Mamá, ya tengo diez años, ¿verdad? dijo de pronto Miguel al regresar del colegio.
¿Y qué? respondió mi madre, mirándome con sorpresa.
¿Cómo que “y qué”? ¿Es que se te ha olvidado lo que me prometisteis papá y tú cuando cumpliera los diez?
¿Prometimos? ¿El qué prometimos dejarte hacer?
¡Dejarme tener un perro!
¡No! exclamó mi madre asustada. Cualquier cosa menos eso. Si quieres te compramos un patinete eléctrico, el más caro que encuentres, pero sólo si prometes que nunca vuelves a hablarme de perros.
¿Así que así sois? resoplé conteniendo el enfado. Y luego vais predicando que hay que cumplir la palabra dada, pero para vosotros no cuenta Bueno, bueno
Me encerré en mi habitación y no salí hasta que mi padre llegó del trabajo.
Papá, ¿te acuerdas de lo que me prometisteis mamá y tú…? empecé otra vez, pero mi padre me interrumpió.
Tu madre ya me ha llamado para contarme tu idea. Pero no entiendo para qué quieres un perro.
Papá, ¡si llevo soñando con uno desde hace mucho! ¡Lo sabéis los dos!
Sí, sí Has leído mucho a Enid Blyton y te crees parte de Los Cinco. Nosotros también tuvimos sueños de pequeños. Pero, ¿sabes que un perro con pedigrí cuesta muchísimo dinero?
¡No quiero ninguno con raza! exclamé enseguida. Me vale cualquiera, incluso uno abandonado. El otro día leí en internet sobre perros que dejan tirados y se me partió el alma.
¡No! me cortó mi padre. ¿Cómo que sin raza? ¿Y si es feo? Mira, Miguel, te lo pongo así: acepto traer a casa un perro abandonado sólo si es de raza… y joven.
¿De verdad tiene que ser así? pregunté haciendo una mueca.
Sí mi padre miró a mi madre y le guiñó el ojo sin que yo lo viera. Tendrás que entrenarle, sacarle a concursos caninos. ¿Cómo vas a hacer eso con un perro viejo? Si encuentras en Madrid un perro abandonado, joven y de raza, mamá y yo nos resignamos y te dejamos.
Vale suspiré resignado, aunque no recordaba haber visto nunca un perro así en la calle. Pero nunca se pierde la esperanza, así que lo iba a intentar.
El domingo llamé a mi amigo Álvaro y después de comer nos lanzamos a la búsqueda.
Recorrimos a pie medio Madrid hasta la noche, pero ni rastro de un perro abandonado joven y de raza. Perros bonitos había muchos, sí, pero todos llevaban correa y dueño.
Ya está dije, agotado. Lo sabía. No hemos encontrado nada.
La semana que viene vamos a la perrera propuso Álvaro. Allí a veces tienen perros de raza. Lo leí hace poco. Sólo hay que averiguar la dirección. Pero por hoy, sentémonos a descansar.
Encontramos un banco vacío, nos sentamos y soñamos con que un día recogeríamos un perro precioso del refugio y lo entrenaríamos juntos. Soñamos un rato, descansamos y fuimos de vuelta al barrio.
De repente, Álvaro me agarró por la manga y señaló hacia la acera.
Mira, Miguel.
Seguí su mirada y vi a un cachorrillo blanco y sucio que renqueaba por la acera.
Mestizo fijo sentenció Álvaro, y silbó.
El cachorro se giró al oír el silbido y fue corriendo hacia nosotros, pero se detuvo a dos metros.
No se fía de la gente explicó Álvaro. Seguro que alguien le ha hecho daño.
Silbé yo también y tendí la mano. El perrito se acercó con el hocico, y cuando estuve cerca no huyó; sólo movía la cola manchada con cautela.
Vámonos, Miguel insistió Álvaro, intranquilo. ¿Para qué quieres este perro? Tú buscas uno de raza. Los de raza pueden tener un nombre elegante. A este sólo le pegaría llamarle “Botón”. Álvaro se giró y se alejó deprisa.
Me quedé aún un rato acariciando al perrito y después, triste, seguí tras mi amigo. Pero la verdad, me lo habría llevado a casa sin pensarlo.
De pronto, el cachorro gimió a mi espalda.
Me detuve en seco y escuché su gemido.
Álvaro también paró, miró hacia el perro y me susurró:
Miguel, ven, rápido. No mires atrás. El cachorro te está mirando.
¿Cómo?
Como si fueras su dueño y le estuvieras abandonando. Vamos.
Álvaro echó a correr, pero yo no podía mover los pies. Al final, cuando por fin reuní fuerzas para andar, noté que algo tiraba suavemente de la pernera de mi pantalón. Bajé la mirada y vi los ojos negros y atentos del perro.
Entonces, sin pensarlo más, lo cogí en brazos y lo apreté contra mí. La decisión estaba tomada: si mis padres no querían al cachorro, esa noche me escaparía de casa. Pero iría con él.
Por suerte, mis padres tenían un gran corazón… Y así, al día siguiente, al volver del cole, no sólo me esperaban mamá y papá, sino también Botón, limpio, blanco y saltarín, recibiéndome con alegría.







