Más que una esposa, lo que tú quieres es una asistenta: la historia de Eugenia, madre de tres hijos,…

¡Mamá, que Lúa me ha vuelto a morder el lápiz!

Claudia entró corriendo a la cocina con un trozo de lápiz de colores en la mano, perseguida por Lúa, la labradora, que meneaba el rabo con remordimiento. Teresa, que intentaba atender al mismo tiempo el puchero y las croquetas que chisporroteaban en la sartén, suspiró. Era el tercer lápiz del día.

Tíralo a la basura y coge uno nuevo del cajón. Mario, ¿ya has hecho los deberes de mates?
¡Casi! se oyó desde el cuarto de los niños.

Ese casi de su hijo de doce años significaba, como Teresa bien sabía, que estaba enganchado al móvil mientras la libreta seguía intacta. Pero ahora tenía que sacar las croquetas, remover el puchero, atrapar a Leo, su pequeño de cuatro años que gateaba directo hacia el bol del perro, y no olvidar la lavadora.

Treinta y dos años. Tres hijos. Un marido. Una abuela política. Una labradora. Y ella, el único engranaje que mantenía todo aquel tinglado en marcha.
Teresa enfermaba poco. No porque fuese de hierro, sino porque simplemente no podía permitírselo. ¿Quién daría de comer? ¿Quién llevaría a los niños al colegio? ¿Quién sacaría a Lúa? La respuesta era siempre la misma: nadie.

Teresa, ¿cuánto falta para la cena?

Encarna, la abuela, apareció en el umbral apoyada en su bastón. Ochenta y cinco años, mente lúcida, y mejor apetito.

En cinco años, Teresa podía contar con los dedos de una mano las veces que Encarna había aportado algo en casa.

En diez minutos, Encarna.

La anciana asintió satisfecha y arrastró las zapatillas hacia el salón. A veces, muy contadas, leía cuentos a Leo antes de dormir. El patito feo o Caperucita Roja; el repertorio era escaso, pero a Leo le fascinaba. El resto del tiempo, Encarna miraba telenovelas en su cuarto, esperando la próxima comida.

El reloj marcaba cinco y media cuando la cerradura giró. Pablo entró con cara de haber corrido la final del Maratón de Madrid.

¿Está la cena lista?

Ni un triste hola. Teresa señaló la mesa con la mirada. Su marido se lavó las manos y se sentó. La tele se encendió sola, como si el mando fuese una extensión de su mano.

Hoy Claudia ha sacado sobresaliente en lectura intentó Teresa.
Ajá.
Y Mario necesita ayuda con el proyecto de Conocimiento del Medio.
Ajá.

Ese ajá era todo lo que podía esperar. Después, Pablo se tumbaba en el sofá. Su jornada había terminado. Había traído el dinerolo demás no era cosa suya.

Ya de noche, con los niños dormidos, Teresa encendía el portátil. Trabajaba en un pequeño comercio online: pedidos, clientes, envíos. No era el sueldo del siglo, pero era suyo. Además, alquilaba el piso que heredó de sus padres hacía ya cuatro años.

Deberíamos mudarnos, pensó Teresa, y acto seguido, las excusas de siempre: Mario tiene buen colegio, Claudia está feliz en la guardería, el alquiler me da ingresos… Apagó el portátil. Mañana. Todo siempre, mañana.

Diciembre trajo el ajetreo de Navidad y, de regalo, una gripe monumental. La fiebre le subió a treinta y nueve en pocas horas. Cuerpo cortado, garganta ardiendo, cabeza a punto de estallar. Teresa apenas logró arrastrarse hasta la cama.

Mamá, estás mala observó Mario asomándose al dormitorio.

Pablo entró detrás y, en su cara, apareció algo que parecía preocupación, aunque a saber por quién.

No contagies a la abuela, ¿eh? Para ella esto es muy serio.

Teresa cerró los ojos. Por supuesto. Encarna lo primero. Cómo olvidar lo importante.

Los siguientes días se fundieron en un delirio de fiebre, sudores y pesadillas. Nadie, ni marido, ni abuela, ni los niños, le trajeron ni un vaso de agua. La tetera seguía en la cocina; a diez pasos, sí, pero con esa fiebre, esos diez pasos eran una hazaña, agarrándose a las paredes.

Todos solo se preocupaban por Encarna. No entres, que mamá está enferma. Ponte mascarilla si pasas por el cuarto. ¿No sería mejor que durmiera en otra habitación?.
Para ellos, Teresa era poco más que una amenaza, algo de lo que proteger a los que de verdad cuentan.

La semana siguiente, la gripe fue contagiando a todos. Primero Leolloroso, con fiebre y quejoso. Luego Claudia. Más tarde, Pablo se tumbó con treinta y siete de fiebre, poniéndose en modo drama total. Encarna cayó última, y con el mayor escándalo.

Teresa, recuperándose a medias, volvió a ponerse en pie. Caldo, termómetro, aspirinas, limpieza, lavadoras. Lo de siempre, pero con las piernas flojas.

Pablo, quédate una hora con Leo, que tengo que bajar a la farmacia.

Él puso los ojos en blanco, pero accedió. Pasados exactamente sesenta minutosTeresa cronometrabale devolvía a Leo como si de un paquete postal se tratase.

Estoy agotado; también tengo fiebre.

Treinta y seis con ocho. Ello lo comprobó.

La primavera no fue más generosa. Un nuevo virus, más noches en vela y niños enfermos. Leo llorisqueando, Claudia negándose a tomar medicinas, Encarna reclamando platos especiales. Y Pablo, absolutamente sano en cuerpo y ausente en alma.

Pablo, ayúdame con los niños.
Teresa, ya ayudé el finde pasado. Ahora trabajo. Estoy cansadísimo del curro.

Se encogía de hombros. Un simple encogimiento que lo justificaba todo. Por las noches, llegaba, se sentaba a cenar y esperaba. Niños enfermos, casa hecha un desastre, Teresa al borde, no eran parte de su vida.

Una tarde, tras acostar a Leo y mientras los mayores estudiaban, Teresa se plantó delante del televisor que balbuceaba algo de fútbol.

¿Por qué nunca me ayudas? ¿Por qué nunca?

Pablo no se giró ni contestó. Solo subió el volumen. Teresa se quedó un minuto mirando su nuca. Todo de repente era nítido. Sin palabras.

Al día siguiente sacó las maletas del armario. Ropa de los niños, juguetes, papeles importantes. Mario se quedó paralizado en la puerta:

Mamá, ¿nos vamos?
Sí, a casa de la abuela Isabel.
¿Por mucho tiempo?
Ya veremos.

Claudia empezó a dar saltos de alegríala abuela Isabel hacía siempre sus empanadillas favoritas. Leo, sin entender, arrastraba su peluche por si acaso.

Antes de salir recordó también a Lúa. Ella también vendría.

Pablo seguía tumbado en el sofá. Ni las maletas, ni los abrigos, ni las caras de los niños le apartaron de la pantalla. Cuando Teresa cerró la puerta, probablemente cambió de canal sin más

Isabel la recibió sin preguntar. Les dio de cenar, los abrazó. Cincuenta y ocho años, maestra de toda la vida, entendía sin palabras.

Quédate el tiempo que haga falta.

El móvil empezó a sonar al tercer día. Pablo.

Teresa, volved. Esto está hecho una pocilga. No hay nada para comer. La abuela no para de pedir cosas.

Ni siquiera un os echo de menos. Solo las incomodidades domésticas le preocupaban.

Pablo, a ti no te hace falta una esposa, sino una asistenta.
¿Cómo que? Esto ¿de qué hablas?
¿Has dicho una sola vez que echas de menos a tus hijos?

Silencio. Larguísimo. Elocuente.

Yo traigo el dinero a casa, ¿qué más quieres?

Teresa colgó. Se terminó. Y sintió, por fin, algo parecido al alivio.

Dos semanas después, los inquilinos de su piso dieron el aviso para marcharse. La mudanza solo les llevó un día. Nuevo cole para Mario, nueva guardería para Claudiay al final resultó ser más sencillo de lo que había pensado.

La última conversación fue la definitiva. Todo lo callado, todo lo tragado, todas las noches sin dormir, luchando sola con la fiebre de los hijos, lo soltó por fin:

¡He sido tu criada gratis durante doce años! ¡Nunca, ni una sola vez, te has preocupado por mí! ¿Te has preguntado cómo estaba? ¡Me planto!

Bloqueó su número y pidió el divorcio.

El juicio apenas duró veinte minutos. Pablo ni protestó. Firmó la custodia y la pensión, saludó al juez y se marchó. Tal vez entendió algo. O quizá solo estaba cansado de la discusión.

Aquella noche, Teresa se sentó en la cocina de su nuevo-viejo piso. Mario leía en su habitación. Claudia pintaba en la mesa, con la lengua fuera de concentración. Leo trasteaba con los bloques en la alfombra.

Silencio. Paz. Lúa dormía a sus pies.

Seguía cocinando, limpiando, trabajando por la tarde. Pero ahora lo hacía para quienes de verdad eran su familia. Se prometió ocuparse bien de su educación para que no acabaran siendo como su padre.

Mamá dijo Claudia, levantando la vista de sus dibujos, últimamente sonríes mucho más.

Teresa volvió a sonreír. Claudia tenía razón.

La vida le enseñó que no se debe dejar de lado ni el respeto propio, ni la alegría, por muy alto que sea el precio de la costumbre. Solo al valorarse uno mismo, empieza de verdad la vida nueva.

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MagistrUm
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