Lola, quédate en casa, ¿no será necesario que te lleve a todas partes solo por estar casados? murmuró Alfonso mientras se arreglaba la camisa blanca frente al espejo envejecido del recibidor. Lola, sumida en sus pensamientos de aire salado y mesas bajo los pinos, apenas oyó a su marido. Planeaba ese día irse a la finca de unos amigos, y como buena anfitriona, estaba dejando todo preparado con esmero.
Pero el aire en casa era denso, pétreo como las fachadas de Madrid tras la lluvia. En la entrada, vio a su Alfonso engalanado con una camisa veraniega que no recordaba haber visto. Todo se sentía a la vez familiar y como si estuviese soñando despierta.
¿Y tú, Alfonso, qué te has puesto hoy? Te aviso que no pienso frotar manchas de chuletón, dijo ella, agitando las bolsas llenas de viandas como si fueran ofrendas para algún diablillo.
¿Qué llevas ahí? preguntó él, recibiendo de mala gana las bolsas rebosantes como uvas tardías del Bierzo.
Vamos a la finca, Alfonso. Y ya sabes que Laura cocina fatal, que la quiero mucho, pero no pienso sufrir una tapa más de sus inventos. Aquí traigo patatas nuevas, ensaladitas, una empanada gallega Si Tejero quiere, que coma lo que le sirva su mujer, yo no quiero que acabes llamando a urgencias. Perdona que te lo recuerde añadió, con una mueca de medio sorbo de café amargo.
Las cejas de Alfonso se crisparon como si fueran olas en el Cantábrico.
Lola, mejor quédate aquí. Prepara algo ligerito, o mejor sal a correr por el Retiro a ver si esos michelines se alivian de tanto sentarte delante del portátil. Solo voy a casa de Sergio, son cinco minutos, ayudo a hacer la carne y vuelvo.
¿Vas solo? dijo Lola, mientras una corriente de aire le erizaba el corazón. Alfonso chasqueó la lengua.
No quería contártelo, pero Sergio y Laura se han separado. Él ahora está con otra mujer, y me ha pedido que pase a ayudar en la parrilla, que no hay nadie que haga los pinchos morunos como yo respondió Alfonso, con esa sonrisa autosuficiente y el mentón levantado como una veleta.
Lola se quedó sin palabras, colgada ante la puerta, como si el zócalo le recordara todo lo que había sucedido con Laura Últimamente, entre el trabajo, los líos con su piso antiguo y los problemas con inquilinas que se esfumaban sin avisar ni dejar rastro, apenas tenía tiempo para las amistades. Y nunca habría imaginado que la pareja perfecta iba a resquebrajarse de golpe, como una caña mal servida de la que nadie quería hablar.
Así que ahora habrá por allí alguna muñeca con labios de catálogo. Por eso no quieres que vaya, ¿eh? dijo Lola, entre sarcástica y con voz de eco lejano de cueva toledana.
No, mujer, es una chica común, como tú Yo ni la conozco bien. Mejor quédate en casa, linda. Ya tendrás tiempo de cotillear con Laura sobre la nueva Alfonso alentó, con una sonrisa de esas que huelen a trampa.
Pero algo dentro de Lola, quizá la sororidad o quizá la simple curiosidad desgarrada de la vida cotidiana, la empujó a meterse en el coche con Alfonso tras una pequeña escena surrealista en el recibidor.
****
La carretera a las afueras de Madrid estaba atascada, y Alfonso resoplaba contra los coches que, como burbujas, se arremolinaban bajo las farolas. Lola, móvil en mano, consultaba con su agente inmobiliario sobre la venta de su antiguo piso.
¿Vas bien sola, Lola? Que te veo apañada sin mi ayuda lanzó Alfonso, mientras husmeaba de reojo las pantallas como si fuesen cartas de la lotería de Navidad.
Nada, que no consigo vender el piso. Unos quieren alquilarlo unos días antes, otros lo quieren recién pintado y con muebles nuevos… suspiró Lola, con ese tono de resignación de zambomba en Adviento.
El dinero para el arreglo no es problema, aseguró Alfonso.
Quiero ir al mar este verano. ¿No podríamos? dijo Lola, soñando con playas andaluzas y ventas de sardinas.
O el apartamento o la playa. ¡Las dos cosas no pueden ser! Además, tengo trabajo, ¿no lo entiendes? El tono de Alfonso era de hierba seca.
Lola transmitió que una vecina quería el piso para su hija recién casada. Alfonso casi se ahoga de indignación.
¿Dárselo a cualquiera? ¡Eso no! Mejor lo arreglo y lo vendemos, y luego ya veremos qué hago con el dinero, que para eso soy el cabeza de familia Honestamente, debería haberme encargado yo, que tú enseguida te ablandas, Loli. Le regalarás el piso a la primera que te regatee rebatió Alfonso, con tono de Reverte en tertulia.
¿Nuestro? preguntó Lola.
Nuestro, claro. Somos uno, Lola.
Ya en la finca, los recibía un Sergio renovado, con camiseta ajustadísima y vaqueros rotos, desconocido en el universo antiguo de Laura. Sergio abrazó a Lola con efusividad de verbena, y arrastró al resto al jardín, las bolsas de comida quedaron olvidadas como sueños de niñez.
En el porche, rebosaba una vitalidad rara, de risas que parecían viento en los naranjos. Desde lejos, Lola divisó a la nueva pareja de Sergio: una rubia de melena postiza y labios de caramelo, acompañada por otra amiga sospechosamente clonada. Las dos salían del agua riendo, ahora mágicamente vestidas con túnicas vaporosas, casi irreales.
Los platos eran pizzas frías y fast-food de menú indescifrable. “Si Laura viera qué le han hecho a Sergio…”, pensó Lola. Sergio la presentó despectivamente: Ella es Loli, mujer de Alfonso, freelance y sin empleo fijo comentó, regalando a la mesa un gesto torpe de matasuegras.
Yo soy Ángela, esteticista y maquilladora. Si quieres, te hago un precio ofreció la joven rubia con una sonrisa ensayada, mientras su amiga Daria presumía de ser peluquera. Las dos giraron hacia Lola, invitándola al agua con una energía burlona.
No, gracias, dijo Lola, que se levantó con sed de justicia.
Sergio, bien podías haberme avisado acusó Lola. Nunca habría venido de saber que ahora te rodean estas barbies del polígono. Laura jamás…
¡Basta de hablar de la pueblerina esa! saltó Sergio. Ángela y Daria son buena gente. Eres tú la que viene con mal rollo.
¿Mal rollo? ¡Vuestra Ángela ya ha insinuado que me hace falta un lifting, y Daria se ha pegado a mi marido en cuanto ha podido! Para tu información, mi Alfonso se corta el pelo gratis con la vecina del quinto, ¡y le encanta! Lola no aguantó más y fue a buscar a Alfonso, que seguía embobado con las chicas danzando por el jardín.
Llévame a casa, ahora, pidió Lola junto al cubo de la barbacoa.
¿Pero si estamos bien aquí? dudó Alfonso.
Bien estaría yo con Laura, no con estas muñecas de plástico zanjó Lola.
Hasta Sergio intercedió: Mejor llévala, Alfonso. Hoy no es tu día.
Luego, Alfonso ya serio, la regañó por no saber comportarse en sociedad. Anda, Lola, vete a la plaza con las vecinas, o donde tu madre, y deja de hacernos pasar vergüenza. Te pido un taxi, añadió, sin más.
Lola, hirviendo de rabia, escuchó las risitas lejanas de Ángela y Daria. Alfonso seguía quejándose de su “aburrida y gruñona” esposa, y del atractivo de las chicas jóvenes. Al oírlo, Lola arrojó el bol de marinado sobre su impoluta camisa blanca, que ahora parecía un cuadro de Dalí.
Salió de la finca, cruzando la noche como Penélope desencantada, y llamó a Laura para contarle todo.
¿Qué quieres? contestó Laura, entre sollozos y aspereza.
Soy Lola. ¿Por qué lloras así?
Por tu marido, Lola, que presentó a mi Sergio a esa rubia, ¡por culpa de Alfonso me ha dejado! exclamó Laura desgarrada.
Lola apenas sabía nada. Laura le relató cómo Alfonso actuó de celestino y la traición brotó en la mesa, burbujeando como cava. Acabaron reconciliadas, pero con heridas nuevas.
Lola comprendió que en la sombra de su matrimonio bullían intereses ajenos y secretos. Ya no podía ignorarlo.
****
Subió en taxi hasta la casa materna, en una urbanización perdida al borde de la ciudad. Allí sus hijos veraneaban con la abuela, entre bicicletas y pan con chocolate. La madre de Lola, Carmen, la recibió atónita, tensa.
¿Qué haces aquí tan tarde?
No aguanto más, mamá. Vengo a descansar y a disfrutar del verano con los niños. Alfonso nunca tiene tiempo ni vacaciones, ¿por qué debo yo quedarme esperándolo?
¿Y cómo vas a irte sola de vacaciones? se sorprendió Carmen.
Igual que él disfruta sin mí. Me voy con los niños zanjó Lola, y entre infusiones explicó el aquelarre en casa de Sergio.
Le gustan las novedades, mamá. Nosotros, mientras tanto, siempre encerrados pero este verano voy a cambiar de vida. El dinero del piso será para nosotros, no para reformas absurdas.
A Carmen le dolía verla así, pero respetó la decisión, pidiéndole que pensara en los niños sobre todo.
En ese momento, los niños entraron corriendo. ¡Mamá, qué haces aquí! exclamó el pequeño.
He venido a buscaros. Nos vamos al mar, a casa de la tía Elena dijo Lola, abrazando a sus hijos, convencida por primera vez en meses.
Reflexionando sobre el último episodio con Alfonso, se sintió como en un túnel: su vida con él había perdido la luz común, y ella derivaba, por inercia, hacia un nuevo lugar. Agarró el móvil y decidió alquilar el piso antiguo por su cuenta. El primer pago entró esa misma noche, cuatrocientos euros tintinearon en la cuenta como campanillas liberadoras.
****
Mientras tanto, Alfonso, refugiado en casa de su madre, deambulaba entre reproches y camisas manchadas de adobo, furioso con Lola. Ella no contestaba a sus llamadas, y cada vez que intentaba lavar la camisa arruinada, recordaba el mar y volvía a hervir de enojo.
Tres días después, regresó al hogar y encontró la casa vacía como un patio de convento sin rezos. Los armarios, ausentes de vida; el frigorífico, una catedral de soledad. Llamó desesperado a su mujer y le atendió el hijo mayor.
Papá, mamá no está. Estamos en la playa, en casa de tía Elena. Mamá se fue a bañar. No sé cuándo volveremos, ha pedido vacaciones. Bueno, ¡adiós! respondió el niño, con alegría inocente.
Alfonso masculló un adiós entre dientes. Mientras, en la costa, Lola vivió una semana luminosa con sus hijos, y Alfonso se fue sumiendo en una especie de espectral mal humor.
Cuando por fin Lola y los niños volvieron, Alfonso los esperaba en casa, indignado no solo porque ella ignoró sus llamadas, sino por otro secreto que roía su orgullo: la decisión de alquilar el piso.
Lola entró tranquila, como si caminase sobre la arena de la playa, y empezó a deshacer las maletas. Alfonso, tenso, la siguió para reclamar explicaciones.
¿Qué tienes que decirme? preguntó, autoritario.
¿Sobre qué?
El dinero del piso era para la reforma, ¡y te lo has gastado en las vacaciones!
Era mi piso, Alfonso. Tú solo pusiste quinientos euros, el resto era mío.
¡No te atrevas a girarte, Lola! Exijo saber qué has hecho con la casa.
La he alquilado, la hija de la vecina ya está instalada contestó ella, mirándole con determinación por primera vez en mucho tiempo.
¡Pero había que venderla! Los euros de la venta los iba a invertir yo. Este descontrol se ha acabado. Me callé cuando te fuiste, pero esto ya pasa de castaño oscuro.
No tengo por qué rendirte cuentas de cada paso. ¿O es que tú me cuentas cada movimiento? La casa es mía y hago lo que quiero con ella sentenció Lola.
No, la venderemos y la dividiremos al cincuenta por ciento. Soy el marido y tengo derechos.
Todo por tu avaricia, Alfonso Si quieres repartirla tras el divorcio, así se hará, pero hasta que eso ocurra, mis decisiones van primero.
¿Divorcio? ¡Ni hablar! Lola, piensa en los niños, no seas insensata.
¿Qué pasa, Alfonso? ¿Te acuerdas ahora de nuestros hijos? Ya tuviste suficiente novedad con esas chicas en el jardín. Ahora me toca a mí. Quiero cambiar, como Sergio. Estoy cansada y ya no quiero vivir solo para ti dijo Lola, y el eco de sus palabras cruzó la casa vacía.
Pidió el divorcio al día siguiente, sin mirar atrás.
Para sobrevivir en casa durante esa extraña transición, Lola envió a sus hijos de nuevo a casa de su madre y dejó de cocinar para Alfonso. Se puso a dieta por recomendación burlona de su marido y, poco a poco, redujo las sobras hasta que el frigorífico fue un desierto.
Alfonso intentó dormir en el balcón, pero la lluvia y el relente lo devolvieron a casa de su madre, donde entre excusas y quejas convenció a la suegra de que era Lola la que se despendolaba en la playa, no él.
Lola, entre tanto, encontraba cómico ver el rostro contrariado de Alfonso en casa, y se contenía para no reír cuando se cruzaban en la cocina.
Tras una semana de tallarines instantáneos y colchonetas prestadas, Alfonso se marchó con rabia, renunciando a su viejo hogar.
****
Semanas después, libre y tal vez por primera vez solo, Alfonso llamó ilusionado a Daria, convencido de que podía empezar algo nuevo.
Sasha, lo de la fiesta fue suficiente. No te prometí nada coqueteó Daria, a la vez que recordaba el avaro que ni un ramo de flores le regaló.
¿Tan rápido y ya te olvidas? Pensaba que podíamos vernos intentó bromear Alfonso.
Se me complicaron los planes, Sasha. Si tienes suerte y me cuadra te aviso, aunque estás acostumbrado al gratis total en la peluquera del barrio le cortó Daria con elegancia.
Colgó y jamás volvió a llamarlo.
Y así fue como, entre sueños partidos, verbenas y cenas que nunca sucedieron, el matrimonio de Lola y Alfonso se disolvió como las olas se disuelven en el Malecón de Cádiz, y ambos, de formas extrañas y surreales ella entre limones, playas y niños, y él entre camisas manchadas y decepciones, aprendieron que los espejismos a veces son más reales que la propia vida.





