Alonso regresó a casa atravesando la neblina de la tarde madrileña, empapado de una extraña inquietud, como si el aire estuviese plagado de secretos que no quería revelar. Al abrir la puerta, se encontró con el silencio espeso de las paredes vacías. Su esposa, Teresa, y su pequeño hijo de un año, Íñigo, no estaban por ningún lado. El vacío parecía flotar en el aire, pesado, como si un cuadro famoso hubiese desaparecido repentinamente de la pared del salón.
Ansioso, Alonso decidió cruzar el rellano y tocar la puerta de doña Encarna, su vecina de siempre, cuyo gato, Calderón, solía dormitar en el alféizar de la ventana como si custodiara los misterios del edificio. Pero antes de golpear, la propia Encarna salió, y en sus brazos, como parte de un sueño de espejos, llevaba a Íñigo envuelto en una manta azul celeste llena de dibujos de molinos.
Entre palabras sueltas y miradas esquivas, Encarna le explicó que Teresa se había marchado repentinamente, dejándole al niño para atender un asunto urgente, sin más detalles. Era como si todo formara parte de un guiño cómplice de la ciudad, donde los relojes corrían hacia atrás y las golondrinas entonaban nanas al atardecer.
Aunque Alonso no era novato en cuidar de Íñigo, una pregunta martilleaba en su cabeza: ¿qué motivo la había hecho desaparecer de esta forma, casi evaporándose como un fantasma al toque de la campana de la Puerta del Sol? Agradeció, no obstante, encontrar un plato de tortilla en la nevera, ya listo para calentar en el microondas, como una caricia lejana de Teresa que persistía entre los azulejos de la cocina.
Se fueron sucediendo los minutosmedia hora, una, dos, cincoy la inquietud crecía, arrastrándose por las baldosas del pasillo con el eco de un tambor de Semana Santa. Intentó llamar a Teresa una y otra vez, el móvil sonando sin respuesta, como si las ondas se perdieran entre los escombros de un sueño olvidado. Finalmente, tras arrullar a Íñigo hasta hacerlo dormir, quedó Alonso sentado en la penumbra, aguardando una señal.
Y cuando al fin sonó el teléfono, la melodía fue como la irrupción de una banda de jazz en el Mercado de San Miguel. Alonso contestó con el corazón a medio camino entre la esperanza y el vértigo, preguntando sin respiro por la ubicación de Teresa y lo ocurrido durante el día. Pero ella, como musa escurridiza, respondió en círculos, evitando el centro del laberinto. Y, de un modo tan frío y definitivo como un sello de cera en una carta antigua, le comunicó que no pensaba regresar jamás, que Íñigo quedaría a cargo suyo para siempre.
Desconcertado, con el auricular aferrado como un náufrago a su madera, Alonso apenas podía creer lo que oía. El eco de la voz de Teresa vibraba todavía en las paredes de su sueño, mientras él, ahora, encaraba la irreal y repentina tarea de ser madre y padre a la vez, dispuesto a criar a su hijo en ese extraño mundo donde los relojes bailan sevillanas y las sombras susurran secretos centenarios a través de las persianas.





