María Antonia se despierta a las tres de la madrugada, sobresaltada por la vibración insistente de un viejo móvil de tecla sobre la mesita de noche.
Se frota los ojos, aún desorientada y sin entender quién puede llamarla a esas horas. Al mirar la pantalla, nota cómo el pulso se le dispara: es su hijo.
¿Hola? ¿Dieguito, qué pasa? pregunta angustiada María Antonia . ¿Por qué llamas tan tarde?
Mamá, perdona por despertarte. Verás Iba de camino a casa, saliendo del trabajo empieza a balbucear Diego y no sé qué hacer
¿Y qué ha pasado, hijo? ¡Habla, no te calles! ¿Quieres que me dé un infarto?
Pues eso aquí está quiero decir, hay algo tirado en la carretera. ¿Me puedes decir qué hago? Estoy hecho un lío, nunca me ha pasado algo así.
Un incómodo silencio se instala entre los dos durante unos segundos.
¿No estarás diciendo que has atropellado a alguien? ¿Se ha muerto? exclama María Antonia, tan nerviosa que casi deja caer el móvil.
No, mamá, creo que no es tan grave responde Diego. Y ni siquiera he sido yo. Es que no es una persona.
¿Cómo que no es una persona? ¿Entonces quién?
Es un perro, parece un pastor alemán. Aún respira, pero lo hace muy mal. ¿Qué hago, mamá? Ya sabes que aquí en Valladolid no hay clínicas veterinarias abiertas toda la noche. Y tú tienes más mano con los animales que yo.
Diego observa al perro, tumbado en la cuneta junto al asfalto, apenas iluminado por los faros. El vientre del animal sube y baja lentamente, la respiración es costosa y en los ojos se le lee un dolor infinito, como si estuviera resignado a despedirse.
Mientras respire no todo está perdido, piensa Diego, pegando el móvil más fuerte a la oreja.
*****
Tres días antes.
¿Otra vez con lo tuyo, mamá? De verdad, ¿no tienes otras cosas que hacer? ¿Para qué pierdes el tiempo con los gatos? dice Diego, pasando a ver a su madre y encontrándola alimentando a los gatos callejeros frente al portal. Jamás había sido tan protectora antes.
Desde que se jubiló le dio por querer a los gatos con verdadera pasión. Una afición que solo algunos entienden y casi nadie comparte; no deja de hacerlo a la vista de todos y sin vergüenza alguna.
Hola, hijo saluda María Antonia, erguida, agitando la mano. Si me hubieras avisado, te habría preparado unas magdalenas o algo rico.
Por lo que veo, todo lo rico se lo das a los gatos bromea Diego.
No comprende por qué su madre dedica su tiempo, su dinero y su energía a los animales. Aquellos gatos callejeros ya forman parte de la familia: cuatro conviven con ella, todos rescatados en los últimos once meses.
Parecería lógico haber frenado ahí, pero María Antonia no lo contempla. Sigue alimentando y cuidando a todo bicho que encuentra: gatos, perros e incluso palomas que merodean el contenedor.
En el bloque ya la llaman, no sin sorna, la madre Teresa. A Diego le mortifica ver cómo los vecinos cuchichean, señalan y se ríen. Algunos llegan a girar el dedo junto a la sien, insinuando que le falta un hervor.
Que piensen lo que quieran, hijo le dice, notando el nerviosismo de Diego. Hay poco cariño en el mundo; yo solo intento hacerle el día un poco más amable a los que nadie mira.
María Antonia lanza una mirada melancólica a los gatos devorando el pienso.
Dime tú, ¿qué tienen ellos en la calle? Por eso intento darles aunque sea una pizca de amor. Que no piensen que son invisibles. Es horrible existir y que nadie te eche de menos. ¿No te acuerdas de lo que decía tu abuela?
Pero tienes ya cuatro gatos en casa, ¿no es suficiente? se asombra Diego.
No es cuestión de número. Si por mí fuera, los traería a todos; pero la pensión no da para tanto y mi piso es pequeño, lo sabes bien. Ayudo a los que puedo, y a los demás, los alimento. Si quieren llamarme loca, ¡que lo hagan! Prefiero dar ejemplo de lo que creo que es justo.
¿Ejemplo?
Claro. A lo mejor alguien me ve y se anima a hacer lo mismo. Somos responsables de quienes domesticamos y, sobre todo, somos humanos. Por eso hay que ayudar a los más indefensos. Nadie más lo hará.
Diego intenta comprenderla. Lo intenta de verdad, pero sigue sin verlo claro. Para él, ayudar a animales callejeros es exagerado; otra cosa sería socorrer a personas necesitadas. No le molestan gatos ni perros de la calle, pero tampoco entiende la entrega total de su madre.
Tres días después, algo sucede que pone sus creencias patas arriba.
Esa noche, vuelve a casa desde el trabajo mucho más tarde de lo normal; un imprevisto lo ha retenido en la oficina. En el fondo, hasta le hace gracia conducir solo por las calles de Valladolid de madrugada.
Hoy, saltándose sus propias normas de precaución, pisa el acelerador. No es habitual que se lo pueda permitir, pero la sensación de libertad le tienta. No llega demasiado lejos.
El frenazo le salva de atropellar al perro tirado en la carretera. Se queda paralizado al volante unos minutos. Cuando por fin baja, se arrodilla junto al animal. No necesita más que un vistazo para saber que ha sido atropellado. Da igual quién haya sido. Ahora, lo único importante es ayudarle. Pero, ¿cómo?
Jamás ha tenido perros y entra en pánico. Sin saber a quién recurrir, marca el número de su madre.
*****
¿Dime, Dieguito, qué ha pasado? ¿Por qué llamas a estas horas? pregunta sobresaltada María Antonia.
Mamá, perdona, pero necesitaba hablar contigo No sé qué hacer.
Pues dilo ya, que me matas del susto.
Es un perro. Parece pastor alemán, pero está hecho polvo. Respira mal y no sé dónde llevarlo. ¿Qué hago? En la ciudad no hay veterinarios a estas horas y no sé a quién recurrir. Tú entiendes más.
Diego vuelve la vista hacia el perro, tendido en la cuneta, apenas moviéndose. La respiración entrecortada y los ojos tristes le conmueven.
Mientras respire, no todo está perdido, se repite Diego, apretando el móvil.
Mamá, dime qué hago. ¿Conoces algún veterinario?
Ay, hijo, ya me gustaría. Aquí en Valladolid no hay, y llevarlo a otra ciudad puede ser tarde. Haz una cosa: trae al perro a casa.
¿A tu piso? ¿De veras?
Sí, hijo. No te extrañes ¿Otra vez te preocupa lo que dirán los vecinos?
No, es que tienes cuatro gatos. ¿Cómo lo van a encajar con un perro?
Son gatos, no fieras salvajes. No te preocupes. Ven ya, yo voy preparando todo para ayudarle.
*****
Media hora después, Diego sube los cuatro pisos hasta la casa de su madre, con el perro en brazos. Ya no le importa haber ensuciado el coche ni la ropa; solo piensa en que el animal no muera. Por primera vez, se siente responsable de otra vida, como si no fuera un perro, sino una persona vulnerable.
Déjalo aquí con cuidado indica María Antonia, señalando el sofá cubierto de sábanas viejas.
Nunca fue veterinaria, pero sí asidua de la clínica del barrio. De tanto preguntar y observar, algo aprendió. Ahora, ese saber resulta útil.
Diego busca en internet los primeros auxilios mientras su madre actúa según su intuición. El móvil moderno le ayuda a encontrar lo necesario; no como el teléfono viejo de su madre.
Entre los dos, no sin esfuerzo, logran detener la hemorragia y el perro parece aliviado.
Increíblemente, hasta las gatas colaboran. Al principio sienten curiosidad y algo de desconfianza; pero cuando ven el sufrimiento del perro, se tumban a su lado en el sofá, ronroneando bajo sus narices. El perro acaba durmiéndose, no desmayado, sino en un sueño reparador al calor de los gatos.
¿Crees que saldrá adelante, mamá? pregunta Diego, acariciando la cabeza del perro.
Estoy segura, hijo. Las heridas no son tan graves. Y, fíjate, si este perro ha logrado despertar eso en ti, es que tenía que aparecer en tu vida.
No podía dejarlo tirado así, como si no fuera nada.
Pues eso es lo que quiero inculcarte. Hace tres días no entendías por qué ayudaba yo a los gatos. Ahora eres tú quien vela, sin dormir y sin quejarte, por un perro. Y me da en la nariz que el animal no volverá solo a la calle, ¿a que no?
Seguramente no reconoce Diego algo azorado, aunque es una sensación reconfortante, tan humana.
*****
Al amanecer, Diego lleva al perro a la clínica veterinaria, puntal a la hora de apertura. Cuando la gente lo ve entrar con el perro herido en brazos, enseguida le ceden el paso, sin que tenga que pedir preferencia; todos lo comprenden.
En ese instante Diego termina de convencerse: no hay nada malo en amar y cuidar de los animales. Quien lo hace se vuelve mejor persona. Más humano.
El perro, al que Diego llama Rufo, se recupera pronto. Ahora, cada fin de semana Diego vuelve a casa de su madre para pasear los tres juntos. Bueno, tres, cuatro, cinco o seis porque también se suman las gatas rescatadas de María Antonia. Se les han unido por voluntad propia y nadie pone pegas.
Los vecinos del bloque observan entre extrañados y divertidos a ese peculiar grupo en la plaza, algunos aún se ríen, pero ya a Diego le da lo mismo.
Le da las gracias a Rufo por cruzarse en su camino y, sobre todo, a su madre, por mostrarle el ejemplo correcto.
Gracias también a la gente solidaria que encontró en la clínica. Porque, en ese instante, Diego siente de verdad que el mundo es un poco más amable.
Y ahora, pase lo que pase, Diego sabe que siempre ayudará a quien lo necesite, sea gato, perro o persona.
Así es la historia.







