Hace ya muchos años, una madrugada en la que el silencio reinaba en las calles, doña Carmen Fernández fue despertada bruscamente por la insistente vibración del viejo móvil que descansaba en su mesilla de noche. Pestañeó con asombro, preguntándose quién podría llamarla a aquellas horas tan intempestivas. Al mirar la pantalla, el corazón le dio un vuelco. Era su hijo.
¿Sí? ¿Carlitos, qué ocurre? preguntó Carmen, llena de preocupación apenas contestó. ¿Por qué llamas tan tarde, hijo?
Mamá, perdona que te despierte explicó Carlos, nervioso volvía del trabajo a casa y bueno no sé qué hacer Estoy un poco perdido.
¿Pero qué ha pasado? ¡Habla, hijo, no me dejes así! ¿Acaso quieres que me dé un infarto?
Verás, estaba conduciendo y ahí en la carretera hay algo tirado. Mamá, ¿qué hago? Es la primera vez que me pasa algo así. Me he quedado bloqueado, la verdad.
Durante unos segundos, ninguno dijo nada.
No lo entiendo ¿Quieres decir que has atropellado a alguien? ¿A muerto? Carmen sintió cómo el móvil casi se le escapaba de las manos del temblor.
No, diría que no. No he sido yo, además. Y tampoco es una persona.
¿Cómo que no es una persona? ¿Entonces quién?
Es un perro Creo que es un pastor alemán. Está respirando, pero le cuesta ¿Qué hago mamá? Aquí en Alcalá no hay veterinarios de guardia y tú entiendes más de animales que yo
Carlos miró al animal, que seguía tendido junto al arcén, debajo de la luz de los faros. Aún se veía el suave subir y bajar de su vientre, y aquellos ojos, tan tristes que parecían saber que el final se acercaba.
Al menos respira, pensó Carlos, aferrando el móvil con fuerza.
*****
Tres días antes.
Mamá, otra vez con lo de siempre ¿No tienes algo mejor que hacer? ¿Te importan tanto esos gatos? le soltó Carlos al entrar en casa de su madre y ver que repartía pienso a la colonia de mininos del portal. Antes, nunca había sido así.
Pero fue jubilarse y le despertó, de repente, un amor profundo por los animales. Era tal, que muchos lo tacharían de locura, y además, en plena plaza del barrio.
¡Hola, hijo! saludó Carmen con alegría, alzando la mano. Si hubieras avisado, te hubiera preparado algo rico.
Por lo que veo, lo rico te lo han devorado ya tus gatos dijo él, medio en broma.
Carlos no entendía por qué su madre gastaba su pensión, tiempo y energías con los animales callejeros. Ya llevaba en casa cuatro gatos recogidos de la calle en menos de un año. Cualquiera diría que era suficiente, pero Carmen seguía igual de entregada.
Por supuesto, su preferencia eran los gatos, a los que adoraba. Pero ayudaba igualmente a los perros del barrio, e incluso echaba pan a las palomas que rondaban el contenedor.
Los vecinos, a sus espaldas, le decían la madre Teresa del edificio.
A Carlos le incomodaba ver cómo algunos la señalaban y cuchicheaban. Hubo quien hasta se llevó el dedo a la sien, insinuando locura.
Que piensen lo que quieran, hijo le decía Carmen tranquilamente cuando le veía alterado por los comentarios. Hay tan poca bondad en este mundo que yo intento hacer el mío un poquito mejor.
La observaba mirar con cariño a los gatos comer.
Tú dime, ¿qué de bueno encuentran estos bichillos en la calle? Nada. Por eso quiero regalarles un poco de cariño, que no crean que no importan a nadie ¿Recuerdas lo que decía tu abuela?
Pero mamá, ¡ya has recogido cuatro! ¿No te basta?
No se trata de cantidad, Carlitos. Si por mí fuera, los tendría a todos, pero ya sabes que mi piso es pequeño y la pensión tampoco da para tanto. Hago lo que puedo. Y aunque me llamen loca, aquí estoy y aquí seguiré. Los demás deben ver un ejemplo, hijo.
¿Ejemplo de qué?
De que aún somos responsables de aquellos a quienes domesticamos. Que, como personas, debemos ayudar a los más débiles. Porque si no lo hacemos nosotros, nadie lo hará.
Carlos intentaba comprender a su madre, pero no lo lograba. Le parecía exagerado preocuparse tanto por animales. No es que le molestaran, pero pensaba que había límites.
Y sin embargo, tres días después de esa conversación todo su mundo cambió por completo.
Esa noche regresaba a casa de trabajar bien entrada la madrugada.
Habitualmente llegaba antes, pero aquel día en la fábrica hubo un incidente sin precedentes. Quiso el azar que, por una vez en mucho tiempo, Carlos atravesara el centro de Alcalá con el coche acelerado, aprovechando la ciudad dormida.
Pero no pudo disfrutar mucho del paseo.
De repente, un bulto en la calzada le obligó a dar un frenazo brusco. Tardó en reaccionar, paralizado frente al volante, las manos blancas de tanto apretar.
Al bajar del coche comprobó en seguida lo sucedido: a ese perro lo había atropellado alguien, probablemente otro conductor nocturno, tal vez un borracho. Pero eso daba igual. Había que ayudar al animal. ¿Cómo?
Carlos nunca había tenido perro, no tenía ni idea. Por eso llamó a su madre.
*****
¿Carlitos, qué ocurre? preguntó Carmen, sobresaltada. ¿Por qué llamas tan tarde?
Perdón, mamá. Volvía a casa y no sé qué hacer
¿Pero qué ha pasado?
Tengo aquí, delante, tirado no es una persona, es un perro, mamá. ¿Qué hago? En todo el pueblo no hay veterinarios de guardia. ¿Conoces a alguno? Tú entiendes más de esto
Carlos echó un vistazo al perro. Bajo el haz de los faros, respiraba con dificultad, los ojos apagados y llenos de pena.
Mientras respire, hay esperanza, pensó, esperando la respuesta de su madre.
Mamá, ¿qué hago? ¿No tienes algún veterinario amigo?
No, hijo, ojalá. De noche, ningún veterinario nos atenderá aquí ni en Guadalajara. Llevarlo a otro sitio es arriesgado Mejor, tráelo a casa.
¿A casa? ¿De veras?
Claro que sí, ¿de qué te asombras? ¿Otra vez te preocupa lo que piensen los vecinos?
No Solo que tienes cuatro gatos. ¿Y si pasa algo?
Son gatos, no leones. Estarán bien. No pierdas tiempo hablando. Coge el perro con cuidado y vente ya. Yo iré preparando todo.
*****
En menos de media hora, Carlos subía las escaleras del viejo bloque, el perro en brazos. Había ensuciado el coche y la camisa, pero no le importó.
Por primera vez, verdaderamente le dolía la suerte de aquel animal. Sentía como si no fuera un perro, sino una persona querida.
Déjalo ahí, con cuidado indicó Carmen, señalando el sofá cubierto con unas sábanas viejas.
Aunque nunca había sido veterinaria, los años frecuentando clínicas con gatos le habían enseñado lo básico. Mientras tanto, Carlos buscaba remedios en internet (tenía un móvil moderno, a diferencia de su madre).
Con paciencia, lograron parar la hemorragia y el perro pareció aliviarse.
Incluso los gatos ayudaron. Al principio miraron con recelo al huésped, pero al poco se acurrucaron con él, ronroneando bajo la manta. El perro, relajado, se dejó arrullar por el murmullo felino y, por fin, se durmió.
Así pudo pasar el resto de la noche sin sufrir demasiado.
¿Crees que se pondrá bien, mamá? preguntó Carlos, acariciando suavemente al animal.
Estoy convencida respondió Carmen sonriendo, agotada. Y fíjate, hijo mío Si este buen perro ha sido capaz de despertar tu compasión, es por algo.
No podía dejarlo ahí, solo. No sería de humanos
Eso es. ¿Ves cómo entiendes? Hace tres días no comprendías por qué ayudaba a los gatos y hoy das la vida por salvar un perro. Y me da que no lo dejarás de nuevo en la calle, ¿verdad?
Supongo que no Carlo se ruborizó, sintiendo una rara satisfacción.
Era bonito sentirse humano
*****
Al alba, Carlos llevó al perro al veterinario, justo cuando abrían en el Paseo de la Estación. Al verle llegar con el animal en brazos, quienes esperaban turno se apartaron para dejarle pasar. Nadie tuvo que pedírselo; todos lo entendieron de inmediato.
En ese momento, Carlos comprendió que en amar y cuidar a los animales no había nada malo; al contrario, aprendió que quien lo hace, mejora como persona.
Al perro lo llamaron Rastro. Pronto, Carlos iba cada fin de semana a casa de su madre y paseaban juntos los tres perdón, quería decir los cinco, o quizás seis, porque las gatas de Carmen también se unieron a ellos en sus paseos matinales por la Plaza Cervantes. Nadie se los había pedido, simplemente les nació.
Los vecinos los miraban con asombro, cuchicheando todavía, pero a Carlos dejó de importarle por completo.
Gracias a Rastro, que apareció en su vida de forma tan inesperada. Gracias a su madre, que le enseñó lo que de verdad importa.
Y gracias también a los vecinos de la clínica, que supieron entender y mostrar humanidad.
En aquel instante, pensó sinceramente que el mundo podía volverse un poco más bueno.
Y aunque le digan lo que le digan, Carlos, igual que Carmen, ahora ayuda a todo aquel que lo necesita sea gato, perro o persona siempre que puede.
Y así fue, y así es recordado.







