¡Mamá, me caso! — exclamó Víctor con alegría. — Me alegro — respondió Sofía con poco entusiasmo. …

¡Mamá, me caso! exclamó con júbilo el hijo.
Me alegro respondió sin entusiasmo Doña Magdalena García.
Mamá, ¿qué te pasa? preguntó asombrado Álvaro.
Nada… ¿Dónde piensan vivir? inquirió su madre, entrecerrando los ojos.
Aquí, claro. ¿No te importa? contestó el hijo. El piso tiene tres habitaciones, ¿cómo no vamos a caber?
¿Y acaso tengo elección? replicó la madre.
No vamos a alquilar un piso, ¿verdad? dijo Álvaro, desanimado.
Está claro que no tengo alternativa suspiró Doña Magdalena.
Mamá, ahora los precios de los alquileres están por las nubes. Si alquiláramos, no nos quedaría ni para comer. argumentó Álvaro. Te prometo que no será para siempre. Trabajaremos y ahorraremos para comprar un piso propio, así podremos hacerlo mucho más rápido.
Doña Magdalena se encogió de hombros.
Ojalá… murmuró. Está bien. Venís, os quedáis el tiempo que haga falta, pero tengo dos condiciones: las facturas de la luz y el agua a partes iguales, y desde luego no seré vuestra criada.
Perfecto, mamá, como tú digas aceptó de inmediato Álvaro.

Los jóvenes celebraron una boda sencilla, y empezaron a convivir los tres en el mismo piso: Doña Magdalena, Álvaro y la recién llegada, la nuera, Marta.
Desde el primer día en que los recién casados se instalaron, Doña Magdalena empezó a tener una agenda apretadísima. Los jóvenes regresaban de trabajar y no encontraban a la madre en casa. Las cazuelas, vacías. El piso, patas arriba. Todo estaba exactamente igual de desordenado que cuando se fueron por la mañana.

Mamá, ¿dónde has estado? preguntó Álvaro sorprendido una tarde.
Pues mira, hijito, me han llamado del Centro Cultural. Querían que cantara en el Coro de Música Popular. Ya sabes que tengo voz… contestó ella, embelesada.
¿De verdad? Álvaro abrió mucho los ojos.
¡Claro! Se te olvida, pero en su día te lo conté. Allí nos reunimos unos cuantos jubilados como yo y cantamos juntos. Me lo he pasado fenomenal, mañana pienso volver sin falta declaró llena de energía Doña Magdalena.
¿Mañana también coro? preguntó el hijo.
No, mañana hay velada literaria, leeremos poemas de Lorca. dijo ella. No sabes cuánto me gusta Lorca.
¿En serio? volvió a expresar Álvaro su asombro.
¡Ay, hijo, eres tan despistado! Y yo que pensaba que me conocías le reprochó suavemente Doña Magdalena.

Marta, la nuera, observaba la escena en silencio, sin opinar.
A partir de aquel momento, Doña Magdalena pareció rejuvenecer: asistía a talleres y actividades para mayores, su grupo de amigas creció, y con frecuencia se reunían en el piso, acaparaban la cocina hasta bien entrada la noche, tomaban té, traían rosquillas, jugaban a la lotería y se reían. Los días que no tenía compañía, salía a pasear o se enfrascaba en una serie, tan absorta que no oía ni cuando los jóvenes llegaban y la saludaban.

De las tareas del hogar, Doña Magdalena se apartó completamente, dejando todo en manos de Marta y Álvaro. Al principio, los jóvenes no se quejaban; luego Marta lanzaba miradas de soslayo; después murmuraban entre dientes y, finalmente, Álvaro empezó a suspirar cada vez más alto. Pero Doña Magdalena no prestaba atención a esos detalles, continuando con una vitalidad envidiable para su edad.

Un día, Doña Magdalena regresó a casa exultante, tarareando Clavelitos. Entró en la cocina, donde los jóvenes comían un sencillo cocido, y anunció:
¡Queridos, podéis felicitarme! He conocido a un hombre maravilloso y mañana viajamos juntos a un balneario. ¿No es una gran noticia?
Sí, claro contestaron los dos al unísono.
¿Lo vuestro va en serio? preguntó Álvaro con cautela, inquieto por la posibilidad de tener un nuevo inquilino.
De momento no puedo asegurarlo, espero que después del balneario lo vea más claro. repuso Doña Magdalena, se sirvió una generosa ración de cocido y hasta repitió.

Al volver del viaje, Doña Magdalena llegó desilusionada. Contó que Miguel no estaba a su altura y que lo habían dejado, pero enseguida añadió que aún tenía muchas cosas por delante. Sus talleres, paseos y reuniones siguieron como siempre.

Al fin, tras otro día de regresar a casa y encontrarlo todo manga por hombro y la nevera vacía, Marta explotó, cerrando la puerta de la nevera con estruendo y exclamó, indignada:
¡Doña Magdalena! ¿No podría usted ayudar también en casa? ¡Esto es un desastre! ¡La nevera está vacía! ¿Por qué tenemos que hacer todo nosotros y usted no?
Bueno, bueno, ¿y ese genio de dónde sale? se extrañó Doña Magdalena. Si vivierais solos, ¿quién os haría todo el trabajo entonces?
Pero usted está aquí protestó Marta.
Aquí no soy la esclava Isaura, ya he servido lo mío, ¡y de sobra! Y le recuerdo a Álvaro que le avisé de que no sería la asistenta. Si él no te lo contó, no es culpa mía explicó Doña Magdalena.
Pensé que era una broma admitió Álvaro, poco convincente.
Así que queréis disfrutar de la vida y que yo todavía recoja vuestros trastos y prepare ollas de comida. ¡Pues no! No dije que lo haría entonces, y no pienso hacerlo ahora. Si os incomoda o no os gusta, podéis vivir por vuestra cuenta concluyó Doña Magdalena, y se retiró a su habitación.

A la mañana siguiente, como si nada hubiera pasado, Doña Magdalena, entonando ¡Ay pena, penita, pena!, se puso una blusa bonita, se pintó los labios de rojo y salió rumbo al Centro Cultural, donde le esperaba el Coro de Música Popular.

Rate article
MagistrUm
¡Mamá, me caso! — exclamó Víctor con alegría. — Me alegro — respondió Sofía con poco entusiasmo. …