¡Mamá, tu hijo ya es un hombre hecho y derecho!
Eso fue exactamente lo que le solté a mi suegra cuando, por enésima vez, le preguntó a su hijo qué calzoncillos llevaba puestos. Por cierto, la criatura acaba de cumplir treinta añazos la semana pasada. Ella vigila cada uno de sus movimientos y, por lo visto, para ella yo ni pincho ni corto.
Me deja pasmada la capacidad que tiene para dirigir el rumbo de la vida de su hijo, pero hasta aquí hemos llegado. La cosa ha llegado al punto de que mi marido se piensa dejar el trabajo si a su madre no le gusta la empresa donde está. Y cuando le da por buscar curro, su madre saca la cartera y le suelta un buen fajo de euros. Y sí, la señora tiene más posibles que el Banco de España, pero yo no quiero compartir casa con un hombre sano y fuerte que vive a cuenta ajena.
El otro día teníamos boda. Mi marido se compró un traje nuevo, bien apañado y nada caro. Su madre casi echa espuma por la boca al verlo; como no llevaba ni una etiqueta de marca, le dio unos cuantos billetes y le mandó a comprarse uno decente.
Hace poco nos regaló un piso, pero claro, a nombre suyo, no vayamos a tentar a la suerte. A mí no me molesta una es bastante práctica, pero un pisito decorado completamente a su gusto… ¿Cómo demonios se supone que me sienta en casa si no puedo ni escoger la tapa del váter?
Por un lado, deberíamos estarle muy agradecidos. Pero por el otro, es como si se estuviese esforzando en restregarnos por la cara lo generosa que es, mientras mantiene su trono bien alto. Todo, absolutamente todo, para su niño. Y a él, por lo visto, le parece estupendo. Ni se le pasa por la cabeza llevarle la contraria.
Hace unas semanas vino mi madre a vernos desde el pueblo. Lógica quería quedarse con nosotros un par de días. Pero cuando mi marido la vio aparecer, lo primero que suelta es:
Damos a tu madre una taza de café y luego la llevamos en taxi a casa de la tía.
Resulta que la santa de mi suegra le había dado la orden de alejar a mi madre de mí, que a saber si no se me pega algo malo…
Mi madre tiene familia en la ciudad, sí, pero ha venido a verme a mí. Lo lógico era que se quedara en mi casa.
¿Sabéis lo que hice? Pues ni corta ni perezosa, me recogí el petate y me fui de casa con mi madre. Y no me arrepiento, porque fue la primera vez que dejé de arrastrarme por agradar a los demás.
Moraleja: Si podéis evitarlo, nunca os emparejéis con un niño de mamá. No merece la pena.







