— Mamá, mejor no vengas ahora. La distancia es mucha, todo un viaje en tren de noche y ya no eres ni…

No, mamá, ahora mismo no vengas, de verdad. Piénsalo un poco. El viaje desde Burgos a Madrid es muy largo, toda la noche en el tren, y tú ya no eres una niña… ¿Para qué te vas a poner en ese lío? Además, estamos en primavera y seguro que tienes el huerto hecho un desastre, con mil cosas pendientes me suelta mi hijo.

Hijo, pero ¿cómo que para qué? Hace siglos que no nos vemos. Y a tu mujer le tengo unas ganas… que ya va tocando conocer bien a mi nuera, ¿no? respondo yo, sin filtros.

Venga, mamá, hazme caso: espérate a finales de mes y venimos nosotros de visita, que con la Semana Santa hay varios días libres me tranquiliza el chiquillo.

Voy a reconocer que tenía la maleta medio hecha, pero va, me convenció. Le juré no moverme de casa y esperarles con los brazos abiertos.

Claro, nadie se presentó. Llamé al niño varias veces, pero nada, que si no puede hablar, que está ocupadísimo. Al final, accedió a devolverme la llamada, solo para soltarme que no iba a poder venir y que lo mejor sería que yo tampoco le esperase.

Me llevé un buen disgusto. Llevaba semanas ilusionada con tener a mi hijo y a la nuera en casa. Se casó hace más de medio año y yo aún no he visto a esa señora ni una sola vez.

A mi hijo, Sergio, lo tuve para mí, como se dice. Ya había pasado de los 30, sin marido ni nada, y pensé: pues me planto una criatura. No me arrepiento, ni un instante. Han sido años duros, eso sí, a dos velas, tirando de tres curros para dar al niño lo que necesitaba.

Sergio creció y se fue a estudiar a Madrid. Para echarle una mano al principio, tuve incluso que irme a Francia a limpiar casas, para mandarle la pasta suficiente para que tirara en la capital. El corazón de madre se me hinchaba de poder ayudarle, la verdad.

Al tercer año ya empezó a currar él para sus gastos, y cuando terminó la carrera, se apañaba solito. Venía a casa poco, una vez al año y gracias. Y yo, Madrid no lo he pisado en mi vida, qué bochorno.

Pensé: el día que se case, allí sí que voy”. Empecé a guardar cada euro, 2.500 en total.

Hace seis meses llegó la esperada noticia: Mamá, me caso. Ah, pero ojo al dato

Mamá, no vengas ahora porque solo vamos al registro. La boda será más adelante me avisó el angelito.

Me fastidió, pero mira, qué le vamos a hacer. Me presentó a la nuera por videollamada. Alba, simpática, muy guapa y, según supe, forrada. Su padre, un señor de esos que hacen que los bancos se pongan nerviosos. ¿Qué iba yo a decir? Pues me alegré por mi hijo, que le iba de película.

Pero nada, ni me invitan ni vienen ellos. Al final, no aguanté más: saqué billetes de tren, preparé tortillas, pan casero, un par de tarros de conserva; y allá que me fui al foro. Antes de subirme al tren, llamo a Sergio:

¡Mamá, no fastidies! ¿Para qué vienes? Estoy currando y no puedo ni recogerte. Mira, te mando la dirección y coges un taxi me responde el gachó.

Llego a Madrid, llamo al taxi, y cuando vi el clavo de la carrera casi me da un soponcio. Pero bueno, por lo menos la ciudad, al amanecer, está preciosa.

Me abre la puerta Alba. Ni media sonrisa, ni abrazo ni nada. Solo me invita seca a la cocina. Y de mi hijo, ni rastro; se había ido al trabajo antes de que el gallo cantara.

Empiezo a sacar lo que traía: patatas, zanahorias, huevos, manzanas secas, unos botes de setas, pepinillos, tomate frito, mermelada Alba lo mira todo como si fueran bombas. Y va y suelta que para qué traigo eso, si ellos no comen esas cosas y, total, ella ni cocina.

¿Y entonces qué coméis? le digo, flipando.

Aquí pedimos comida a domicilio todos los días. Cocinar me horroriza, luego la cocina apesta contesta tan pancha.

No me había repuesto del susto, que entra en la cocina un crío de 3-4 años.

Te presento a mi hijo. Se llama Iker me dice Alba.

¿Iker? pregunto yo, por asegurarme.

Sí, sí, Iker, nada de Nacho ni historias. Odio que le cambien el nombre.

Como tú digas, Alba…

¡Alba, no Albaíta! Aquí nadie cambia nombres, pero claro, eso tú no lo sabes… me salta, toda digna.

Me dieron ganas de echarme a llorar. Y no por que mi hijo se haya casado con una mujer con hijo y no me lo contase, si no porque no me ha dicho nada de nada.

Pero las sorpresas no acabaron ahí. Miro a la pared y veo un retrato enorme de novios.

Oye, por lo menos os hicisteis fotos bonitas, aunque no hubo boda… intento romper el hielo.

¿Cómo que no hubo? Si fue una señora boda con 200 invitados. Solo faltaste tú, porque Sergio dijo que te habías puesto mala. Igual fue lo mejor, ¿y qué le vamos a hacer? A Alba se le escapan las miraditas de arriba abajo.

¿Quieres desayunar?

Venga…

Me pone una taza de té y un par de láminas de queso caro. En su mundo eso es desayuno. Yo, con el estómago vacío después del viaje, necesito algo más. Propongo hacerme unos huevos fritos con mi pan casero, pero Alba lo prohíbe tajantemente: que si el olor, que si la dieta.

Ella y Sergio llevan una alimentación saludable, por supuesto. El pan ni probarlo, que engorda. Se me quita el hambre de golpe. Tantos años esperando ir a la boda, ahorrando los 2.500 euros, y resulta que ni boda ni nada.

Me dejo el té a medias. Silencio en la cocina, de los que cortan el aire. En esto, el crío se me arrima todo cariñoso. Cuando intento abrazarle, a Alba casi le faltan manos para impedírmelo: Por favor, que no sabemos de dónde vienes. Es un niño pequeño.

Como no había traído juguetes, le ofrezco un tarro de mermelada de frambuesa: toma, para que meriendes con tortitas. Alba me lo arrebata inmediatamente de las manos: ¡Pero cuántas veces hay que repetirlo! No comemos azúcar. Aquí comemos bien”.

Tenía un nudo en la garganta… y yo sin desayunar. Me fui a coger el abrigo en silencio; a Alba ni le importó. Ni me preguntó a dónde iba ni nada.

Salí del portal, me senté en un banco, y lloré con ganas. Nunca me había sentido tan desgraciada.

Al poco la veo salir a pasear al niño y llevarse todas mis conservas al contenedor. Cuando se marcharon, las recogí y me fui tristeando a Atocha. Por suerte, conseguí un billete de vuelta para esa misma tarde, alguien lo había devuelto.

En la estación había una tasca. Pedí un plato de cocido, un filete de ternera bien frito, patatas y ensalada. Pagas un pico, pero qué narices, ¿no me merezco yo algo bueno?

Dejé mis bolsas en la consigna y aún me sobraron horas para pasear por Madrid. La ciudad, oye, es una maravilla. Hasta conseguí olvidarme un poco del drama.

No pegué ojo en el tren de regreso. No podía dejar de pensar en que mi hijo no me llamó ni para preguntar si estaba bien.

Una hubiera apostado antes a que nevaba en agosto que a que mi Sergio me iba a salir así. Le he puesto toda mi ilusión y resulta que ni me necesita.

Y ahora no sé qué hacer con los 2.500 euros que ahorré para su boda. ¿Dárselos igual, por si se le ocurre recordar que tiene madre? ¿O nada, que tampoco se lo ha ganado a pulso?

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MagistrUm
— Mamá, mejor no vengas ahora. La distancia es mucha, todo un viaje en tren de noche y ya no eres ni…