14 de diciembre
Hoy he vuelto a sentir esa extraña mezcla de rabia y resignación que parece seguirme desde que envié a mi marido a ayudar a una amiga y, al final, me he arrepentido. No volveré a ir a casa de Marta; que sea el ayuntamiento quien les mande a los técnicos, mejor.
¿Qué ha pasado? me ha preguntado Begoña, sin entender nada. ¿Algo no va bien?
Todo está al revés ha tartamudeado Iñigo, sonrojándose. Ella en fin
¿Y por qué no traes a tu marido? ha intervenido Ana Vázquez, con la mirada por encima de los lentes. Se ha pagado para dos personas.
Tranquila, que no estoy a dieta le he respondido con una sonrisa, intentando disimular. ¡Me lo puedo permitir!
Yo no me refería a eso ha replicado Ana, cruzando los brazos. Se suponía que vendrían en familia.
¡Que le esté ocultando a todos a Iñigo! se ha burlado Zoraida.
Nada de eso he contestado, intentando sonar firme. ¡Se ha enfermado!
¿Ya lo celebras antes de Año Nuevo? se ha reído Zoraida. Si le hubiéramos dado mil gramos de miel, seguro que se curaba al instante.
Claro, o tú te quedarías viuda ha sacudido la cabeza Natalia.
¡Nos lo habríamos sacado del bote! ha rebatido Zoraida. ¡En nuestro taller florece todo! ¡Hasta los muertos se levantan!
¡Y a bailar también! ha sonreído Natalia.
Begoña, ¿acaso no tienes marido? ha preguntado Zoraida con picardía. ¿Será que llevas el anillo por no dejar que los viejos solteros se acerquen a ti?
¡Te encontraremos un marido decente al instante! Y si es por salud, solo tienes que llamarnos.
Yo tengo marido, le he dicho, seca.
¡Lo tengo, lo tengo! confirmó Natalia. Me trajo el departamento de recursos humanos el certificado de matrimonio. Iñigo Pérez, si no me falla la memoria.
Begoña, ¿no nos estás reteniendo a nuestro marido? insistió Zoraida. ¡Da la impresión de que te lo guardas!
Hace dos meses organizamos la excursión del sindicato; tú solo estabas con tu hijo. Hoy, en la comida de empresa, andas sola, como una reina en su trono. Y además, él no te recoge del trabajo, ni te despide.
Él sigue trabajando he contestado, breve.
Vale, ¿por qué se te acercan tanto? ha levantado las manos Ana Vázquez. ¡Marido tienes! ¡Y tú estás contenta! ¡Nadie os pide que os metáis en los asuntos de los demás!
Ana Vázquez, la contable jefe, representaba la autoridad en aquel evento corporativo. El director, como había prometido, se había marchado de parranda, así que su presencia resultó ambigua. Cuando llegó el segundo brindis, ya se lanzaba a la pista de baile.
Me parece que Begoña está ocultando a su marido ha reflexionado Verónica, compañera del mismo departamento. Trabajamos juntas, nuestras relaciones son cercanas, casi amistosas. Yo incluso la he visitado en su casa.
¡Claro, claro! ha exclamado Zoraida, mirando atentamente a la colega.
¿Y qué? me ha preguntado.
Pues ha hecho la pose pensativa Verónica, cuántas veces he ido a casa de Begoña y nunca he visto a su marido. Juro que al menos dos veces ha estado allí.
Él aparece a veces en el baño, otras en el balcón he respondido. ¡Y no se entromete en mis asuntos!
La explicación me parecía razonable, pero al decirla mi voz tembló tanto que todos sospecharon un engaño.
Mentir, Begoña, es poco elegante ha dicho Natalia, que en recursos humanos detecta una falsedad al instante.
¡Dios mío! excluí. ¿Por qué se os ha aparecido ese hombre?
Queremos saber qué clase de persona es, cómo de marido y padre. No se sabe, tal vez haya que disciplinarlo o darle una charla formativa.
Así, todo el equipo podría educar a Iñigo Pérez.
No lo eduques, me he puesto tensa. Yo misma me encargaré.
Pues cuéntanos entonces cómo es insistió Zoraida. Eres nueva en la empresa, solo llevas medio año, y casi no sabemos nada de ti.
Iñigo, mi esposo, es un hombre normal, bastante corriente. Trabaja, paga sus cuentas, nada extraordinario he encogido los hombros. ¡Hay muchos como él!
¡Mientes! ha sonreído astuta Natalia. ¡No confías! Entonces seguro que le has escondido a tus amigas y compañeras. Eso no se hace, Begoña.
¿Y si tengo razones objetivas? he preguntado.
Compártelas y las evaluaremos está lista Zoraida para escuchar.
Sí, sí, Begoña asintió Ana Vázquez. Mientras nuestro jefe sigue en su pausa, la programación está en espera, y nos entretenemos con nuestras historias.
No tengo mucho de interesante he dicho con cierta inseguridad.
¡Pero te escucharemos! animó Zoraida, animándome.
***
Recuerdo mi vida anterior, en aquel pequeño pueblo a dos mil kilómetros de aquí, en la provincia de León. Todo lo más importante ocurrió allí; la nueva vida es tranquila, apacible, ordenada. Las lecciones que aprendí en el pasado me permiten ahora disfrutar de una calma feliz, aunque no todo haya sido pacífico, sobre todo el final. Pero lo contaré con calma.
Conocí a Iñigo en la fábrica justo después del instituto. Él era un poco mayor y tenía mayor rango en la tabla de puestos, pero eso no impidió que surgiera una chispa laboral que, con el tiempo, se transformó en un matrimonio sólido. El resto del personal se alegró por los jóvenes, aunque la alegría quedó algo torcida.
Nuestra empresa estaba compuesta mayoritariamente por mujeres; los hombres escaseaban, sobre todo los ingenieros de mantenimiento, como Iñigo. Por eso muchos coqueteaban con él; alrededor de veinte hombres en la oficina le lanzaban miradas, y en los talleres nadie se lo perdía.
Cuando Iñigo se oficializó como mi marido, el grueso del personal femenino pareció comer limones de la sorpresa. De inmediato surgió el resentimiento hacia mí, pues les había quitado a todos un posible candidato. No obstante, sabían que solo yo podía elegir a Iñigo. Aquellos que ya habían puesto los ojos en él antes de mi llegada no podían aceptar que él hubiera optado por la recién llegada.
Tras la boda, muchos intentaron seguir presionando a Iñigo, aunque ahora estaba casado. Comentarios como ¿Cocina bien? ¿Limpia bien? ¿No se niega a nada? circulaban como bromas, pero con un trasfondo doloroso.
Cuando nació nuestro hijo, la cosecha de limones se intensificó: los más persistentes no podían comprender que Iñigo ya no estaba a su disposición y, aun así, estaban dispuestos a liberarlo de nuevo.
Yo, para entonces, ya era capataz antes del embarazo y, tras obtener el título universitario a distancia, me ascendieron a maestra. Un par de años después, me nombraron subdirectora del taller. Amistades y rencores coexistían; la mezcla era extraña, pero el objetivo de algunos seguía siendo separarme de mi marido.
En medio de todo, María, una maestra que también había ascendido desde obrera, intentó acercarse a mí con una amistad forzada. Yo, sin sospechar traiciones, le ofrecía ayuda: dinero, conocimientos, y hasta enviaba a mi marido a pequeños trabajos de reparación en su casa.
Un día, Iñigo volvió de la casa de María, con las manos temblorosas por haber cambiado los enchufes. Se veía inquieto y, al llegar, soltó:
¡Ya no volveré a casa de María! ¡Que el ayuntamiento les envíe a los técnicos!
¿Qué ha pasado? le he preguntado, sin comprender. ¿Algo no está bien?
Todo está al revés se ha puesto rojo. Ella en fin
¿Qué dices? exclamé cuando no lograba terminar la frase.
¡Me ha acorralado! ¡Casi me quedo sin salida! se ha lanzado. ¡Solo los labios de mi hijo me dan valor! La encontré con el delantal, pensé que estaba en casa
¿Estás bromeando? me he quedado helada.
¡Lo juro por la salud de mi hijo! ha dicho, con la voz quebrada. Me agarró como una garrapata, ¡casi me rompe el hombro! Tenía moretones en el brazo. En resumidas cuentas, ¡no vuelvo a ir a su casa!
María no sabía que Iñigo le confesaba todo a su esposa. Al día siguiente, los rumores corrían por los pasillos: ¡Iñigo y María pasaron una noche inolvidable!. Incluso se mostraba un trozo del puñal de su camisa, como prueba del supuesto altercado.
María se refugió en el baño y, con voz firme, le advertí que si no dejaba de divulgar mentiras, tendría consecuencias. Le dieron una bofetada y la dejé arreglar su maquillaje, pensando que con eso se calmaría.
Llegó la fiesta de la empresa, una cena de gala en un restaurante de Madrid. Yo estaba con Iñigo, y varios colegas habían traído a sus parejas. La mesa estaba repleta, la música sin freno, pero cuando me acerqué al baño por un momento, noté que mi marido había desaparecido del grupo de hombres.
Empecé a buscarlo entre los salones oscuros y los pasillos llenos de mesas volcadas. Después de media hora, lo encontré: tres compañeros, de los que no quería hablar, estaban encima de él, desnudándolo como si fuera un espectáculo. Iñigo no se resistía; estaba en un estado de evidente desorientación, baboseaba, sus ojos perdidos.
Me lancé como una fiera, arrancando la ropa de los presentes y dándoles una paliza digna de una película de comedia negra. Los tiré fuera del salón, todavía sin ropa. Iñigo, completamente fuera de sí, balbuceaba y soltaba saliva. Yo intenté calmarlo, buscar una taza de agua o una maceta para que recobrara el sentido, pero vi una cámara de vídeo en un trípode.
El panorama se volvió una pesadilla: los tres chicos, María y dos de sus amigas del turno de planificación, grababan todo. Si hubiese visto esas imágenes, jamás habría perdonado tal traición.
Después de las fiestas, Iñigo y yo redactamos nuestras cartas de dimisión. Queríamos vengarnos, pero la razón ya estaba sobrecargada; escribir la renuncia en medio del frío de la madrugada ya resultaba demasiado. Lo más sencillo fue marcharse.
¡Mejor no tener amigas! concluí, mientras me despedía de los colegas con una sonrisa amarga.
Más tarde, al conversar con Iñigo, decidimos que ya no presentaría a mi marido a mis amigas ni a mis compañeras.
Si no lo conocen, no podrán entrometerse dijo él. Y si vienen de visita, yo me escondo o me quedo quieto.
Así, en mi nuevo entorno, he apartado mi vida personal del trabajo. Nadie sabe nada de mi marido, ni colegas, ni amigas, ni conocidos.
¡Qué medida más precavida! ha comentado Ana Vázquez. Un cálculo frío y calculado. Si nadie sabe del marido, nadie se entromete.
Exacto asintió Zoraida. Incluso Natalia tuvo su marido y lo perdieron por una amiga. Lo mismo con Lucía del marketing: dos hijos y una amiga inseparable. Al final, mejor no tener amigas.
Yo también lo pensé, pero en una ciudad nueva y con gente nueva, la interacción es inevitable. Iñigo propone que no hablemos de él, que no lo menciones.
Al fin y al cabo, no importa quién sea concluyó Verónica. No quiero liarme.
¡No te metas! advirtió con una sonrisa Ana Vázquez. Cuanto menos sepan tus amigas de tus hombres, menos posibilidades hay de que los quieran arrebatar.







