Querido diario,
Hoy no pot evitar să rememorez una imagen grabada en mi memoria Mamá, somos nosotros, tus hijos… Mamá… Se giró hacia nosotros.
Isabel y Ramón habían vivido toda su vida sumidos en la escasez. Recuerdo el tiempo en que mi madre aún guardaba alguna esperanza en un porvenir luminoso y dichoso. Fue joven y estuvo enamorada, soñando para ambos un futuro feliz en Madrid. Pero la vida no siguió el guion de sus sueños. Ramón trabajaba sin descanso, pero apenas traía suficiente a casa. Para colmo, mi madre quedó encinta. Llegamos tres hermanos, uno tras otro. Isabel dejó de trabajar mucho tiempo antes. El sueldo de mi padre apenas alcanzaba. Nosotros, los niños, crecíamos y necesitábamos ropa y zapatos nuevos.
Todo lo que entraba se iba en comida. Además, los recibos y los gastos diarios ni descansaban. Doce años así dejaron huella en nuestra familia. Papá empezó a beber. Siempre volvía a casa borracho, aunque nunca dejó de traernos el sueldo. Mi madre, cansada de esta vida, perdió el corazón por él. Una tarde, recuerdo cómo papá llegó tambaleándose, con una botella de orujo en la mano. Mamá, harta de todo, se la arrancó y se la bebió de un trago. Desde ese instante, ella también empezó a beber.
Durante un tiempo, todo le parecía menos pesado. Las preocupaciones y el dolor desaparecían. Incluso llegó a reírse. Así fue como mi madre esperaba cada noche a que papá trajese la bebida y se sumergían juntos en el mismo abismo.
Isabel dejó de vernos. La gente del barrio se preguntaba en voz baja cómo podía el orujo transformar así a alguien. Al poco tiempo, mis hermanos y yo tuvimos que ir pidiendo pan y algo de comida por las calles de Vallecas. Un vecino, viendo la situación, no pudo más y le dijo:
Isabel, mejor lleva a los chicos a un hospicio a que los veas morir de hambre aquí. ¿Hasta cuándo vas a beber y olvidarte de tus hijos?
Esas palabras quedaron flotando. Mi madre las recordaba, yo lo sé. A veces pensaba que hubiera sido mejor no tenernos rondando por la casa. Con el tiempo, finalmente mis padres nos abandonaron. Mis hermanos y yo acabamos en una casa de acogida. Llorábamos esperando a que mamá y papá aparecieran a rescatarnos. Nunca volvieron. Isabel y Ramón ni siquiera llegaban a recordarnos.
Así pasaron los años. Poco a poco, mis hermanos fueron dejando el hospicio. El Estado nos dio un pequeño piso a cada uno apenas una habitación pero al menos teníamos techo. Todos encontramos algún trabajo. Nunca dejamos de apoyarnos. Jamás tocábamos el tema de nuestros padres, pero, en el fondo, seguíamos deseando enfrentarlos algún día y preguntarles por qué.
Un día, nos reunimos y fuimos juntos en el coche a la antigua casa. Por el camino, nos cruzamos con mamá. Caminaba agotada hacia casa. Pasó de largo, sin reconocernos siquiera.
Mamá, somos nosotros, tus hijos… Mamá…
Entonces, se volvió. Nos miró con los ojos apagados, como si buscara en algún rincón de su memoria. Y de repente, nos reconoció.
Se puso a llorar, nos pidió perdón entre sollozos. Pero, ¿cómo se perdona algo así? Nosotros estábamos allí, sin saber qué decir. Al final, decidimos que, a pesar de todo, seguía siendo nuestra madre. Y la perdonamos.







