Mamá, ya tengo diez años, ¿verdad? solté de repente al llegar del colegio.
¿Y qué? contestó mi madre, mirándome con sorpresa.
¿Cómo que y qué? ¿Es que se te ha olvidado lo que me prometisteis tú y papá cuando cumpliera diez años?
¿Prometimos algo? ¿El qué exactamente?
¡Que podría tener un perro!
¡No! exclamó ella, asustada . Lo que quieras, menos eso. ¿Te compro un patinete eléctrico? El más caro. Pero a cambio, dejas de insistir con lo del perro para siempre.
¿Así sois? respondí ofendido, poniendo morros . Y luego vosotros, los adultos, sois los que nos decís que hay que cumplir la palabra Pues vaya ejemplos dais Bueno, bueno
Me encerré en mi habitación y no salí hasta que llegó mi padre de trabajar.
Papá, ¿te acuerdas de lo que me prometisteis tú y mamá…? empecé otra vez, pero papá me cortó.
Ya me ha llamado tu madre y me ha contado tu idea. Pero no entiendo para qué lo quieres.
Papá, ¡si llevo soñando con un perro desde hace mucho! ¡Lo sabéis de sobra!
¡Ya sabemos! Desde que leíste lo de El Pequeño Nicolás o lo de Los Cinco ¡Te portas como un niño chico! Pero, ¿sabes lo que cuestan los perros de raza?
No hace falta uno de raza, le interrumpí enseguida . Me valdría hasta uno sin raza. Incluso uno abandonado. Leí en internet que hay muchos perros abandonados y que son muy desgraciados
¡No! dijo papá, tajante . ¿Cómo vamos a quedarnos con uno sin raza? Esos perros no son bonitos, hijo Así que solo si encuentras UN perro joven, abandonado y de raza por Madrid, tu madre y yo lo aceptamos.
¿De verdad tiene que ser así? protesté, torciendo el gesto.
Exactamente papá me guiñó un ojo a mamá en secreto . Vas a tener que cuidarlo, educarlo, llevarlo a exposiciones Un perro viejo no se puede entrenar ya. Así que sólo si encuentras un perro abandonado, joven y bonito, de esos que casi no existen, lo hablamos.
Vale suspiré resignado, porque nunca había visto un perro así abandonado. Pero la esperanza es lo último que se pierde y decidí intentarlo.
El domingo llamé a mi amigo Álvaro y, después de comer, nos pusimos en marcha.
Recorrimos media ciudad a pie hasta bien entrada la tarde, pero ni rastro de ningún perro de raza perdido. Había perros preciosos, pero todos iban acompañados de sus dueños y atados con correa.
Se acabó dije, cansado . Yo ya sabía que no lo íbamos a encontrar
¿Y si probamos el domingo que viene en una protectora? propuso Álvaro . Hay veces que allí hay perros de raza. He leído sobre ello. Lo que hace falta es conseguir la dirección de alguna. Pero por hoy, vaya paliza ¡Necesito sentarme un rato!
Buscamos un banco libre, nos sentamos y empezamos a imaginar cómo sería sacar de la protectora al perro más bonito de todos y entrenarlo juntos. Soñamos un poco, descansamos y partimos en dirección a nuestro barrio.
De repente, Álvaro me tiró del brazo y señaló hacia un lado.
Mira, Jorge.
Vi un cachorrito callejero, de color blanco y mugriento, caminando torpemente por la acera, con las orejas gachas.
Es claramente un chucho sentenció Álvaro, silbando.
El cachorro se giró al oír el silbido y vino hacia nosotros, moviendo la cola con alegría, pero cuando estaba a un par de metros, se detuvo, desconfiado.
No debe fiarse de la gente dijo Álvaro de nuevo . Seguro que le dieron un buen susto alguna vez.
Silbé yo también, despacio, y acerqué la mano. El perro estiró su hocico; cuando estuve cerca, no huyó, sólo movió tímidamente su cola sucia, como temiendo mi reacción.
Vámonos, Jorge apuró Álvaro . ¿Para qué quieres uno así? Si buscas uno de raza. A esos les puedes poner nombres bonitos. A éste, como mucho, se le podría llamar Botón dijo, dándose media vuelta y marchándose rápido.
Me quedé acariciando un poco más al perrito. En realidad, yo sí me lo habría llevado feliz a casa, aunque no fuera de raza, pero no tenía valor. Caminé tras mi amigo, triste.
De pronto, oí un chillido agudo detrás de mí.
Me detuve en seco; el perrito empezó a gimotear.
Álvaro también paró y susurró:
Jorge, ven ya conmigo. ¡Y ni se te ocurra mirar atrás! El cachorro te está mirando de una manera
¿Cómo?
Como si fueras su dueño, y le estuvieras dejando tirado. Corre, vamos.
Álvaro salió disparado. Yo, sin embargo, me quedé parado, incapaz de moverme. Casi no me atrevía a mirar atrás. Pero cuando, por fin, eché a correr, sentí cómo alguien me tiraba suavemente de la pernera. Miré hacia abajo, y esos ojos negros de cachorro me miraron suplicantes.
En ese instante, se me olvidó todo: agarré al perrito en brazos y lo apreté contra mí. Ya había decidido: si mis padres no lo aceptaban, esa misma noche me iría de casa pero nunca solo.
Por suerte, mis padres tenían también buen corazón. Así que, al día siguiente, al volver del colegio, no solo me esperaban mi madre y mi padre, sino también Botón: limpio, blanco y moviendo la cola de alegría.
Aquella tarde comprendí que cumplir la palabra merece la pena, pero el cariño y la bondad valen mucho más que cualquier promesa. Y que, a veces, la familia se elige en un encuentro casual en una acera de Madrid.







