Manzanas sobre la nieve…
Vivía entre nosotros, allá en las afueras de un pequeño pueblo de Segovia, al borde mismo de los pinares ancestrales donde los árboles parecen agarrar el cielo y hasta de día reina la penumbra por la espesura. Su nombre era Ricardo Jiménez García. Un hombre hecho de granito.
Pasó toda su vida trabajando de guarda forestal, conocía cada árbol en kilómetros a la redonda, cada barranco, cada madriguera de zorro, cada sendero de jabalí. Sus manos eran grandes, como palas, curtidas, siempre impregnadas de olor a resina, negras de trabajar la tierra y del sol de Castilla, y el corazón… el corazón parecía tallado en roble viejo: fuerte, confiable, pero macizo y rígido.
Vivió con su esposa María del Carmen durante treinta años en una armonía absoluta, una pareja que se hacía mirar. A veces pasabas, ya al atardecer, por delante de su corral, y allí estaban, sentados en el porche: Ricardo tocando la gaita castellana bajito, y María del Carmen le acompañaba con la voz; tan compenetrados que uno se detenía sólo a escuchar. Su casa era un modelo: ventanas azules con celosías labradas como los ojos claros de María del Carmen, el pequeño jardín lleno de lirios, y el huerto impecable, sin una sola mala hierba, todo meticulosamente ordenado.
Recuerdo bien el día en que plantaron el huerto de manzanos. Ricardo cavaba los hoyos, revolvía la tierra negra y rica, y María del Carmen sostenía suavemente los tiernos árboles, extendía las raíces como quien peina el cabello a un niño y susurraba: «Creced, bonitos, creced dulces, para alegría de nuestros hijos». Ricardo la miraba, se secaba el sudor y sonreía con una luz en el rostro, una luz que después nunca volvió a tener. Aquél huerto creció espléndido: cada primavera se vestía de un manto blanco, y en otoño las manzanas crujientes y jugosas perfumaban el aire a la legua.
Pero el Señor se llevó a María del Carmen demasiado pronto. Se apagó en pocos meses, consumida por una enfermedad, se marchitó como una ramita al sol, y partió en silencio, en sueños, sujetando la mano de Ricardo. Él se ennegreció de dolor, pero ni una lágrima derramó un hombre no puede. Apretaba los dientes hasta que le dolían las mandíbulas y, en una noche, se volvió blanco como la cal.
Ricardo se quedó solo con su hija más pequeña, Leticia. Y ella se convirtió en el único faro de su vida. Era lo único que le mantenía en este mundo, en aquella soledad de pinares. Ricardo vivía para ella, la mimaba a su manera: a lo brusco, a lo castellano. Muy severo, no consentía tonterías, la protegía de todo, incluso del viento de abril. Tenía un miedo atroz, tan fuerte que temblaba, a que Leticia lo dejase también, como le dejó su madre. Ese miedo irracional fue su peor enemigo, porque empezó a sobreprotegerla, no la dejaba ni respirar.
Tú, Leticia, eres mi esperanza le decía, posando esa mano inmensa sobre la cabeza de la niña. Cuando seas mujer, esta casa será tuya. No te irás lejos, aquí estamos bien. ¿Para qué ir al mundo, con sus peligros? Allí mienten, te hieren, los lobos se disfrazan de personas.
La niña creció para ser el orgullo del pueblo: la trenza rubia, gruesa, le caía hasta la cintura, los ojos azules como el cielo de primavera, como los de su padre. Y su voz Cuando se iba, a las afueras, y dejaba escapar una canción popular, hasta los pájaros callaban y los hombres detenían las hoces en la siega para escucharla, boquiabiertos.
Las mujeres lloraban cuando ella cantaba; decían que heredó el arte de su madre, pero aún más hermoso. Tenía el don de la música, uno que sólo Dios da. Leticia soñaba con ser cantante, irse a Madrid, entrar al conservatorio. Estudiaba solfeo, leía partituras, escuchaba una y otra vez viejos discos en el tocadiscos.
Pero Ricardo Él pensaba a su modo, como siempre se pensó en el campo, con esa astucia de viejo castellano: «Quien nace aquí, aquí ha de vivir». Temía la ciudad como al fuego: la veía como una fiera voraz que lo devora todo. Para él, la ciudad era como un monstruo insaciable.
¡Ni hablar! bramaba, haciendo retumbar la loza en la alacena. Te harás ganadera, te casarás con Julián, el tractorista, buen chico, trabajador, ya levanta su propia casa. ¡Serás una madre como las demás! ¡Eso de cantante, menuda tontería!
Y entonces todo estalló en una tarde lluviosa de octubre: Leticia, que siempre había sido dócil, se plantó. Recogió una maleta vieja de cartón y fue hacia la puerta. Ricardo enloqueció; gritó, golpeó, maldijo.
¡Si te vas, no tienes padre! le gritaba a la espalda Ni casa. ¡No te acerques nunca más!
Ella se marchó bajo la lluvia, sin girarse. Ricardo agarró el hacha y, con toda su fuerza, la hundió en un escalón de la entrada. La madera saltó hecha astillas, como sangre disparada.
¡No tengo hija! susurró al vacío. ¡Está muerta!
Pasaron doce años. Toda una vida. Los inviernos y las primaveras pasaron, los niños crecieron, unos se fueron a la mili, otros se casaron y ya han tenido sus propios críos. Pero la casa de Ricardo quedó como remate de la desgracia: su huerto de manzanos se volvió salvaje, enmarañado, las ramas entrelazadas, la pintura de las ventanas saltada, el porche torcido, y el hacha oxidada seguía clavada como una herida.
El pasado noviembre vinieron los fríos antes de tiempo; ni había nieve, la tierra estaba negra y dura, y ya marcaba el termómetro menos diez grados. Iba yo de camino del consultorio y veo que no sale humo de la chimenea de Ricardo. Mala señal, en la aldea eso es aviso de desgracia.
El corazón se me encogió. Fui hasta la verja abierta. El perro, Rufino, viejo, no salió ni de la caseta, sólo golpeó el suelo perezosamente con el rabo y gimió.
Entré en la casa el frío era peor que fuera. El agua en el cubo se había congelado. Un olor agrio, de cuerpo viejo, medicinas y derrota lo impregnaba todo. Ricardo yacía en la cama, temblando debajo del gabán, tiritando, la cama temblaba con él.
¡Ricardo! grité ¿Qué demonios haces?
Abrió los ojos, nublados, rojos. No me reconocía.
Mari susurraba, llamando a su mujer. Mari, tengo frío ¿Dónde está Leticia? ¿Por qué no canta? Dile que cante “Seguidilla”
Desvaría comprendí al instante. Tiene neumonía, el hombre se nos va.
Esa noche no me fui. Encendí la chimenea, calenté la casa, aunque al principio olía a humo. Le puse inyecciones. Ricardo deliraba, llamaba a su hija:
Leticia, vuelve No te adentres entre los pinos, hay lobos No te dejaré ir Perdóname Yo te quería
Me sentaba cerca, tejiendo un calcetín, mientras escuchaba su delirio y lloraba en silencio. Cuánto amor desperdiciado, cuánta herida abierta por culpa de ese amor que acabó siendo una jaula.
Al amanecer pasó la crisis. Sudó como nunca, el calor le bajó la fiebre. Abrió los ojos, lúcidos, pero tristes, como un perro apaleado.
Clara susurró. Yo la he esperado cada día. En cuanto me despertaba miraba por la ventana; al acostarme, escuchaba si se oía alguna pisada en la entrada.
Lo sé le respondí, arropando la manta. Ella también escribía. La cartera, Toñi, me lo contó.
¿Escribía? casi se levantó, los ojos como platos. ¿Dónde están las cartas? ¡Si tapé el buzón! Pensé que me había olvidado, que me borró de su vida.
Están con Toñi. No las tiró. Las guardó.
Al alba, fui corriendo a la oficina de correos. Toñi, despeinada, me entregó una cajita llena de cartas. Se la llevé.
Verle leerlas Sus manos enormes, torpes, temblaban; las lágrimas caían sobre el papel, emborronaban la tinta. Besaba las fotos de sus nietos, las apretaba al pecho, acariciaba sus caritas con el dedo áspero.
Nietos, Clara Tengo dos
En una carta encontramos un trozo de número de teléfono, roto, después pegado, pero le faltaban los últimos cuatro dígitos.
Vaya lío dije. La dirección está, pero es Madrid; hasta que llegue una carta y respondan, te mata la impaciencia.
¡Voy a ir! Ricardo intentaba levantarse. ¡Ir arrastrándome si hace falta!
Quieto, torero. le calmé. No vas a ir a ninguna parte, ni andas. Hay métodos más rápidos, estamos en el siglo XXI.
Fui a ver a Óscar, el hijo de la vecina. Chico espabilado que arregla ordenadores en el pueblo, había venido el finde a ponerle tejas a su madre.
Le expliqué. Se puso las gafas, se subió el jersey:
Doña Clara, esto no es tan fácil Pero lo intento. ¿Redes sociales? ¿Leticia Jiménez? ¡A ver!
Y ahí estaba. Foto de Leticia, en el perfil el estado Extraño mi tierra. Óscar envió un mensaje: «Leticia, soy Óscar del pueblo. Tu padre está enfermo, pregunta por ti. Es urgente. Responde.»
Esperamos con el internet rural: el módem parpadeaba, larguísimo. Ricardo se sentó a mi lado, blanco como la pared, bebiendo valeriana. Todo olía a farmacia triste.
No contestará decía bajito. No me perdona Yo tampoco lo haría. La maldije
De pronto¡clin!. Un sonido seco. Contestó.
¡Ha respondido! grita Óscar. Dice que su marido mira el teléfono.
Llamamos. Los tonos eran interminables. A cada pitido, el corazón se paraba.
Alguien contestó. Voz seca, masculina.
¿Diga? ¿Quién es?
Ricardo no encontraba las palabras. Le di un codazo.
Soy Ricardo el padre de Leticia
Silencio. Largo y cortante. Se oía la respiración al otro lado.
¿El padre? Diez años han pasado.
¡Javier, pásame el teléfono! dijo la voz de una mujer al fondo.
¿Hola? Leticia, voz alerta, gélida.
Leticia hija sigo vivo.
Silencio diez segundos, sólo el ruido del teléfono.
¿Para qué llama? preguntó, la voz temblaba. ¿Pasa algo?
Me estoy muriendo, hija le confesó Ricardo. He pecado contra ti. Solo quería escuchar tu voz una vez más. Perdóname, si puedes.
Ella rompió a llorar, desgarrando el aire.
No sé, papá llorando. Te esperé muchos años, escribí cartas que acabaron en el vacío. No sé si puedo perdonar
No pido que sea ya susurró Ricardo. Sólo, que sepas que te he amado. A mi manera; mal, pero te he amado. Fui un viejo idiota.
Iremos dijo de pronto. No quiero que mueras solo. Iremos. Espera.
Ricardo colgó. No le vi felicidad, sólo alivio y miedo.
Vendrá susurró. Para cumplir con su deber. Pero ¿perdonará? A saber.
¡Clara! ¿Dónde van a quedarse? ¡Esto es una pocilga! ¡Llena de telarañas, la vajilla ni déjala ver! ¡Qué vergüenza para la hija y los nietos!
Tranquilo lo detuve como buena enfermera. Arreglaremos todo.
Avisé a las vecinas y limpiamos la casa de arriba abajo. Ricardo merodeaba, desorientado.
No me reconocerá decía. Ni me mirará a la cara.
Llegó la mañana de la reunión. Aparcó un Seat, salió Leticia: elegante, urbana, seria. Bajaron dos niños y su marido.
Ricardo esperaba en el porche, se retorcía la gorra en las manos.
Leticia cruzó la verja. Se detuvo, miró a Ricardo, miró la casa, el escalón donde un día vio el hacha. Ella luchaba consigo misma: la rabia de la infancia hervía, pero no podía dejar de compadecer al viejo encorvado.
Ricardo bajó un escalón, dio un paso hacia ella.
Hola, Leticia.
Hola, papá dijo suavemente.
Se acercó y le abrazó. Frío, casi como a un desconocido. Él se quedó quieto, después la apretó, enterró la cara en el cuello de su abrigo, y empezó a temblar.
Ella permanecía inmóvil, brazos a lo largo, llorando en silencio. Sin júbilo, sólo dolor por tanto tiempo perdido.
Entraron a casa. El ambiente era tenso, cortante. Los nietos tímidos, pegados al padre. Su marido Javier miraba a Ricardo, calculando. Se sentaron a la mesa, sólo el ruído de las cucharas.
Ricardo perdió la compostura, sirvió orujo, se puso de pie. La mano le temblaba, se derramaba la copa.
Gracias por venir dijo bajando la mirada. No esperaba Bueno, sí, pero no lo creí. He maldecido mi vida sin vosotros.
Javier, el yerno, miró a Leticia, la vio temblar, suspiró y alzó su copa.
Bien, don Ricardo dijo recio. Lo pasado, pasado. Venimos porque Leticia no tenía paz. Es buena vuestra hija. Brindemos por este encuentro.
Entonces el pequeño nieto, Pablo, preguntó con voz clara:
Abuelo, ¿por qué ya no hay hacha en la entrada? Mamá me dijo que tú cortaste
Leticia se encogió, pálida.
Pablo, come.
Ricardo miró al niño, sonrió tristemente.
El hacha, nieto, se pudrió con el tiempo. Lo mismo la rabia. Sólo quedan las astillas. Mañana te llevo al bosque. Al bosque vivo.
El hielo se fue rompiendo despacio, tres días fueron aprendiendo a convivir. Ricardo deseaba agradarles, pero tenía miedo de hablar más de la cuenta.
A la tercera tarde, Leticia vino al consultorio. Llevaba los ojos rojos.
Tía Clara me dijo, ¿tendrás algo para el corazón? Me cuesta mucho esto.
Preparé un té de poleo.
¿La herida no sana?
No admitió, apretando la taza. Le miro tan viejo, temblón y me da una pena tremenda. Pero recuerdo aquellos gritos de «¡Te maldigo!» y todo se encoge dentro. Vine pensando en soltarlo todo, contarle cuánto pasé en Madrid, los días de hambre en la residencia, que cuando nació Carmen no tuve a quién llamar
¿Y lo has hecho?
No pude suspiró. Al verle, encorvado, con esas manos que antes daban tanto miedo Se ha castigado él solo. Doce años de cárcel en la casa que construyó para sí mismo. ¿Para qué herirle más?
Eso es sabiduría, Leticia le dije. Perdonar no es olvidar. Es compadecer, entender que no fue por maldad, sino por torpeza, por el miedo. Te quería, aunque mal.
Leticia se quedó callada, acabó el té.
¿Sabes? Hoy calentaba unas botas para Carmen en la estufa, comprobaba con la mano si estaban a buena temperatura. Igual que hacía conmigo de niña. Y me sentí un poco liberada. Viviremos, tía Clara. Por los niños. Y quizá, con el tiempo, sane la herida.
Se marcharon a la semana, pero prometieron regresar en verano. Y lo cumplieron.
Aquel verano vi a otro Ricardo. Con ánimo, amo de su casa. Puso en orden el huerto, e increíblemente, los manzanos viejos, que creíamos muertos, florecieron de nuevo. Un manto blanco cubrió el patio.
Una tarde pasé y los vi en el porche: Ricardo y Leticia, juntos, hombro con hombro, callados mirando la puesta de sol. Carmen brincaba por el jardín, trenzando flores.
Ricardo me vio, me saludó con la mano, la cara relajada, tranquila.
Leticia me sonrió. En su sonrisa había una sombra, pero ya no había rencor.
¡Clara! gritó Ricardo. ¡Ven a tomar té con mermelada de manzana! ¡Leticia ha hecho, transparente como el ámbar!
Entré. Estuvimos en la terraza tomando té y olía a manzana reineta, a verano y a paz.
Dicen que una taza rota se puede pegar; queda la grieta, sí, pero se puede beber; quizá hasta sabe mejor, porque la cuidas con esmero.
La vida es corta, como un día de invierno. Parpadeas y ya es de noche. Siempre pensamos: «Me dará tiempo, ya perdonaré, ya llamaré». Pero ese momento puede no llegar. Y entonces, la casa se enfría, el teléfono calla para siempre, y el buzón se queda vacío.





