“Mamá, somos nosotros, tus hijos… Mamá…” Les miró. Ana y Roberto habían vivido siempre en la pobreza. La mujer ya había perdido la esperanza de tener una vida feliz y próspera. Había sido joven, ilusionada y soñaba con un futuro brillante para ambos. Pero la vida no fue como lo imaginaban. Roberto trabajaba duro y ganaba poco. Encima, ella se quedó embarazada. Nacieron tres hijos, uno tras otro. Ana llevaba mucho sin trabajar. El sueldo de su marido no era suficiente. Los niños crecían, necesitaban ropa y zapatos. Todo el salario se iba en comida, más las facturas y otras necesidades. Doce años de vivir así dejaron huella en su familia. Roberto empezó a beber. Traía todo el sueldo a casa, pero cada día volvía borracho. Ana empezó a perder la esperanza por culpa de esa vida. Un día, su marido apareció borracho, con una botella de vodka a medio terminar. Ana ya no pudo soportarlo, se la quitó y bebió. Desde entonces, ella también empezó a beber. Al poco tiempo se sintió mejor. Los problemas parecían desaparecer y hasta se animaba. Desde entonces, esperaba casi cada día que su marido le trajera bebida. Así empezaron a beber juntos. Ana se olvidó de sus hijos. Los vecinos del pueblo se preguntaban cómo podía cambiar una persona por culpa del vodka. Luego, los niños iban por el pueblo pidiendo comida. Un día, una vecina se hartó y le dijo: —Ana, es mejor que los lleves al orfanato que dejarlos morir de hambre. ¿Hasta cuándo vas a beber sin pensar en tus hijos? Ana recordaba bien esas palabras. La idea no dejaba de perseguirla. Sería más fácil que los niños no estuvieran en medio. Después de un tiempo, Ana y Roberto finalmente se rindieron y abandonaron a los niños. Así acabaron los tres en un orfanato. Lloraban y esperaban a su madre y a su padre, pero nadie venía a verles. Ana y Roberto ni siquiera se acordaban de sus hijos. Pasaron varios años así. Uno a uno, los chicos salieron del orfanato. Recibieron pequeños pisos de una habitación. Por lo menos tenían dónde vivir. Todos encontraron trabajo y siempre se apoyaron entre ellos. No hablaban de sus padres, pero seguían deseando verles y preguntarles por qué les hicieron eso. Un día, se reunieron y fueron en coche a la casa donde vivían. Por el camino, se encontraron con su madre, que intentaba llegar a casa a duras penas. Pasó a su lado sin mirar siquiera a sus hijos. —Mamá, somos nosotros, tus hijos… Mamá… Ella les miró con ojos vacíos. Y de repente los reconoció. Empezó a llorar y a pedirles perdón. Pero, ¿cómo podía ser perdonada? Los hermanos se quedaron de pie, sin saber qué decir. Finalmente, decidieron que, fuese como fuese, era su madre. Y la perdonaron.

Mamá, somos nosotros, tus hijos Mamá La miraron, sin saber si les reconocería.

Mira, te voy a contar la historia de Carmen y Alejandro. Ellos siempre habían vivido con lo justo, apurando el euro hasta el último céntimo. Carmen ya había perdido la esperanza de tener una vida cómoda y feliz. Había sido una chica joven, enamorada, llena de sueños bonitos para los dos, pero la vida nunca salió como lo había imaginado. Alejandro curraba como un burro y apenas traía dinero a casa. Y, encima, Carmen se quedó embarazada. Tuvieron tres hijos seguidos, uno detrás de otro. Ella hacía años que no podía trabajar, y lo poco que ganaba Alejandro no daba ni para pipas. Los niños crecían y cada poco necesitaban ropa, cuchillas nuevas para el cole, zapatos

Todo el sueldo desaparecía en la compra. Más los recibos de la luz, agua, el gas Ya llevaban más de doce años sobreviviendo así, y todo empezaba a pesarles muchísimo. Alejandro empezó a beber. Siempre llegaba a casa borracho, aunque dejar, dejaba el sueldo entero en casa. Carmen, cada día que pasaba, sentía cómo se enfriaba su corazón. Una de tantas tardes, Alejandro apareció tambaleándose con una botella de orujo en la mano, medio terminada. Carmen, de rabia y desesperación, se la quitó y se la bebió ella. Y desde entonces, empezó también a beber.

A los pocos días, se sintió mejor. Como si los problemas desaparecieran por arte de magia. Incluso empezó a reírse más, como si ya no le afectara nada. Pronto, cada tarde esperaba a que su marido llegara con algo de la bodega. Se acostumbraron a beber juntos.

Carmen empezó a olvidarse de sus hijos. Todo el pueblo murmuraba cómo era posible que el orujo cambiara tanto a una persona. Fue entonces cuando los tres chavales empezaron a pedir a los vecinos un trozo de pan, algo para llevarse a la boca. Hasta que una vecina, cansada de verlos así, fue de frente y le soltó:

Carmen, mejor llévalos a un hogar de niños antes de que se mueran de hambre. ¿Cuánto tiempo más vais a beber y despreocuparos de los críos?

A esas palabras Carmen no podía dejar de darles vueltas en la cabeza. Pensó que, a lo mejor, los niños estarían mejor lejos de ellos. Y así, con el tiempo, Carmen y Alejandro terminaron dejando a los hijos al cargo de los servicios sociales. Los muchachos acabaron en un centro de acogida. Lloraban, esperaban a su madre y a su padre, pero nadie venía nunca a por ellos. Carmen y Alejandro ni siquiera se acordaban de que tenían hijos.

Así pasaron los años, poco a poco los chavales salieron del centro y les dieron, de la Junta, unos pisitos pequeños, de una sola habitación, pero al menos tenían un techo. Todos encontraron algún trabajo. Eso sí, siempre estuvieron para apoyarse entre hermanos. Jamás hablaban de sus padres, pero muy en el fondo, seguían con esa espinita de querer verlos y preguntarles por qué.

Un buen día, se juntaron y subieron en coche hasta donde su madre vivía. Por la calle, se la cruzaron, la pobre apenas podía ya andar. Pasó por su lado sin reconocerles.

Mamá, somos nosotros, tus hijos Mamá

Carmen los miró con los ojos perdidos, pero en ese momento, algo dentro se le encendió y los reconoció.

Empezó a llorar y a pedirles perdón, como si las palabras pudieran reparar todo lo vivido. ¿Cómo podía realmente haber perdón? Los hijos se quedaron sin palabras. Y aún así, en silencio, pensaron que, pasara lo que pasara, ella seguiría siendo su madre. Y la abrazaron.

Rate article
MagistrUm
“Mamá, somos nosotros, tus hijos… Mamá…” Les miró. Ana y Roberto habían vivido siempre en la pobreza. La mujer ya había perdido la esperanza de tener una vida feliz y próspera. Había sido joven, ilusionada y soñaba con un futuro brillante para ambos. Pero la vida no fue como lo imaginaban. Roberto trabajaba duro y ganaba poco. Encima, ella se quedó embarazada. Nacieron tres hijos, uno tras otro. Ana llevaba mucho sin trabajar. El sueldo de su marido no era suficiente. Los niños crecían, necesitaban ropa y zapatos. Todo el salario se iba en comida, más las facturas y otras necesidades. Doce años de vivir así dejaron huella en su familia. Roberto empezó a beber. Traía todo el sueldo a casa, pero cada día volvía borracho. Ana empezó a perder la esperanza por culpa de esa vida. Un día, su marido apareció borracho, con una botella de vodka a medio terminar. Ana ya no pudo soportarlo, se la quitó y bebió. Desde entonces, ella también empezó a beber. Al poco tiempo se sintió mejor. Los problemas parecían desaparecer y hasta se animaba. Desde entonces, esperaba casi cada día que su marido le trajera bebida. Así empezaron a beber juntos. Ana se olvidó de sus hijos. Los vecinos del pueblo se preguntaban cómo podía cambiar una persona por culpa del vodka. Luego, los niños iban por el pueblo pidiendo comida. Un día, una vecina se hartó y le dijo: —Ana, es mejor que los lleves al orfanato que dejarlos morir de hambre. ¿Hasta cuándo vas a beber sin pensar en tus hijos? Ana recordaba bien esas palabras. La idea no dejaba de perseguirla. Sería más fácil que los niños no estuvieran en medio. Después de un tiempo, Ana y Roberto finalmente se rindieron y abandonaron a los niños. Así acabaron los tres en un orfanato. Lloraban y esperaban a su madre y a su padre, pero nadie venía a verles. Ana y Roberto ni siquiera se acordaban de sus hijos. Pasaron varios años así. Uno a uno, los chicos salieron del orfanato. Recibieron pequeños pisos de una habitación. Por lo menos tenían dónde vivir. Todos encontraron trabajo y siempre se apoyaron entre ellos. No hablaban de sus padres, pero seguían deseando verles y preguntarles por qué les hicieron eso. Un día, se reunieron y fueron en coche a la casa donde vivían. Por el camino, se encontraron con su madre, que intentaba llegar a casa a duras penas. Pasó a su lado sin mirar siquiera a sus hijos. —Mamá, somos nosotros, tus hijos… Mamá… Ella les miró con ojos vacíos. Y de repente los reconoció. Empezó a llorar y a pedirles perdón. Pero, ¿cómo podía ser perdonada? Los hermanos se quedaron de pie, sin saber qué decir. Finalmente, decidieron que, fuese como fuese, era su madre. Y la perdonaron.