¡Hola, cariño! Te voy a contar una historia que me ha llegado al alma. Resulta que Marina y su marido, Toño, entraron corriendo en el piso de sus padres. “Mamá, papá, ¿qué pasa? Nos dijisteis que viniera”, preguntó Marina, preocupada.
La cosa venía de lejos. La madre estaba enferma, tenía una enfermedad grave, en segunda fase Había pasado por quimioterapia y radioterapia. Estaba en remisión y el pelo le había crecido un poco, pero, por desgracia, la mejoría no duró.
“Marina, Toño, buenas tardes, pasad”, dijo la madre, pálida y delgada como una niña.
“Hijos, sentaos. Tenemos una petición un poco rara, escuchad a vuestra madre”, añadió el padre, algo desconcertado.
Marina y Toño se sentaron en el sofá, expectantes. Irene, la madre, respiró hondo y miró a su marido, Pepe, buscando apoyo.
“Marina, Toño, no os sorprendáis, pero os voy a pedir algo muy extraño. En fin Os lo rogamos de corazón. ¿Podríais adoptar un niño por nosotros? A nosotros no nos dejan por la edad, y hay otros motivos”
Hubo un silencio.
Marina fue la primera en reaccionar:
“Mamá, esto es increíble Justo nosotros estábamos pensando en lo mismo. Tenemos a las niñas, Lucía y Paula, pero queríamos un niño, y los médicos no recomiendan otro embarazo Habíamos pensado en adoptar.”
Irene, nerviosa, se pasó la mano por el pelo corto. “Es que he empeorado. Y una amiga mía, la tía Pilar, me contó algo. ¿La recuerdas? Antes tenía un lunar que le tapaba casi un ojo, pero se lo quitó. Fue a ver a una señora en un pueblo, la abuela Carmen, y le ayudó. Me insistió en ir.”
Marina y Toño escuchaban sin entender bien adónde iba la historia.
“Pues bien”, continuó Irene, “la abuela Carmen me preguntó algo raro: ‘¿Tienes un hijo?’. Le dije que no, solo a Marina y mis nietas. Pero entonces insistió: ‘¿Y antes?’. Me quedé helada porque nadie sabía que perdí un bebé, un niño, antes de Marina.”
La voz de Irene tembló. “La abuela me dijo: ‘Adopta un niño. Así equilibrarás las cosas’. Y se fue. Lloré como nunca Sentí que debía darle amor a otro niño, como si fuera una segunda oportunidad.”
Marina, con lágrimas, la abrazó. “Mamá, lo haremos juntos.”
Poco después, visitaron el orfanato. Entre los niños, un rubio les llamó la atención, pero de repente, un niño más mayor, con ojos tristes, les susurró:
“Señora por favor, lléveme con usted. Se lo prometo, no se arrepentirá.”
Adoptaron a Nico. Las niñas estaban encantadas con su hermano, y él, a su vez, empezó a llamar a Irene “mamá Iri”.
Pero Irene empeoró. Los médicos recomendaron operación. “Es 50-50”, dijo el doctor.
El día de la cirugía, todos estaban nerviosos. Pepe no encontraba a Nico hasta que lo descubrió en su habitación, abrazando la bata de Irene, llorando.
“Mamá Iri, no te vayas No quiero perderte otra vez”, sollozaba.
De pronto, sonó el teléfono. Era el médico. “Pepe la operación fue complicada, pero salió bien. Tu mujer está viva. Fue un milagro.”
Pepe abrazó a Nico. “¡Lo has oído! ¡Mamá Iri vive! Gracias, hijo mío Gracias por rogar por ella.”
Y así, entre lágrimas, supieron que algunas segundas oportunidades vienen del destino.







