Alonso volvió a su piso en Madrid envuelto en una niebla espesa que olía a jazmín y humedad de sueño. Al abrir la puerta, el silencio resonó de forma extraña: ni rastro de Lucía, su esposa, ni de su pequeño hijo Pablo, que apenas gateaba. Una inquietud viscosa le recorrió la espalda, como si una golondrina anidara en su estómago.
Movido por la extrañeza tejida de dudas, Alonso cruzó el rellano y llamó a la puerta de Carmen, la vecina. Antes de que suene el timbre, Carmen emergió del zaguán envuelta en una bufanda carmesí, con el niño dormido contra el pecho como si fuera un relicario.
Con voz temblorosa, Carmen explicó que Lucía le había dejado a Pablo por una urgencia, palabras que flotaban en el pasillo como globos. Alonso asintió torpemente, agradeciendo sin comprender.
Aunque sabía cambiar pañales y cantar nanas, el silencio era demasiado inmenso. En la cocina, encontró una nota arrugada al lado de un plato cubierto con film y una cucharada de lentejas ya frías junto a la puerta del microondas. La comida tenía sabor a despedida, mezcla de azafrán y desasosiego.
Los minutos en Madrid flotaban: primero media hora, luego una, dos, cinco. Lanzaba llamadas tras llamadas a Lucía; el tono de llamada era como los timbales de una corrida, pero nunca hubo respuesta. Las horas espiraleaban mientras él arropaba a Pablo, viendo el reloj antiguo de la abuela Pilar girar sus agujas hacia ninguna parte.
Ya pasada la medianoche, el teléfono sonó con un timbre muy bajo, como si llegara desde otro mundo. Alonso, con el corazón apretado, contestó y volcó todas las preguntas que bullían en su pecho. Pero la voz de Lucía era distante, envuelta en ecos de cuevas imposibles; eludía cada pregunta y, finalmente, susurró como el viento tras la niebla: que no volvería, que había decidido dejar a Pablo con él para siempre.
El silencio pesó como la Giralda sobre el Guadalquivir. Alonso, con la mirada perdida entre los azulejos del pasillo y la cuna de Pablo, se quedó como petrificado, dudando si todo no era más que un mal sueño de siesta en agosto. Pero el llanto de su hijo le devolvió de golpe a su extraña realidad: él, Alonso, era ahora padre y madre entre las sombras largas de la capital, abrazando el misterio y la nueva ruta de sus días, como si Madrid hubiera cambiado de lugar mientras dormía.




