¡Mamá, me caso! exclamó con alegría el hijo.
Me alegro respondió Rosario González, con poco entusiasmo.
Mamá, ¿pero qué te pasa? preguntó Víctor, sorprendido.
Nada ¿Y dónde pensáis vivir? preguntó la madre, entornando los ojos.
Aquí, claro. ¿No te importa, verdad? respondió el hijo. El piso es grande, tres habitaciones, ¿cómo no vamos a caber?
¿Tengo acaso otra opción? repuso la madre.
¿Vamos a ponernos a alquilar un piso? preguntó el hijo, decaído.
Ya veo que no tengo elección dijo Rosario, resignada.
Mamá, ahora los alquileres están por las nubes, no nos llegaría ni para la comida argumentó Víctor. No será para siempre, trabajaremos y ahorraremos para comprar nuestro piso. Así es mucho más rápido.
Rosario González se encogió de hombros.
Espero que así sea murmuró. Pues mira, entráis, vivís aquí el tiempo que necesitéis, pero tengo dos condiciones: los gastos de la casa se reparten entre los tres y yo no soy la criada de nadie.
Vale, mamá, lo que tú digas aceptó Víctor de inmediato.
La boda fue sencilla y desde ese día empezaron a convivir en el piso: Rosario González, Víctor y la nuera, Carmen.
Desde el primer día, cuando los recién casados se instalaron, a Rosario empezaron a surgirle compromisos urgentes. Los jóvenes llegaban cansados del trabajo y la casa estaba patas arriba, sin comida en las ollas, todo desordenado igual que por la mañana.
Mamá, ¿dónde has estado? preguntó el hijo, intrigado, al caer la noche.
Mira, Víctor, me llamaron del Centro Cultural y me invitaron a cantar en la Coral de música popular Ya sabes que mi voz es especial, ¿te acuerdas?
¿De verdad? se sorprendió él.
¡Claro! Que lo has olvidado, pero te lo conté. Nos reunimos un grupo de jubilados, todos cantamos juntos. Lo pasé tan bien que mañana repito anunció Rosario, animada.
¿Y mañana también coral? preguntó el hijo.
Mañana toca tertulia literaria, leeremos a Federico García Lorca. Sabes cuánto me gusta Lorca afirmó Rosario.
¿En serio? se volvió a sorprender él.
¡Claro! Eres muy despistado con tu madre… le reprochó Rosario con suavidad.
Carmen, la nuera, solo escuchaba en silencio.
Desde que Víctor se casó, Rosario encontró una segunda juventud: se apuntó a todas las actividades culturales de jubilados, renovó su grupo de amigas y a menudo llenaban la casa con risas, tomaban té con magdalenas que traían consigo, jugaban al bingo hasta la medianoche. Otras veces salía a pasear o se enganchaba a alguna serie, tan absorta que apenas oía cuando los chicos llegaban y la saludaban.
Las tareas de casa, Rosario ni tocarlas. Declaró desde el inicio que ya no le correspondían y delegó todo en Carmen y Víctor. Al principio no se quejaron, luego Carmen empezó a mirar mal, más tarde cuchicheaban molestos entre ellos, y pronto Víctor suspiraba con fuerza. Pero Rosario parecía inmune a esas sutilezas, aferrada a su ritmo vital.
Un día, volvió a casa radiante, tarareando La Tarara por lo bajo. Entró en la cocina, donde la pareja cenaba un triste caldo recién hecho, y les dijo con entusiasmo:
¡Queridos, felicidades! He conocido a un caballero estupendo y mañana nos vamos juntos al balneario. ¿No es una noticia fantástica?
Sí contestaron los dos a la vez.
¿Y es algo serio? preguntó Víctor, temiendo que pronto hubiera otro inquilino.
No puedo saberlo todavía. Espero que, después del balneario, todo quede claro dijo Rosario, se sirvió caldo y repitió plato con ganas.
Al regresar del viaje, Rosario volvió decepcionada. Contó que Alfonso no estaba a su altura y se habían despedido, pero afirmó convencida que aún le quedaba mucho por descubrir. Sus actividades y salidas continuaron igual de animadas.
Finalmente, un día, los jóvenes entraron en el piso y lo encontraron desordenado como siempre, sin comida. Carmen perdió la paciencia; tras golpear la nevera vacía, exclamó irritada:
¡Rosario! ¿No puedes encargarte también de la casa? ¡Es un desastre! ¡No hay nada en la nevera! ¿Por qué tenemos que hacerlo todo nosotros, y tú nada?
¿Por qué estáis tan agobiados? preguntó Rosario, sorprendida. Si vivierais solos, ¿quién os haría todas las tareas?
Bueno, pero es que estás aquí replicó Carmen.
Pero yo ya no soy la esclava de nadie, ya he servido suficiente. Ya avisé a Víctor que no sería la asistenta, ese era mi trato. Que él no te haya dicho nada, no es problema mío contestó Rosario.
Pensé que lo decías en broma murmuró Víctor, confundido.
¿Pretendéis vivir cómodamente y que encima limpie vuestros desastres y cocine para todos? ¡No! Dije que no, y lo mantengo. Si algo os incomoda, podéis ir a vivir aparte terminó Rosario, y se encerró en su habitación.
Al día siguiente, como si nada, se puso una blusa bonita, se pintó los labios de rojo y canturreando Anda Jaleo, jaleo salió rumbo al Centro Cultural, donde la esperaba la Coral de música popular.







