Mamá, sonríe
Almudena nunca aceptaba bien que las vecinas vinieran a casa y le pidieran a su madre que cantara una copla.
Anda, Carmen, cántate algo, que tienes una voz preciosa, y cómo bailas, mujer… empezaba a entonar su madre, las vecinas la seguían y, a veces, todas bailaban juntas en el patio de la casa, bajo el laurel y el azahar.
Por aquel entonces, Almudena vivía con sus padres y su hermano pequeño Mateo en una casa de campo a las afueras de un pueblo manchego. Su madre era alegre y afable, y cuando las vecinas se despedían decía con cariño:
Venid cuando queráis, lo hemos pasado muy bien, qué tarde más entretenida y las otras prometían volver.
A Almudena le incomodaba que su madre cantara y bailara delante de las demás; un pudor extraño la invadía. Estaba en quinto de primaria y, un buen día, se atrevió a decirle:
Mamá, porfa, no cantes ni bailes me da vergüenza y ni ella misma sabía muy bien por qué.
Ahora, ya adulta y madre, sigue sin poder explicarlo. Pero Carmen le contestó con dulzura:
Almudi, no te avergüences, deberías alegrarte; no voy a estar toda la vida cantando y bailando, es mientras soy joven, hija…
Pero Almudena no pensaba en que no siempre iba a haber alegría en casa.
Cuando Almudena estaba en sexto y su hermano en segundo, su padre Vicente se marchó. Recogió sus cosas y cruzó la puerta para no volver. Ella nunca supo realmente qué pasó entre sus padres. Ya de adolescente, un día le preguntó a su madre:
Mamá, ¿por qué se fue papá?
Ya lo entenderás cuando crezcas contestó Carmen, sin encontrar valor para contarle que los había pillado en su propia casa, en la habitación, a su marido con otra mujer del pueblo, Aurora, que vivía a apenas unas calles. Había vuelto temprano del trabajo, olvidando la cartera con los billetes.
La puerta entreabierta llamó su atención su marido debía estar en el campo, no en casa a las once de la mañana. Al entrar, se topó con aquella escena insólita, más absurda que terrible. Vicente y Aurora la miraron sonrientes, como si fuera la extraña en su propio mundo.
Aquel día, por la noche, Vicente intentó hablar, pero la tormenta era inevitable:
Te he preparado la maleta, está en la habitación. No pienso perdonarte jamás.
Sabía que su mujer no le perdonaría, pero intentó una última súplica. Carmen, digna, salió al patio y no volvió la vista atrás. Vicente se fue; ella, escondida tras la parra, le vio marchar con un nudo seco en la garganta.
Bueno… ya nos apañaremos, los niños y yo pensó llorando mientras la luna arrojaba sombras cada vez más alargadas sobre los jazmines. No lo voy a perdonar.
No lo perdonó. Se quedó sola con los dos hijos, sin sospechar aún cuánto pesaría la vida. Tuvo que buscarse dos trabajos: de día limpiaba suelos y, por la noche, ayudaba en la panadería del pueblo, entre hogazas de pan y las canciones que ya no cantaba.
Aunque su padre vivía apenas a cuatro casas, Almudena y Mateo le veían, de vez en cuando jugaban con él y el hijo de Aurora, que curiosamente estaba en la misma clase que Mateo. Carmen nunca prohibió esa relación; los niños iban a ver a su padre, pero siempre volvían a casa a comer. Aurora jamás les daba ni una aceituna. Sin embargo, a veces el hijo de Aurora venía con ellos y Carmen, que tenía buen corazón, daba de comer a todos los niños, sin distinciones ni rencores.
Nunca más vio Almudena a su madre sonreír. Seguía siendo buena y cariñosa, pero el brillo de antes se había perdido; ahora era una constelación silenciosa.
Al regresar del colegio, Almudena intentaba arrancar alguna palabra a su madre contando anécdotas:
Mamá, hoy Lucas ha traído un gatito a clase, maullaba tanto que la profe pensaba que era el propio Lucas el que hacía ruidos y le echó la bronca. Luego descubrimos que tenía el gatito en la mochila y, la profe, después de reírse, los mandó a los dos fuera de clase y citó a su madre.
Vaya murmuraba Carmen, ausente, asomada eternamente al ventanuco, como esperando algo imposible desde el otro lado del cristal.
Por la noche, Almudena oía a su madre llorar. De pie frente a la ventana, en silencio, como si fuera una estatua, la luna recortando su figura. De adulta, recordando aquellas madrugadas, comprendió:
Estaba muy cansada, trabajando sin dormir y, probablemente, tampoco comía bien; pero nunca nos faltó ropa limpia, ni el uniforme planchado recordaba con emoción.
En aquellos tiempos, repetía una y otra vez:
Mamá, sonríe un poquito, que hace mucho que no veo tu sonrisa.
Carmen quería a sus hijos a su manera, nunca les mostró abrazos efusivos, pero siempre les felicitaba por las notas y les cocinaba con esmero, manteniendo la casa en orden y llena de olores a puchero y a limpio. Almudena sentía el cariño materno cuando Carmen le trenzaba el pelo, aunque sus manos ya temblaban y los hombros se le vencían de agotamiento. Empezó también a perder dientes, pero no se ponía prótesis; los huecos en las encías eran como eclipses en su boca.
Almudena terminó el instituto sin plantearse seguir estudiando fuera, no quería dejar sola a su madre y sabía que el dinero no sobraba. Encontró trabajo como dependienta en una pequeña tienda de ultramarinos a dos calles de casa. Todo lo que ganaba iba para ayudar; Mateo crecía deprisa y siempre necesitaba zapatos o pantalones nuevos.
Un día, entró en la tienda un hombre de otra aldea, Miguel, nueve años mayor que ella.
¿Cómo te llamas, guapa? la miró con una sonrisa franca No te había visto antes por aquí y eso que paso a menudo, vendiendo aceite.
Almudena. Tampoco te había visto yo.
Soy Miguel vivo en San Vicente, a ocho kilómetros de aquí.
Así fue como se conocieron. Pronto Miguel comenzó a aparecer cada tarde con su Seat 124 para recogerla. Paseaban, escuchaban la radio en el coche y a veces la llevaba a conocer a su madre, una anciana enferma que apenas salía del cuarto. Había enviudado joven y su mujer abandonó a Miguel, yéndose a la capital con una hija porque no quería cuidar a la suegra enferma.
Miguel tenía un buen corral, una casa grande y en la mesa nunca faltaba carne, naranjas, leche fresca. Almudena se sintió bien acogida, y el embeleso de aquellas meriendas la convenció.
Almudena, ¿quieres casarte conmigo? le propuso un atardecer de otoño. Te aviso, hay que cuidar de mi madre, pero yo te ayudaré siempre.
Ella, aunque se alegró por dentro, ocultó la sonrisa y respondió:
De acuerdo, acepto Miguel la abrazó con fuerza, prometiéndole amor eterno.
Se casaron. Almudena se trasladó a la aldea de Miguel. Para entonces, Mateo estudiaba en Ciudad Real, aprendiendo para mecánico y solo venía en vacaciones.
Con los años, Almudena fue feliz con Miguel; sus dos hijos llegaron uno tras otro como pajarillos, llenando la casa de gritos y carreras. La suegra murió a los dos años y, aunque el campo exigía trabajo, la vida parecía mejorar. Miguel le impedía tareas duras:
No levantes cubos pesados, Almudena; tu labor es ordeñar la vaca y dar de comer a las gallinas. Yo me encargo de los cerdos.
El amor de Miguel por ella y los niños no tenía medida y, aunque de pequeña nunca tuvo animales ni tierras, Almudena aprendió a cuidar todo con maña y dedicación. Cada cierto tiempo, Miguel decía:
Vamos a llevarle carne y leche a la yaya, que lo nuestro es del corral y así no tiene que comprar nada.
Carmen recibía sus presentes con gratitud, pero nunca volvía a sonreír. Ni siquiera jugando con sus nietos se animaba. Almudena sufría al verla así y, una tarde, Miguel le propuso:
Almudena, ¿por qué no hablas con el párroco? A lo mejor él te da un consejo.
El cura prometió rezar por Carmen y le dijo:
Pídele a Dios que le cruce en el camino una buena persona.
Al poco, Carmen pidió un préstamo a su hija:
Almudena, ¿me dejas unos euros? Es que quiero arreglarme los dientes
Claro, mamá, te pago lo que haga falta y le dio algunos billetes, aunque sabía que Carmen insistiría en devolverlo.
Por esa época, Miguel estaba ayudando a su tío Antonio, que acababa de comprar una casa cerca del pueblo. Su esposa le había abandonado y ahora quería rehacer su vida. Miguel y Almudena iban a veces a visitarle, a llevarle dulces y vino.
Un día, Antonio fue a verles, con los ojos chispeantes de quien guarda un secreto:
Vais a venir a casa el domingo. Mañana viene a vivir alguien muy especial conmigo. Ya os enteraréis
Al domingo siguiente, Miguel y Almudena llegaron con regalos en la mano. Cuando Almudena entró en la casa, se quedó petrificada. Frente a ella estaba su madre, Carmen, que sonreía por primera vez en años, un destello de felicidad en su rostro antes tan serio.
¡Mamá! ¡Qué alegría! ¿Por qué no nos avisaste?
No quería decir nada hasta que estuviera segura; y Antonio temía que cambiara de idea. Pero ahora estamos bien, hija.
Miguel y Almudena no cabían en sí de gozo. Por fin, la madre sonreía como antes, como aquellas tardes lejanas en que cantaba para todo el mundo, y la vida, extrañamente, volvía a abrir caminos insospechados bajo el sol manchego.
Gracias por soñar conmigo. Que la vida os regale siempre sonrisas.







