Pues te cuento, esto parece de esas historias que con el tiempo uno acaba repasando en la cabeza. Mira, resulta que nuestra protagonista es Lucía, que vuelve a casa de trabajar agotada. Ni bien cruza el recibidor de su piso en Madrid, ya oye la voz de su suegra desde el pasillo:
Lucía, ¿otra vez has dejado la toalla mojada colgada en el baño?
Ahí estaba Carmen, con los brazos cruzados, mirándola como si fuese la inspectora jefe del vecindario.
Está secándose dice Lucía, quitándose el abrigo. Por eso tiene el gancho ahí.
En las casas de bien, las toallas se ponen en el radiador, no en cualquier sitio. Pero claro, tú eso no lo sabes…
Lucía pasa de largo, hace como que ni ha oído. Veintiocho años, dos carreras, jefa de equipo en una consultora, y ahí estaba: recibiendo broncas sobre lo que hace con las toallas cada día, como si fuera una adolescente.
Carmen la miraba de arriba abajo. Siempre le ha parecido Lucía distante, fría, como si se pensara reina en la casa de su hijo. Con los cincuenta y cinco años que tiene Carmen, cree que puede juzgar a cualquiera. Y ella, desde el principio, ya había decidido que Lucía no le gustaba para su hijo, Marcos. Decía que a Marcos le hacía falta una mujer “de las de antes”, cariñosa, casera, no aquella estatua moderna.
Total, Carmen empezó a observar más de cerca. Cada día anotaba detalles, no se le escapaba ni uno.
Óscar, recoge los juguetes antes de cenar.
No quiero replicaba el niño, de seis años.
No es cuestión de querer o no contestaba Lucía. Recógelos.
El pequeño ponía morros, pero iba recogiendo los muñecos del salón. Lucía ni lo miraba, seguía cortando verduras para la cena.
Carmen, desde la salita, lo veía todo. Aquello no le podía parecer más frío. Ni una sonrisa, ni un gesto de ternura. Puro mando. Pobre crío.
Cuando Lucía salía a ordenar la colada, Óscar aprovechaba para acurrucarse junto a su abuela en el sofá.
Abuela, ¿por qué mamá siempre está tan enfadada?
Carmen le acariciaba el pelo. Y claro, encontraba el momento perfecto.
Verás, cielo… hay personas que no saben expresar el cariño, y eso es una pena.
¿Y tú sabes?
Claro que sí, mi vida. A la abuela sí que se le da bien querer.
Óscar se apretaba más todavía contra ella, y Carmen sonreía satisfecha.
Con cada ocasión, Carmen dejaba caer un comentario más. Poquito a poco, sutil, como quien no quiere la cosa.
Hoy mamá no me ha dejado ver dibujos.
Vaya, pobrecito. Mamá es muy estricta, ¿verdad? A veces la abuela también piensa que es demasiado dura contigo. Pero tú tranquilo, que aquí tienes a tu abuela para entenderte.
El niño asentía, empapándose de cada palabra. En su cabeza, abuela, bien; mamá, regulín.
¿Sabes una cosa? le susurraba Carmen, bajando la voz. Hay madres que no consiguen ser cariñosas. Pero no es culpa tuya, Óscar. Eres un niño estupendo. Es tu mamá la que no es como debería.
Óscar la abrazaba más. Y por dentro sentía una cosita rara cada vez que pensaba en su madre.
Un mes después, Lucía notó el cambio.
Óscar, ven aquí, cariño, que te dé un abrazo…
No quiero.
¿Por qué?
Porque no quiero.
Y el niño salía disparado al regazo de su abuela, y Lucía se quedaba plantada en medio de la habitación, con los brazos abiertos y el alma hecha trizas. Algo se había roto y no sabía el cuándo.
Carmen espiaba desde el marco de la puerta, sonriendo, como quien hace bingo.
Óscar, hijo, ¿te has enfadado conmigo? intentó preguntarle Lucía una tarde, en voz bajita.
No.
¿Entonces por qué no quieres jugar conmigo?
Óscar encogía los hombros, la miraba como si fuese una desconocida.
Quiero estar con la abuela.
Lucía lo dejó ir. Una tristeza muda le ocupó el pecho.
Al llegar la noche, cuando por fin pudieron hablar a solas, Lucía le soltó a Marcos:
No reconozco a nuestro hijo. Antes no era así… Me esquiva. Me mira como si yo fuera culpable de algo.
No será para tanto, mujer… Los niños son así, cambian cada dos por tres. Si está mucho con mi madre, será que la ha cogido cariño.
Lucía quiso replicar, pero Marcos ya había vuelto a su móvil, pasando del tema.
Mientras tanto, Carmen seguía con su novela nocturna para dormir al nieto:
Tu mamá te quiere, pero a su manera. No sabe ser dulce ni tierna… No todas las madres saben, cariño.
¿Y por qué?
Pues, mira, hay personas así… Pero tu abuela nunca te haría daño, siempre te querré, no como mamá.
Y Óscar se dormía agarrado a esas palabras, así que cada día miraba a Lucía con más recelo.
Poco a poco ya no lo disimulaba, lo decía bien claro a quién prefería.
Óscar, ¿te vienes a dar un paseo, cariño?
Quiero ir con la abuela.
Venga, Óscar…
¡Con la abuela!
Y Carmen, feliz, le cogía de la mano.
Déjale, mujer, ¿no ves que no le apetece? Ven, Óscar, que te invito a un helado.
Se iban y Lucía los miraba marcharse, notando un peso enorme en el pecho. Su niño, el que siempre la esperaba, ahora huía de ella. Sin entender por qué.
Aquella noche, Marcos encontró a Lucía en la cocina, con el té frío delante y la mirada perdida.
Lucía, hablaré con él, te lo prometo.
Ella solo asintió, sin fuerzas ni para hablar.
Marcos fue a la habitación del niño y se sentó a su lado.
Óscar, cuéntale a papá: ¿por qué no quieres estar con mamá?
El peque miró al suelo.
Porque sí.
Eso no es una respuesta. ¿Te ha hecho algo tu madre?
No…
¿Entonces?
Óscar callaba. Era imposible ponerse en la piel de un niño así. Lo que la abuela decía iba a misa, a fin de cuentas.
Marcos salió sin sacar apenas nada en claro…
Mientras, Carmen ya maquinaba el próximo paso: Lucía cada vez estaba más apagada, ya no era ni la sombra de lo que fue. Un poco más, y seguro que se marcharía por sí sola. Marcos se merecía otra esposa, no aquella estatua de hielo.
Óscar, hijo mío le dijo una mañana, al pillarlo en el pasillo después de que Lucía se hubiese metido en la ducha, tú sabes que tu abuela te quiere más que nadie, ¿verdad?
Sí, abuela.
Y tu madre… bueno, no es gran cosa, ¿verdad? Nunca te abraza, ni te hace caricias… Pobre mío…
De pronto, unos pasos a su espalda.
¡Mamá!
Carmen se volteó blanca como el papel. Ahí estaba Marcos, parado en el marco de la puerta, la cara desencajada.
Óscar, vete a tu cuarto dijo él en voz baja, pero tan firme que el pequeño se fue corriendo sin rechistar.
Marcos, yo solo…
Lo he escuchado todo.
Silencio.
¿Has estado manipulando al niño contra Lucía todo este tiempo?
Solo quería lo mejor para él. Es que Lucía es tan seca…
¿Estás loca?
Carmen retrocedió, su propio hijo la miraba como si no la reconociera.
Marcos, escúchame…
No, me vas a escuchar tú dio un paso hacia ella. Has estado enfrentando a mi hijo con su madre. ¿Tienes idea de lo que has hecho?
¡Solo quería lo mejor!
¿Mejor? Ahora Óscar se asusta de su madre, Lucía no para de llorar. ¿Eso es mejor?
Carmen alzó el mentón.
Pues yo sigo pensando que Lucía no es para ti. Es fría, mala, una piedra…
¡Basta!
Ese grito los paralizó. Marcos respiraba con fuerza.
Prepara tus cosas. Esta noche te vas.
¿Me echas de casa?
Protejo a mi familia. De ti.
Carmen abrió la boca, pero nada salió. En la mirada de su hijo ya no había ternura, solo sentencia firme. Ni discusión, ni segundas oportunidades.
A la hora, Carmen se fue. Sin despedirse.
Marcos fue a buscar a Lucía a la habitación.
Ya sé lo que ha pasado con Óscar.
Lucía lo miró, los ojos hinchados de tanto llorar.
Mi madre. Ha estado diciéndole que eres mala, que no lo quieres. Le ha llenado la cabeza con cosas feas.
Lucía se quedó helada. Luego respiró, apenas.
Pensé que me estaba volviendo loca. Que yo era una madre horrible.
Marcos la abrazó.
Eres la mejor madre que puede tener Óscar. Jamás lo dudes. Mi madre… bueno, no entiendo en qué estaba pensando. Pero no volverá a acercarse a nuestro hijo.
Las siguientes semanas fueron duras. Óscar preguntaba mucho por la abuela y no entendía por qué desapareció. Los dos le explicaban con paciencia, con mucho cariño.
Cariño, lo que te decía la abuela de mí no es verdad. Te quiero muchísimo le repetía Lucía, acariciándole el pelo.
Óscar la miraba con desconfianza.
Pero eres mandona.
No mandona, sino estricta. Es porque quiero que seas una gran persona. A veces la firmeza también es amor, ¿vale?
Óscar pensó un rato.
¿Me das un abrazo?
Y Lucía lo apretó tan fuerte que el niño no pudo aguantar la risa.
Poco a poco, de manera casi invisible, Óscar fue volviendo a ser el de antes. Otra vez corría a enseñarle sus dibujos a su madre. Se dormía escuchando sus nanas. Marcos, mirando a su familia jugar en la salita, fue consciente de lo cerca que estuvo de perderlo todo.
Carmen llamó unas cuantas veces después. Marcos no contestó.
Ella sola, entre cuatro paredes, sin nieto, sin hijo, comprendió demasiado tarde que por mucho que creas que estás ayudando, puedes acabar perdiendo lo que más querías proteger.
Lucía apoyó la cabeza en el hombro de Marcos.
Gracias por arreglarlo todo.
Perdona por no haberlo visto antes.
Óscar saltó sobre las piernas de su padre.
¡Mamá, papá! ¿Mañana vamos juntos al Zoo de Madrid?
Y sí, la vida empezaba, por fin, a sonreírles de nuevo.







