No hay nada más cerca del alma…
Hoy he acompañado a mi hija Clara a la pequeña estación de autobuses en uno de los extremos del pueblo. Según hemos bajado, el sol intentaba asomarse entre nubes grises de invierno, el frío nos mordía las mejillas y la blancura de la escarcha nos deslumbraba los ojos. Clara, con su bufanda hasta la nariz, caminaba pegada a mí.
Papá, ¿por qué nadie vive en esa casa? preguntó cuando pasamos delante de la única vivienda abandonada del pueblo, al ladito del camino.
Ahí antes vivía una anciana. Jamás vi que viniesen familiares a visitarla. Cuando falleció, tenía ciento dos años.
Ella solía encender la chimenea sola, pero alguien de los vecinos le traía la compra o le llenaba un cántaro de agua. Se lo dejaban en la puerta, y al día siguiente o bien el dinero hubiese desaparecido, o el cántaro estaría vacío de vuelta. Nosotros, los muchachos del pueblo, también le echábamos una mano.
¿Es que nadie robaba el dinero ni la comida? dijo Clara, sorprendida.
Nadie robaba. Creían que la anciana era medio bruja, y siempre había cierto respeto. Una vez nadie recogió la compra, y fue entonces cuando supimos que había muerto. Nadie se atrevía a entrar, pero al final lo hicieron y la enterraron. Desde entonces, la casa sigue vacía.
¿De verdad era una bruja? preguntó Clara.
Cuentos, hija Solo era una anciana. Nunca supimos exactamente cuántos años tenía. Alguno decía que doscientos, otro que trescientos. Finalmente apareció una partida de nacimiento en el ayuntamiento: ciento dos años.
Clara se quedó callada y seguimos andando. Las demás casas se veían cuidadas, los portales limpios, la nieve retirada de los patios.
Igual por eso sigue vacía, ¿verdad? Por si acaso Clara no paraba de pensar en la historia.
Fue entonces cuando vi a mi madre, Mercedes, delante de su casa, reconociendo nuestra llegada desde lejos.
¡Mira, abuela ha salido a esperarnos! Corre, Clara le dije, y yo también aceleré el paso.
¡Abuela! gritó Clara, y salió corriendo hacia Mercedes, que la esperaba con los brazos abiertos, deseando abrazar a su nieta.
Crecí en este pueblo y siempre me ha gustado volver. Aquí se respira de otra manera, uno se siente más libre que en Madrid.
¡Hijo! me abrazó mi madre, y al mismo tiempo abrazó a Clara.
Hoy tenía un presentimiento, así que he horneado empanadas. Cada sábado salía a esperaros… Vamos dentro, que hace mucho frío aquí.
La casa estaba caliente, olía a leña, a empanada y a ese aroma imposible de definir que solo guardan los hogares viejos de Castilla. Seguramente eran los años impregnados en la madera, el yeso y los recuerdos. Todo estaba igual que siempre. La sonrisa se me escapó sin remedio: en casa siempre se está bien.
Qué alegría veros, ¿os quedáis mucho? preguntó mi madre, no sin un atisbo de preocupación en la mirada.
Hasta el domingo por la tarde. Ya sabes, el lunes Clara y yo tenemos que volver a trabajar y al cole. Marta no ha podido venir, está trabajando también. Las fiestas nos habrían gustado, pero Clara cayó mala, y después Marta también.
No pude evitar fijarme en cómo había envejecido Mercedes desde que murió mi padre. Apenas dos años y la tristeza la había hecho encogerse. Su vida nunca fue fácil; aquí poco regalan.
Voy a poneros algo de comer, seguro venís muertos de hambre y desapareció en la cocina, separada del salón por una vieja pared con arcos. Clara, pegada a sus talones, la siguió.
Mientras ponía la mesa, no podíamos apartar los ojos de la comida. Tras probar un poco de todo, nos relajamos. Clara, agotada del viaje, bostezaba y se acurrucó en el regazo de Mercedes.
Qué grande te veo, ya casi me pasas dijo mi madre, llevándose a Clara a esa esquina de la habitación que antaño era mi rincón. En casa siempre ha habido solo una habitación grande; cuando hacía falta, se dividía todo con un biombo o una manta.
Déjala dormir un rato. Cuéntame cómo estáis. ¿Todo va bien?
Sí, mamá. Hoy en la estación me he cruzado con Manuela, la del pueblo de al lado, y me ha llamado Paco. Le dije que soy Ignacio, hijo de Mercedes, pero se empeñaba en llamarme Paco. ¿De verdad me parezco tanto a tu hermano? ¿Tienes alguna foto suya?
La has visto mil veces me respondió, evitando mirarme.
Quiero volverla a ver.
Bueno, anda. Deja que recoja esto y te enseño la caja.
Trajo una caja de zapatos al salón y la puso sobre la mesa. Montones de fotos en blanco y negro, alguna reciente, algunas coloreadas a mano.
Mira, aquí estás tú de pequeño. Y aquí, con once años. Clara se parece muchísimo a ti. Y esto su ceño se frunció. ¿Quién crees que es?
¡Ese soy yo! Pero nunca he visto esa foto.
No, hijo, ese es tu tío Paco, mi hermano pequeño.
¡Vaya! me fijé. Somos iguales, como dos gotas de agua.
Y aquí su última foto, de la fiesta de fin de curso del instituto dijo, dándome una foto de un joven rubio, guapo, con luz en los ojos. Era como una postal.
Miré mucho tiempo la imagen.
Mamá, a ti no te parezco tanto le dije, mirándola con duda.
Suspiró, agachó la cabeza y dijo:
Bueno, creo que ya va siendo hora. No debería irme a la tumba con esto. Paco… Paco es en realidad tu padre. Lo siento por no habértelo dicho antes.
Hizo una pausa, y siguió en voz baja:
Mira, tu abuela se quedó embarazada tarde, no quería tener otro hijo. Trabajó como una mula, subía sacos, cargaba leña, se bañaba en el río con frío. Esperaba perder al niño, supongo. Pero Paco nació. Era un niño precioso desde siempre. Yo ya tenía quince años, ayudaba en casa y le cuidaba como si fuese mi hijo.
Aquí todos, en cuanto terminábamos la escuela, queríamos irnos a Burgos, a la ciudad. Solo yo me quedé. No podía dejar sola a madre con el crío. Aquí nunca sobraban hombres y yo tampoco quería casarme sin amor.
Paco, en cuanto pudo, se marchó a Zaragoza. Volvió dos años después, contigo en brazos. Tenías poco más de un mes y apenas se atrevía a mirarte. Estaba muy desmejorado, como si toda la vida se le hubiese escapado. Al principio estaba extraño, callado días, después reía sin parar. A los dos días se marchó, te dejó conmigo y se volvió a la ciudad. Necesitaba la droga. Esto lo supimos mucho después. Pronto murió de una sobredosis. Tuve que ir yo solo a arreglar lo del entierro; tu abuela ya estaba enferma y no pudo.
Ella proponía llevarte a un hogar, pero yo nunca quise. Pensé: total, si ya estoy solo, al menos no me faltará un niño. Nadie decía nada, y los que sabían, callaban. Paco solo estuvo dos días contigo, pocos llegaron a verle. En el hospital del pueblo le pedí a la enfermera un favor, y te inscribieron a mi nombre, como si te hubiera parido yo. No fue gratis, claro.
Así te quedaste conmigo, y te cambié el nombre Paco te puso Jacobo, un nombre que no me gustaba, así que te inscribí como Ignacio.
Después tu padre… Quiero decir, tu padrastro, llegó. Era guardia civil, pasó por aquí destinado y se quedó. Nunca supo nada de la adicción de Paco. Se integró bien y cuando nos casamos la vida nos cambió. Nadie en el pueblo dijo nada. Fuiste nuestro hijo siempre; te crié como si lo fueses. Hay un dicho, hijo: Madre no es la que da a luz, sino la que cría y educa.
Me quedé atónito por dentro. ¡Toda la vida ocultando la verdad!
¿Dónde vas? me preguntó, asustada.
Necesito estar solo un rato respondí.
Salí al camino helado. Caminé largo rato mientras la cabeza me daba vueltas: Mi verdadero padre, muerto por la droga… y mi madre, que prefirió no tomarme en brazos. ¿Y todo este tiempo, con Mercedes? ¿Y si no soy hijo de Paco? No. No importa, la que me crió fue Mercedes.
Si lo pienso bien Nunca me faltó nada, nunca me sentí ajeno. Atenderme en cada fiebre, escucharme en cada problema, acunarme en los malos ratos eso solo lo hace una madre. Pudo llevarme al hospicio, pero nunca lo pensó. Aunque la sangre pese, yo solo tengo una madre.
Me quedé helado y al final regresé a la casa. Dentro, mi madre seguía sentada igual que la dejé.
Perdóname. Eres mi madre, la única. Te quiero susurré, abrazándola.
Y yo a ti, por callar tantos años.
¿Por qué estáis a oscuras? dijo Clara, asomando la cabeza. Mira, la foto de mamá. Era guapísima.
Mi madre le quitó la foto y recogió las demás.
Eso, mira a nosotras mientras estemos dijo, guardándolas bien.
Esa noche apenas pude dormir. Mi madre tampoco, la vieja cama chirriaba cada vez que se movía.
Me levanté y fui a su lado.
¿Tampoco duermes, mamá?
Ella levantó la manta.
El suelo está helado, ven aquí, conmigo.
Me acosté pegado a su costado, como cuando era niño.
¿Sigues pensando en ello? susurró.
Ya no. Eres mi madre, no necesito más. Paco es tu hermano y ya está.
Charlamos en voz baja hasta que volví a mi cama. Antes de marcharme, le arropé igual que ella me arropaba de chico. Y dormí enseguida.
A la mañana siguiente, Mercedes nos acompañó hasta el autobús.
Abuela, no llores. Pronto volveremos dijo Clara, abrazándola fuerte.
La abracé una vez más, impregnándome de ese olor a mi casa.
Anda, entra o te vas a helar le advertí.
El autobús ya se iba alejando, y ella siguió de pie, con los ojos vidriosos, mirando la carretera
Así, a mis treinta y tres años, he descubierto que la mujer que me crió no me dio a luz, sino que fue su hermana quien me trajo al mundo. Al principio sentí rabia por la mentira, pero pronto comprendí que, al final, ambas eran hermanas de sangre. Por tanto, Mercedes fue y es mi madre. No hay parentesco más profundo.
No hay nada más cercano a un hijo que una madre que lo cría y ama. Esa es la verdadera familia.






