— el padrastro ya había hablado muchas veces con Irene sobre su irresponsabilidad. No soportaba que la chica siempre estuviera en conflicto con los empleados y tramara intrigas contra quienes no le caían bien. Hacía meses que el director de la empresa quería despedir a esa díscola joven, pero carecía del valor para hacerlo. Irene era la hija de su mujer más querida. A Anastasia la conoció hace quince años, se casaron y fueron felices hasta que le diagnosticaron cáncer. Murió dos años atrás, y ahora el hombre sentía lástima por la alocada hijastra que tanto le recordaba a su difunta esposa. —Lo del sueldo ya lo tengo claro,— refunfuñó Irene,—pero he venido por otra cosa. —¿Y qué es?— El hombre arqueó una ceja e inclinó el cuerpo hacia delante, interesado. —Don Sergio,— gimoteó la chica,— ¿sabe usted lo duro que fue para mí perder a mamá? Era la única persona en el mundo que me apoyaba y quería… —¿Por eso la tenías siempre en un sinvivir?— frunció el ceño el hombre. Recordaba perfectamente la complicada relación entre Anastasia e Irene. Su mujer adoraba a la niña, pero esta siempre fue incontrolable, y la madre no dejaba de preocuparse por ella. —¿A qué viene todo esto? ¿Por qué tratas de darme lástima? Ve al grano. Tengo mucho trabajo. —Don Sergio,— Irene se movía inquieta en la silla, incapaz de pedirle lo que quería,— ¿podría ayudarme económicamente? Quiero probar suerte en los negocios, pero necesito dinero para formarme. —No,— cortó el hombre. —Con tu actitud hacia el trabajo no serviría de nada. Ni siquiera acabarás los cursos. ¡Te lo he dicho mil veces, Irene: tienes que madurar! Pero sigues siendo la misma adolescente problemática. —Le prometo que si me ayuda con el proyecto cambiaré. ¡Se lo juro! Yo también estoy cansada de esta incertidumbre. Quiero tener una vida normal: trabajar, hacer carrera, casarme, tener hijos… —Hmm,— resopló Don Sergio. La miró de una manera extraña y empezó a inquietarse.— ¿Es que tienes novio? —No tengo a nadie,— contestó con un gesto Irene.— Si lo tuviera, no estaría aquí. Con pareja es más fácil salir adelante. —En eso tienes razón… pero no todos los compañeros son iguales,— dijo el hombre, tamborileando los dedos sobre la mesa.— Sabes, tengo una propuesta que podría permitirte vivir bien. —¿Una propuesta?— repitió Irene, sorprendida. —Estoy dispuesto a darte el dinero, pero a una condición,— Don Sergio sonrió enigmáticamente. —¿A qué condición?— Irene estaba en tensión. Ni en su peor pesadilla podía imaginar qué le pediría su padrastro. —Cásate conmigo y tendrás todo lo que sueñas,— dejó caer el hombre, mirando a la joven como a una socia de negocios. —¿Casarme con usted?— Al principio, Irene quedó pasmada, y después creyó que era una broma. Soltó una carcajada.— ¡Vaya ocurrencia, Don Sergio! ¿Cómo puede bromear así con su hijastra? —¿Quién dice que bromeo?— replicó él con seriedad. Su reacción no le gustó. —A pesar de la diferencia de edad, somos adultos y podemos ser felices juntos. —¿Felices? ¡Si podría ser mi padre! ¿Para qué le sirvo yo?— espetó ella. Don Sergio tenía cuarenta y cinco años. Era un hombre cuidado y atractivo, pero para Irene la propuesta era inconcebible. Además, no entendía por qué él quería casarse justo con ella, estando rodeado de mujeres distinguidas. —Supongo que sabes que busco ampliar mi empresa y firmar un contrato con una gran compañía,— Don Sergio captó la pregunta muda en la cara de la chica.— Para conseguirlo debo estar casado. Son las normas de los socios. Creen que un hombre de familia transmite más confianza. —¿Pero por qué yo? ¿Por qué no otra? —Primero, nos conocemos de muchos años, y sabes cuánto quise a tu madre. Segundo, sé que no irás por ahí contando que el matrimonio es una farsa. Y tercero, sé que necesitas el dinero. Si te casas conmigo te regalaré el negocio,— Don Sergio hablaba con Irene como un socio más. —¿Habla de un matrimonio falso? ¿Sin relación alguna?— Irene suavizó su tono. —Totalmente ficticio. Entonces, ¿aceptas o no? —Tengo que pensarlo. —Pues piénsatelo,— Don Sergio asintió hacia la puerta. Tras cerrar la puerta, el empresario se arrepintió durante un momento de aquella locura. Conocía el carácter imprevisible de Irene; sería capaz de aceptar la boda y luego escaparse. Pero el paso estaba dado y no había vuelta atrás. Irene nunca vio a su padrastro como a un hombre. Pero tampoco lo sentía como padre; ni siquiera la había adoptado. Siempre habían mantenido las distancias y apenas se hablaban. Ahora, algo había cambiado en la mente de la joven. Tras aquella conversación, Irene empezó a mirar a Don Sergio con otros ojos. Era atractivo y carismático. Pero lo mejor de todo: tenía dinero. Finalmente, Irene aceptó la propuesta. Acordaron sellar el matrimonio en el registro, pero vivirían por separado. Nada más casarse, Don Sergio cumplió lo prometido. Regaló a su flamante esposa un piso espacioso, la financió en los negocios, pagó sus estudios y cubrió todos sus gastos. Irene también cumplió su parte. Siempre acompañaba a su marido postizo a las reuniones y fingía ser la esposa feliz. Tras la boda, se olvidó de su vida alocada y se volvió más formal. Poco a poco, cambió la visión que tenía de Don Sergio: lo veía inteligente, generoso y atento. Con él, cada viaje era más interesante y le costaba menos volver a separarse de su lado. Por fin entendía por qué su madre lo había amado. Después de un año, Irene no se arrepentía. Al cabo de doce meses, los cónyuges—que nunca vivieron juntos—decidieron divorciarse. Don Sergio ya había firmado el contrato y no necesitaba mantener la fachada. Pero para entonces, la relación había cambiado: él ya no veía a la hijastra como la chica problemática, e Irene se había acostumbrado a ese hombre al que apenas soportaba antes. —Gracias; seguro que ahora sabrás seguir sola,— dijo Sergio.— Cumplo lo prometido: eres libre. —¿Estás seguro de que quieres divorciarte?— preguntó Irene junto al marido ficticio, ante el Registro. —¿Acaso tú no?— El empresario notó verdadera pena en los ojos de su esposa. —No quiero,— contestó ella. —Yo tampoco,— sonrió Don Sergio, la abrazó y la miró serio.— Pero si sigues siendo mi esposa, será de verdad. —Acepto. Al Registro nunca llegaron. Se echaron atrás en la puerta. ©Estrellas de Estrella Chiari

¿Don Fernando, podría hablar con usted un momento? La melena rubia de Lucía apareció tímidamente en la puerta del despacho. Aquella muchacha, siempre altanera y excesivamente ruidosa, mostraba una extraña cortesía y serenidad impropia en ella.

¿Qué te pasa, Lucía? El hombre apartó la vista del ordenador, frunció el ceño y miró a su hijastra con cautela.

Tengo una petición importante contestó Lucía sin esperar invitación, cruzando la puerta de forma descarada, cerrándola tras de sí y sentándose frente a un sorprendido Fernando.

No te voy a subir el salario cortó de inmediato el hombre, como si leyera sus pensamientos. Ni se te ocurra pedírmelo. No cumples con tus obligaciones, siempre llegas tarde y retrasas el trabajo de todos… Don Fernando ya había tenido varias charlas serias con Lucía por su irresponsabilidad y su tendencia a buscar enfrentamientos con los compañeros.

Hacía meses que el gerente de la empresa quería despedirla, pero nunca encontraba el valor. Lucía era la hija de la mujer a la que él más había amado. Hacía quince años conoció a Isabel, se casaron y fueron felices hasta que la enfermedad se llevó a su esposa dos años atrás. Ahora Don Fernando se apiadaba de su díscola hijastra, tan parecida físicamente a su madre.

El tema del sueldo lo tengo claro desde hace tiempo repuso Lucía con desdén. Vengo a hablar de otra cosa.

¿Y de qué exactamente? El hombre alzó una ceja, intrigado.

Don Fernando… usted sabe lo que supuso para mí la muerte de mi madre… era la única que me comprendía y apoyaba en todo…

Y aun así te pasabas la vida llevándola por el camino de la amargura, ¿verdad? bufó él, con la mirada dura. Recordaba bien la insufrible relación entre Lucía e Isabel; su esposa adoraba a la hija, pero la muchacha, siempre ingobernable, la desgastaba.

¿A qué viene todo esto? No intentes darme pena, ve al grano. Tengo mucho trabajo.

Bueno… quería pedirle ayuda económica. Quiero emprender un pequeño negocio, pero necesito dinero para formarme.

No respondió Fernando tajante. Con esa actitud, lo mismo que te cuesta cumplir aquí, te costará en cualquier sitio. Te lo he dicho mil veces: ¡Tienes que madurar, Lucía! Sigues siendo igual de problemática que cuando eras adolescente.

Si me ayuda con esto, le juro que cambiaré. Estoy cansada de mi propia inseguridad. Quiero llevar una vida normal: trabajar, hacer carrera, casarme, formar una familia…

Ajá… suspiró él, desconfiado, y la miró con atención. ¿Tienes novio o alguien especial?

No tengo a nadie, ¡ojalá! Con pareja, todo sería más fácil en la vida.

Tienes razón… pero pareja hay muchas Fernando tamborileó con los dedos sobre la mesa, como sopesando sus palabras. Escucha, existe algo que podría resolverte la vida…

¿El qué? preguntó Lucía con asombro.

Podría darte el dinero… si aceptas una condición sonrió él, recostándose en la silla.

¿Qué condición? El cuerpo de Lucía se tensó bruscamente; ni en la peor de sus pesadillas sospechaba lo que iba a oír.

Cásate conmigo y tendrás todo cuanto sueñas dijo Fernando, juntando sus manos como si negociara un contrato.

¿¡Casarme con usted!? Lucía, atónita, le miró en silencio hasta reír secamente. ¡Por favor, don Fernando! No bromee con esas cosas…

¿Bromeo? Su cara se endureció y Lucía comprendió que hablaba en serio. Tenemos diferencia de edad, sí, pero los dos sabemos lo que hacemos y podríamos ser felices.

¿Felices? ¡Usted podría ser mi padre! ¿Por qué yo? exclamó ella. Él, con cuarenta y cinco años, conservaba cierto atractivo, pero aquello le parecía inverosímil. No comprendía que, rodeado de tantas mujeres interesantes, quisiera casarse precisamente con ella.

Sabes que estoy a punto de cerrar un trato importantísimo con una multinacional. Por contrato, exigen que el responsable esté casado. Les inspira más confianza tratar con un hombre de familia.

¿Y por qué no otra mujer?

Primero, nos conocemos desde hace años y sabes lo que quise a tu madre. Segundo, estás necesitada de dinero y sé que puedes guardar el secreto de que nuestro matrimonio es solo un pacto. Si aceptas, te cedo un negocio Fernando la trataba ya con la frialdad de quien negocia con un igual.

¿Un matrimonio ficticio? Lucía pasó de la ira al asombro.

Solo eso. ¿Aceptas? preguntó él gravemente.

Necesito pensarlo…

Hazlo asintió él, señalando la puerta.

Cuando Lucía salió del despacho, Fernando sintió por un instante que acababa de cruzar una línea de la que no habría retorno. Sabía que Lucía, por su carácter, podía aceptar la propuesta y aún así volverse atrás en el último momento. Pero el plan ya estaba echado a andar.

Lucía jamás vio en Fernando a un padre, pero tampoco le consideró nunca un verdadero esposo. Él ni siquiera la adoptó legalmente, y apenas cruzaban alguna palabra fuera del trabajo.

Pero, después de aquel encuentro, algo nuevo comenzó a mover los pensamientos de Lucía. Miraba a ese hombre con otros ojos: resultaba interesante, seguro de sí mismo… y sobre todo era próspero.

Finalmente, Lucía aceptó el trato. Solo firmarían en el registro civil y vivirían en casas separadas.

El día de la boda, Fernando cumplió su palabra: le compró a Lucía un piso espacioso en Madrid, le dio fondos en euros para invertir, le pagó un máster y se hizo cargo de todos sus gastos.

Lucía, por su parte, cumplió su papel. Acompañaba a su marido de conveniencia en actos y reuniones, fingiendo ante todos ser una esposa feliz.

Poco a poco, su antigua vida caótica quedó atrás. Lucía maduró, veía a Fernando bajo una luz diferente. Le parecía inteligente, atento y, contra todo pronóstico, cariñoso. Compartir viajes y proyectos le acercó más a él; ahora entendía por qué su madre le amó tanto.

Durante un año, Lucía no se arrepintió ni una sola vez de su elección.

Al cabo de ese tiempo, decidieron divorciarse. Fernando había cerrado el trato que precisaba, ya podía dejar de fingir ser el perfecto esposo. Sin embargo, entre ellos algo había cambiado: Fernando ya no veía a Lucía como la niña caprichosa de antes, y ella, a su vez, descubría al hombre bajo el que se había escondido durante años.

Gracias, Lucía. Creo que ahora ya puedes valerte por ti misma dijo él, con una sonrisa serena frente al Registro Civil.

¿Seguro que quieres divorciarte? preguntó ella, con la sinceridad brillando en sus ojos.

¿Y tú? preguntó Fernando, leyéndole el pesar en la mirada.

No quiero divorciarme confesó Lucía, la voz apenas un susurro.

Y yo tampoco quiero respondió él, acercándola a su pecho. Pero si sigues siendo mi esposa, será de verdad.

Estoy lista.

Nunca llegaron a cruzar la puerta del Registro. Su decisión cambió justo en el umbral.

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MagistrUm
Matrimonio de Conveniencia —Don Sergio, ¿puedo hablar con usted?— La cabeza rubia de Irene asomó por la puerta del despacho. La chica, eternamente caprichosa y demasiado ruidosa, se mostraba sospechosamente educada y tranquila. —¿Qué quieres?— El hombre se apartó del ordenador y miró por encima de las gafas a su hijastra. —Tengo una gran petición que hacerle,— Irene no esperó a que el padrastro la invitara a pasar. Cruzó el umbral con descaro, cerró la puerta tras de sí y se sentó frente al desconcertado hombre. —¡No te voy a subir el sueldo!— sentenció Don Sergio como si ya supiera a qué venía Irene. —Ni lo pidas. No cumples con tus obligaciones, siempre llegas tarde, no entregas las cosas a tiempo, y me dejas mal delante de todos,— el padrastro ya había hablado muchas veces con Irene sobre su irresponsabilidad. No soportaba que la chica siempre estuviera en conflicto con los empleados y tramara intrigas contra quienes no le caían bien. Hacía meses que el director de la empresa quería despedir a esa díscola joven, pero carecía del valor para hacerlo. Irene era la hija de su mujer más querida. A Anastasia la conoció hace quince años, se casaron y fueron felices hasta que le diagnosticaron cáncer. Murió dos años atrás, y ahora el hombre sentía lástima por la alocada hijastra que tanto le recordaba a su difunta esposa. —Lo del sueldo ya lo tengo claro,— refunfuñó Irene,—pero he venido por otra cosa. —¿Y qué es?— El hombre arqueó una ceja e inclinó el cuerpo hacia delante, interesado. —Don Sergio,— gimoteó la chica,— ¿sabe usted lo duro que fue para mí perder a mamá? Era la única persona en el mundo que me apoyaba y quería… —¿Por eso la tenías siempre en un sinvivir?— frunció el ceño el hombre. Recordaba perfectamente la complicada relación entre Anastasia e Irene. Su mujer adoraba a la niña, pero esta siempre fue incontrolable, y la madre no dejaba de preocuparse por ella. —¿A qué viene todo esto? ¿Por qué tratas de darme lástima? Ve al grano. Tengo mucho trabajo. —Don Sergio,— Irene se movía inquieta en la silla, incapaz de pedirle lo que quería,— ¿podría ayudarme económicamente? Quiero probar suerte en los negocios, pero necesito dinero para formarme. —No,— cortó el hombre. —Con tu actitud hacia el trabajo no serviría de nada. Ni siquiera acabarás los cursos. ¡Te lo he dicho mil veces, Irene: tienes que madurar! Pero sigues siendo la misma adolescente problemática. —Le prometo que si me ayuda con el proyecto cambiaré. ¡Se lo juro! Yo también estoy cansada de esta incertidumbre. Quiero tener una vida normal: trabajar, hacer carrera, casarme, tener hijos… —Hmm,— resopló Don Sergio. La miró de una manera extraña y empezó a inquietarse.— ¿Es que tienes novio? —No tengo a nadie,— contestó con un gesto Irene.— Si lo tuviera, no estaría aquí. Con pareja es más fácil salir adelante. —En eso tienes razón… pero no todos los compañeros son iguales,— dijo el hombre, tamborileando los dedos sobre la mesa.— Sabes, tengo una propuesta que podría permitirte vivir bien. —¿Una propuesta?— repitió Irene, sorprendida. —Estoy dispuesto a darte el dinero, pero a una condición,— Don Sergio sonrió enigmáticamente. —¿A qué condición?— Irene estaba en tensión. Ni en su peor pesadilla podía imaginar qué le pediría su padrastro. —Cásate conmigo y tendrás todo lo que sueñas,— dejó caer el hombre, mirando a la joven como a una socia de negocios. —¿Casarme con usted?— Al principio, Irene quedó pasmada, y después creyó que era una broma. Soltó una carcajada.— ¡Vaya ocurrencia, Don Sergio! ¿Cómo puede bromear así con su hijastra? —¿Quién dice que bromeo?— replicó él con seriedad. Su reacción no le gustó. —A pesar de la diferencia de edad, somos adultos y podemos ser felices juntos. —¿Felices? ¡Si podría ser mi padre! ¿Para qué le sirvo yo?— espetó ella. Don Sergio tenía cuarenta y cinco años. Era un hombre cuidado y atractivo, pero para Irene la propuesta era inconcebible. Además, no entendía por qué él quería casarse justo con ella, estando rodeado de mujeres distinguidas. —Supongo que sabes que busco ampliar mi empresa y firmar un contrato con una gran compañía,— Don Sergio captó la pregunta muda en la cara de la chica.— Para conseguirlo debo estar casado. Son las normas de los socios. Creen que un hombre de familia transmite más confianza. —¿Pero por qué yo? ¿Por qué no otra? —Primero, nos conocemos de muchos años, y sabes cuánto quise a tu madre. Segundo, sé que no irás por ahí contando que el matrimonio es una farsa. Y tercero, sé que necesitas el dinero. Si te casas conmigo te regalaré el negocio,— Don Sergio hablaba con Irene como un socio más. —¿Habla de un matrimonio falso? ¿Sin relación alguna?— Irene suavizó su tono. —Totalmente ficticio. Entonces, ¿aceptas o no? —Tengo que pensarlo. —Pues piénsatelo,— Don Sergio asintió hacia la puerta. Tras cerrar la puerta, el empresario se arrepintió durante un momento de aquella locura. Conocía el carácter imprevisible de Irene; sería capaz de aceptar la boda y luego escaparse. Pero el paso estaba dado y no había vuelta atrás. Irene nunca vio a su padrastro como a un hombre. Pero tampoco lo sentía como padre; ni siquiera la había adoptado. Siempre habían mantenido las distancias y apenas se hablaban. Ahora, algo había cambiado en la mente de la joven. Tras aquella conversación, Irene empezó a mirar a Don Sergio con otros ojos. Era atractivo y carismático. Pero lo mejor de todo: tenía dinero. Finalmente, Irene aceptó la propuesta. Acordaron sellar el matrimonio en el registro, pero vivirían por separado. Nada más casarse, Don Sergio cumplió lo prometido. Regaló a su flamante esposa un piso espacioso, la financió en los negocios, pagó sus estudios y cubrió todos sus gastos. Irene también cumplió su parte. Siempre acompañaba a su marido postizo a las reuniones y fingía ser la esposa feliz. Tras la boda, se olvidó de su vida alocada y se volvió más formal. Poco a poco, cambió la visión que tenía de Don Sergio: lo veía inteligente, generoso y atento. Con él, cada viaje era más interesante y le costaba menos volver a separarse de su lado. Por fin entendía por qué su madre lo había amado. Después de un año, Irene no se arrepentía. Al cabo de doce meses, los cónyuges—que nunca vivieron juntos—decidieron divorciarse. Don Sergio ya había firmado el contrato y no necesitaba mantener la fachada. Pero para entonces, la relación había cambiado: él ya no veía a la hijastra como la chica problemática, e Irene se había acostumbrado a ese hombre al que apenas soportaba antes. —Gracias; seguro que ahora sabrás seguir sola,— dijo Sergio.— Cumplo lo prometido: eres libre. —¿Estás seguro de que quieres divorciarte?— preguntó Irene junto al marido ficticio, ante el Registro. —¿Acaso tú no?— El empresario notó verdadera pena en los ojos de su esposa. —No quiero,— contestó ella. —Yo tampoco,— sonrió Don Sergio, la abrazó y la miró serio.— Pero si sigues siendo mi esposa, será de verdad. —Acepto. Al Registro nunca llegaron. Se echaron atrás en la puerta. ©Estrellas de Estrella Chiari