«¡Mamá, te perdono!»
Ana Pavlona yacía en la cama. Una noche, con voz queda, llamó a su hija.
Crisanta, hija mía, estoy muriendo. Ha llegado el momento de contarte todo. Temo que el tiempo se me escape. Perdóname, hija mía.
¡Mamá, no digas eso! ¡Llamaré a la ambulancia ahora mismo!
No hace falta la ambulancia. Escúchame, Crisanta.
La anciana, afligida, empezó a narrar su larga vida: «Hace ya años, cuando yo era niña, tuve una amiga, Galia. Ambas crecimos en el mismo orfanato y, después, ingresamos juntas en el Instituto de Educación Primaria. Al terminar, nos enviaron a una escuela del campo.
Nos asignaron residencias distintas: a mí me pusieron una casita vacía junto al edificio escolar, y a Galia la dejaron con una pareja de ancianos. Cada rato libre la pasábamos juntas. Íbamos al club del pueblo a bailar al son de un acordeón. El acordeonista era un muchacho muy guapo. Desde que lo vi supe que él sería el único que esperaría toda mi vida. Se llamaba el moreno de ojos oscuros, Vasco.
Los fines de semana corríamos al club. Yo no podía despegar la vista de Vasco y escuchaba su voz profunda. Mi corazón latía dulce cuando percibía su mirada furtiva sobre mí. Pero pronto noté que el acordeonista miraba siempre a Galia y le sonreía, y ella se sonrojaba al recibo. Comprendí entonces que Vasco había preferido a la humilde y discreta Galia.
Intenté en mil ocasiones llamar su atención, pero nada resultó: él ni siquiera me miraba. ¡Qué rabia y celos! Llegué a odiar a Galia con la misma intensidad. Galia brillaba de felicidad, ajena a mi odio. Un día, ella, radiante, se acercó y susurró:
Ana, pronto nos casaremos Vasco y yo.
Supe que era el final de mi vida. Caí en una desesperación total, dejé de comer y dormir; sólo rondaba en mi cabeza un pensamiento: ¡Vasco tiene que ser sólo mío! Por ello estaba dispuesta a cualquier cosa. En el pueblo escuché que en la aldea vecina vivía una vieja curandera, la Señora Pelagia. Me dirigí a ella en busca de ayuda.
Sé por qué has venido dijo la anciana.
Al principio me asustó, pero al recordar a mi Vasco, me armé de valor para emprender un acto oscuro. La bruja preparó una poción de amor, la vertió en una botella y me la entregó.
Dásela a él en la bebida indicó Pelagia.
Quise pagarle, pero la viejecita soltó una carcajada estruendosa:
No quiero tu plata. Más tarde sabrás lo que necesito. Vete.
Al atardecer, Galia y Vasco llegaron a visitar. Era la ocasión perfecta. Preparé la mesa y, sin que notaran, añadí la poción al vaso de Vasco. Tras beber, él pareció transformarse. Galia, percibiendo algo extraño, lo llevó a casa. A la mañana siguiente, Vasco estaba en el umbral de mi casa, insistiendo en que sólo yo era su destino. La bruja no había mentido: ¡había conseguido a mi amado! Nos casamos pronto y vivimos muy felices. Vasco no dejaba de entregarme su alma, y yo no podía respirar sin él. ¿Y Galia?
Mi amiga empezó a evitarme, pero aun así teníamos que vernos. Hasta hoy recuerdo su rostro triste y sus ojos llenos de lágrimas. Los ancianos con los que vivía Galia escupían al pasar y la tachaban de bruja. Por todo el pueblo se corrían rumores de que Galia había quedado embarazada de Vasco y casi se quitó la vida. Sentía lástima por ella, pero amaba a mi marido más que a la vida misma.
Una tarde apareció en nuestra casa el viejo Macario, el abuelo de Galia.
Ven conmigo ordenó el anciano.
¿Para qué? pregunté.
Tu amiga está falleciendo. Te llama respondió.
Me miró y, sin decir palabra, seguí al hombre. En la casa de los ancianos llora un niño. Sobre la cama yace Galia, pálida, apenas respirando. Mi corazón se encogió de dolor y casi me marcho. Entonces Galia abrió los ojos y susurró:
Ana, me estoy muriendo. Lleva a la niña contigo. Que su padre sea el verdadero extendió su mano temblorosa, pero ésta cayó sin fuerza.
¡Qué tragedia, hija! exclamaron los ancianos, cruzándose de brazos.
La abuela Matilde gritó con voz desgarradora y me entregó un envase que retumbaba. Dentro estaba tú, mi niña. No quería llevarte, pero el viejo rugió:
¡Jamás habría confiado en este niño! Pero la voluntad de la difunta Galia tiene que cumplirse. Era una buena persona, que el cielo la reciba. Toma a la niña y vuelve a casa. Y que no te atrevas a ofenderla.
Así llegaste a mis manos. Tu padre se enfadó porque te tomé. Tu llanto constante irritaba a él y a mí. Vasco cambió, empezó a beber y ya no dormía en casa. Mi vida feliz se desmoronaba y yo no podía hacer nada. Hija, jamás imaginaste cuánto te llegué a odiar.
Soñaba con tener mi propio hijo y tú apareciste sobre mi cabeza. Con el tiempo descubrí que estaba embarazada. Vasco, al saberlo, dejó la bebida y empezó a soñar con un hijo. Parecía que la dicha volvía a nuestro hogar. Poco antes del parto, tuve una pesadilla: estaba en un bosque, en una clareira, y una criatura horrenda me observaba, extendiendo sus garras negras y peludas.
¿Me reconoces? He venido a llevar lo que es mío gruñó la bestia con la voz de Pelagia.
Me desperté con un grito de dolor y, al anochecer, di a luz a un niño muerto. Tu padre volvió a beber por la pena y pronto falleció, congelado en la nieve. Tras él, se fueron Macario y Matilde. Quedé sola, con tú, en todo el mundo blanco. Crisantita, te convertiste en el sentido de mi vida pecadora, sin la que no podía vivir.
Creciste y te parecías a tu madre. Siempre intenté decirte la verdad y pedirte perdón, pero nunca lo conseguí. Te casaste, tuviste un nieto maravilloso. Ya no tengo tiempo para posponer esta conversación y me aterra dejar este mundo con tanto peso la mujer calló un instante.
Soy culpable de la muerte de tus padres. ¿Me perdonarás, hija? El pecado que cargo ante Dios y ante vosotros es inmenso.
Una tremenda sacudida recorrió a Crisanta. Lágrimas brotaban como ríos de sus ojos. Reunió fuerzas, abrazó a la anciana que la miraba suplicante y susurró:
¡Mamá, te perdono!
Ana Pavlona murió esa noche, dormida, con una sonrisa fija en el rostro.







