María Ángeles cumplió sesenta años. Una cifra redonda, un cumpleaños importante. Toda su vida trabajó como profesora en una universidad, educó a su única hija, Carmen, criando a una mujer honesta, independiente y, según ella, sabia. Después de jubilarse, se sintió especialmente sola, y como muchas mujeres de su edad, empezó a decirle cada vez más a su hija: “Carmen, ten un hijo. Ya es hora. Quiero tener nietos”. Parecía una simple petición de madre. Carmen sonreía, lo eludía, hasta que de repente… decidió darle un nieto a su madre.
Su esposo, Javier, era programador, exitoso y con buen sueldo. Carmen tampoco se quedaba atrás: activa, emprendedora, siempre en movimiento. En dos años de matrimonio abrieron su propia tienda online, la cerraron, viajaron por Europa haciendo autostop, asistieron a un festival de motocicletas, vivieron un par de meses en un hostel en Portugal, recorrieron España en bicicleta y celebraron el año nuevo en un campamento. Carmen no usaba faldas, no le gustaba el maquillaje y conoció a Javier en un encuentro musical de verano cerca del Ebro.
Cuando su madre volvió a hablar de nietos, Carmen sorprendentemente no se opuso. Y poco después, en el cumpleaños de María Ángeles, pronunció un brindis que la madre no olvidaría jamás: “Mamá, ¡vas a ser abuela!” Lágrimas de felicidad, brillo en los ojos — todo estaba allí. A partir de ese momento, comenzó a vivir su sueño: tejía botitas, compraba ropa de bebé, leía en Internet sobre qué juguetes estimulantes necesitaban los recién nacidos. Y Carmen y Javier siguieron con su vida de viajes, reuniones, exposiciones y nuevos proyectos. Carmen ni siquiera pensaba en quedarse en casa. El embarazo iba bien, y decía: “No estoy enferma, solo estoy embarazada”.
Los problemas empezaron en el séptimo mes, cuando no la dejaron embarcar en un vuelo a Japón. Carmen no se lamentaba por su marido, que voló solo, sino por la aerolínea. “Un servicio pésimo”, se quejaba.
El niño nació y le llamaron Jaime. Rubito, de ojos azules, un verdadero ángel. María Ángeles lloró de alegría. Pero la felicidad no duró mucho. Ya en el hospital, Carmen declaró: “No voy a dar el pecho. Que no se acostumbre a mí. Quiero vivir mi vida”. Ya había hecho arreglos con una agencia para encontrar una niñera. Pero su madre la miró con tal intensidad que Carmen se quedó callada. “Una niñera, solo sobre mi cadáver”, dijo María contundente. Así empezó todo.
A partir de los tres meses, Jaime se convirtió en parte diaria de la vida de su abuela. Iba a su apartamento como si fuera un trabajo: por la mañana temprano iba, y por la noche tarde volvía. Cambiaba pañales, alimentaba, bañaba, le ponía a dormir. Todo por su nieto. Un día, Javier recibió una llamada: unos conocidos vendían una casa en Brasil a un precio de ganga. Una oportunidad. Se marcharon a toda prisa, dejando al niño con la abuela “por una semanita”.
Pasó una semana. Luego un mes. Luego dos. Carmen no regresó. Apareció casi un año después, cuando Jaime cumplió un año. Pasó dos días con él y volvió a desaparecer “por asuntos pendientes”. Al despedirse, besó a su hijo en la cabeza y le dio a la abuela un sobre de dinero. “Volveremos cuando él tenga cinco años. Mientras tanto, contrata a una niñera”.
Pero María Ángeles se negó. No veía a su nieto como una “carga temporal”. Se había convertido en el sentido de su vida. Se levantaba con él, se acostaba a su lado, le contaba cuentos, le enseñaba sus primeras palabras. Sí, le costaba. Sí, su edad. Pero el corazón no envejece.
Ahora, cada día está con él en el parque, de paseo, en el pediatra. Y Carmen le envía fotos de la playa, haciendo surf, con cócteles, “nuevos horizontes” en su vida. Solo que en sus horizontes no está Jaime. Pero la abuela está segura: algún día él entenderá quién realmente siempre estuvo a su lado. Porque a los nietos no se les regala por un cumpleaños. Se les trae al mundo para amar.







