¿Don Fernando, podría hablar con usted un momento? La melena rubia de Lucía apareció tímidamente en la puerta del despacho. Aquella muchacha, siempre altanera y excesivamente ruidosa, mostraba una extraña cortesía y serenidad impropia en ella.
¿Qué te pasa, Lucía? El hombre apartó la vista del ordenador, frunció el ceño y miró a su hijastra con cautela.
Tengo una petición importante contestó Lucía sin esperar invitación, cruzando la puerta de forma descarada, cerrándola tras de sí y sentándose frente a un sorprendido Fernando.
No te voy a subir el salario cortó de inmediato el hombre, como si leyera sus pensamientos. Ni se te ocurra pedírmelo. No cumples con tus obligaciones, siempre llegas tarde y retrasas el trabajo de todos… Don Fernando ya había tenido varias charlas serias con Lucía por su irresponsabilidad y su tendencia a buscar enfrentamientos con los compañeros.
Hacía meses que el gerente de la empresa quería despedirla, pero nunca encontraba el valor. Lucía era la hija de la mujer a la que él más había amado. Hacía quince años conoció a Isabel, se casaron y fueron felices hasta que la enfermedad se llevó a su esposa dos años atrás. Ahora Don Fernando se apiadaba de su díscola hijastra, tan parecida físicamente a su madre.
El tema del sueldo lo tengo claro desde hace tiempo repuso Lucía con desdén. Vengo a hablar de otra cosa.
¿Y de qué exactamente? El hombre alzó una ceja, intrigado.
Don Fernando… usted sabe lo que supuso para mí la muerte de mi madre… era la única que me comprendía y apoyaba en todo…
Y aun así te pasabas la vida llevándola por el camino de la amargura, ¿verdad? bufó él, con la mirada dura. Recordaba bien la insufrible relación entre Lucía e Isabel; su esposa adoraba a la hija, pero la muchacha, siempre ingobernable, la desgastaba.
¿A qué viene todo esto? No intentes darme pena, ve al grano. Tengo mucho trabajo.
Bueno… quería pedirle ayuda económica. Quiero emprender un pequeño negocio, pero necesito dinero para formarme.
No respondió Fernando tajante. Con esa actitud, lo mismo que te cuesta cumplir aquí, te costará en cualquier sitio. Te lo he dicho mil veces: ¡Tienes que madurar, Lucía! Sigues siendo igual de problemática que cuando eras adolescente.
Si me ayuda con esto, le juro que cambiaré. Estoy cansada de mi propia inseguridad. Quiero llevar una vida normal: trabajar, hacer carrera, casarme, formar una familia…
Ajá… suspiró él, desconfiado, y la miró con atención. ¿Tienes novio o alguien especial?
No tengo a nadie, ¡ojalá! Con pareja, todo sería más fácil en la vida.
Tienes razón… pero pareja hay muchas Fernando tamborileó con los dedos sobre la mesa, como sopesando sus palabras. Escucha, existe algo que podría resolverte la vida…
¿El qué? preguntó Lucía con asombro.
Podría darte el dinero… si aceptas una condición sonrió él, recostándose en la silla.
¿Qué condición? El cuerpo de Lucía se tensó bruscamente; ni en la peor de sus pesadillas sospechaba lo que iba a oír.
Cásate conmigo y tendrás todo cuanto sueñas dijo Fernando, juntando sus manos como si negociara un contrato.
¿¡Casarme con usted!? Lucía, atónita, le miró en silencio hasta reír secamente. ¡Por favor, don Fernando! No bromee con esas cosas…
¿Bromeo? Su cara se endureció y Lucía comprendió que hablaba en serio. Tenemos diferencia de edad, sí, pero los dos sabemos lo que hacemos y podríamos ser felices.
¿Felices? ¡Usted podría ser mi padre! ¿Por qué yo? exclamó ella. Él, con cuarenta y cinco años, conservaba cierto atractivo, pero aquello le parecía inverosímil. No comprendía que, rodeado de tantas mujeres interesantes, quisiera casarse precisamente con ella.
Sabes que estoy a punto de cerrar un trato importantísimo con una multinacional. Por contrato, exigen que el responsable esté casado. Les inspira más confianza tratar con un hombre de familia.
¿Y por qué no otra mujer?
Primero, nos conocemos desde hace años y sabes lo que quise a tu madre. Segundo, estás necesitada de dinero y sé que puedes guardar el secreto de que nuestro matrimonio es solo un pacto. Si aceptas, te cedo un negocio Fernando la trataba ya con la frialdad de quien negocia con un igual.
¿Un matrimonio ficticio? Lucía pasó de la ira al asombro.
Solo eso. ¿Aceptas? preguntó él gravemente.
Necesito pensarlo…
Hazlo asintió él, señalando la puerta.
Cuando Lucía salió del despacho, Fernando sintió por un instante que acababa de cruzar una línea de la que no habría retorno. Sabía que Lucía, por su carácter, podía aceptar la propuesta y aún así volverse atrás en el último momento. Pero el plan ya estaba echado a andar.
Lucía jamás vio en Fernando a un padre, pero tampoco le consideró nunca un verdadero esposo. Él ni siquiera la adoptó legalmente, y apenas cruzaban alguna palabra fuera del trabajo.
Pero, después de aquel encuentro, algo nuevo comenzó a mover los pensamientos de Lucía. Miraba a ese hombre con otros ojos: resultaba interesante, seguro de sí mismo… y sobre todo era próspero.
Finalmente, Lucía aceptó el trato. Solo firmarían en el registro civil y vivirían en casas separadas.
El día de la boda, Fernando cumplió su palabra: le compró a Lucía un piso espacioso en Madrid, le dio fondos en euros para invertir, le pagó un máster y se hizo cargo de todos sus gastos.
Lucía, por su parte, cumplió su papel. Acompañaba a su marido de conveniencia en actos y reuniones, fingiendo ante todos ser una esposa feliz.
Poco a poco, su antigua vida caótica quedó atrás. Lucía maduró, veía a Fernando bajo una luz diferente. Le parecía inteligente, atento y, contra todo pronóstico, cariñoso. Compartir viajes y proyectos le acercó más a él; ahora entendía por qué su madre le amó tanto.
Durante un año, Lucía no se arrepintió ni una sola vez de su elección.
Al cabo de ese tiempo, decidieron divorciarse. Fernando había cerrado el trato que precisaba, ya podía dejar de fingir ser el perfecto esposo. Sin embargo, entre ellos algo había cambiado: Fernando ya no veía a Lucía como la niña caprichosa de antes, y ella, a su vez, descubría al hombre bajo el que se había escondido durante años.
Gracias, Lucía. Creo que ahora ya puedes valerte por ti misma dijo él, con una sonrisa serena frente al Registro Civil.
¿Seguro que quieres divorciarte? preguntó ella, con la sinceridad brillando en sus ojos.
¿Y tú? preguntó Fernando, leyéndole el pesar en la mirada.
No quiero divorciarme confesó Lucía, la voz apenas un susurro.
Y yo tampoco quiero respondió él, acercándola a su pecho. Pero si sigues siendo mi esposa, será de verdad.
Estoy lista.
Nunca llegaron a cruzar la puerta del Registro. Su decisión cambió justo en el umbral.







