Mamá, la verdad, deja mucho que desear —¿Ana, otra vez has dejado la toalla mojada en el perchero del baño? La voz de la suegra resonó desde el pasillo, apenas Ana cruzó el umbral después del trabajo. Valentina estaba de pie, con los brazos cruzados, fulminando a su nuera con la mirada. —Ahí se está secando —Ana se quitó los zapatos—. Para eso está el perchero. —En las casas de bien, las toallas se ponen en el tendedero. Aunque eso tú no lo sabrás. Ana pasó de largo, sin dignarse a contestar. Veintiocho años, dos carreras universitarias, un puesto de dirección…, y ahí estaba, escuchando quejas sobre toallas. Día tras día. Valentina la siguió con la mirada, disgustada. Esa forma suya de callar, de ignorarla, de comportarse como si fuera la reina de la casa. Cincuenta y cinco años le habían enseñado a Valentina a entender de personas; y esa chica nunca le gustó. Fría. Altiva. A su hijo, a Maxi, le hacía falta una mujer de hogar, no esa estatua. Los días siguientes, Valentina observó. Tomó nota. Recordó… —Arturo, recoge tus juguetes antes de la cena. —No quiero. —No te estoy preguntando si quieres o no. Recoge. El pequeño de seis años puso morros, pero fue a recoger los soldaditos tirados por el suelo. Ana ni miró hacia él, siguió cortando verduras. Valentina miraba desde el salón. Ya estaba: esa frialdad suya, la que siempre notaba. Ni una sonrisa, ni una palabra de cariño. Solo órdenes. Pobre niño. —Abuela —Arturito se subió al sofá con ella cuando Ana se fue a doblar ropa—, ¿por qué mamá siempre está enfadada? Valentina le acarició la cabeza. El momento era perfecto. —Verás, cariño…, hay personas así. No saben demostrar el amor. Es triste, claro. —¿Tú sí sabes? —Por supuesto, mi niño. La abuela te quiere mucho. La abuela no es mala. El niño se abrazó más a ella. Valentina sonriente. Cada vez que quedaban solos, Valentina añadía pinceladas a su cuadro particular. Con cuidado. Poco a poco… —Mamá hoy no me dejó ver los dibujos —se quejaba Arturo al cabo de unos días. —Pobrecito. Mamá es estricta, ¿verdad? A veces a la abuela también le parece que es demasiado dura contigo. Pero no te preocupes, vente siempre conmigo, yo sí te entiendo. El niño asentía, absorbiendo cada palabra. Abuela es buena. Abuela comprende. Mamá… —¿Sabes? —susurraba Valentina en voz conspirativa—, hay mamás que no saben ser cariñosas. No es culpa tuya, Arturito, tú eres un niño maravilloso. La que es así es tu madre. El niño abrazaba a la abuela. Algo frío y confuso se instalaba en su pecho cuando pensaba en mamá. Un mes después Ana notó el cambio. —Arturo, hijo, ven aquí, dame un abrazo. El niño se apartó. —No quiero. —¿Por qué? —Simplemente no quiero. Se fue corriendo con la abuela. Ana se quedó en medio de la habitación con los brazos abiertos. Algo se rompió en su rutina y no podía entender el momento exacto en que todo cambió. Valentina observó la escena desde el pasillo. Una sonrisa satisfecha asomó en sus labios. —Cariño —por la noche Ana se sentó junto a el niño—, ¿estás enfadado conmigo? —No. —Entonces, ¿por qué ya no quieres jugar conmigo? El niño se encogió de hombros. Su mirada era ajena, distante. —Quiero ir con la abuela. Ana lo dejó marchar. Sentía un dolor sordo en el pecho, una incomprensión absoluta. —Maxi, no reconozco a nuestro hijo —le confesó a su marido una noche, cuando todos dormían—. Me evita. Antes esto no pasaba. —Wow, mujer, los niños son así. Hoy una cosa, mañana otra. —No son caprichos. Me mira como si yo… como si hubiera hecho algo horrible. —Ana, exageras. Mi madre cuida de él cuando estamos trabajando. Tal vez se ha encariñado. Ana quiso decir algo más pero se calló. Maxi ya se había girado, concentrado en su móvil. —Tu madre te quiere —decía por las noches Valentina al acostar al niño cuando los padres se retrasaban—, pero a su manera. Fría. Dura. No todas las madres saben ser buenas, ¿sabes? —¿Por qué? —Así es, cariño. La abuela nunca te haría daño. Siempre te protegeré. No como mamá. El niño dormía con esas palabras. Y cada mañana miraba a su madre con más recelo. Ahora lo demostraba abiertamente. —Arturo, ¿vamos a pasear? —ofreció Ana la mano. —Quiero irme con la abuela. —Arturo… —Con la abuela. Valentina tomó su mano enseguida. —¿Por qué molestas al niño? ¿No ves que no quiere? Ven, Arturito, la abuela te compra un helado. Se marcharon. Ana los vio alejarse sintiendo algo pesado en el pecho. Su propio hijo la rechazaba. Corría hacia Valentina. No entendía qué había hecho mal. Por la noche Maxi encontró a su mujer en la cocina, sobre una taza de té frío, la mirada perdida. —Ana, hablaré con él. Te lo prometo. Ella solo asintió. Ya no le quedaban palabras. Maxi se sentó con el niño en la habitación. —Arturo, cuéntale a papá. ¿Por qué no quieres estar con mamá? El niño desvió la mirada. —Simplemente. —Simplemente no es una respuesta. ¿Mamá te hizo daño? —No… —¿Entonces? El niño guardó silencio. Con seis años no podía explicar lo que ni siquiera entendía del todo. Abuela decía que mamá es mala, fría. Será verdad. Abuela no miente. Maxi salió de allí con las manos vacías… Valentina, mientras tanto, planeaba su próximo movimiento. La nuera estaba por los suelos, se le notaba. Un poco más y esa “bienquista” se iría solita. Maxi se merecía algo mejor. Una esposa de verdad, no ese témpano de hielo. —Arturito —le susurró al niño en el pasillo al día siguiente, mientras Ana se duchaba—, ¿sabes que la abuela te quiere más que nadie? —Sí. —Y mamá… mamá la verdad es que deja mucho que desear, ¿verdad? Ni abraza, ni mima, siempre está gruñona. Pobre mi niño. No oyó los pasos tras ella. —Mamá. Valentina se giró. Maxi estaba en el umbral. Blanco como un papel. —Arturo, vete a tu cuarto —dijo, bajito pero categórico, y el niño salió corriendo. —Maxi, yo solo… —Lo he escuchado todo. Silencio espeso. —¿Has estado poniendo a Arturo en contra de Ana? ¿Todo este tiempo? —¡Solo me preocupo por mi nieto! ¡Ella es una carcelera! —¿Te has vuelto loca? Valentina retrocedió. Nunca le vio esa cara a su hijo. De asco. —Maxi, por favor… —No. Escúchame tú. —Se acercó—. Has puesto a mi hijo en contra de su madre. De mi mujer. ¿Eres consciente de lo que has hecho? —¡Solo quería lo mejor! —¿Lo mejor? ¡Arturo rechaza a su madre! ¡Ana está destrozada! ¿Eso es lo mejor? Valentina alzó la barbilla. —Muy bien. Ella no es la adecuada para ti. Fría, mala, sin sentimientos… —¡Basta! El grito los sacudió. Maxi respiraba agitadamente. —Haz las maletas. Hoy mismo. —¿Me echas? —Defiendo a mi familia. De ti. Valentina abrió la boca, y la cerró. La sentencia estaba en la mirada de su hijo. Sin negociaciones. Sin segundas oportunidades. Una hora después, se marchó. Sin despedidas… Maxi encontró a Ana en la habitación. —Ya sé por qué Arturo ha cambiado. Ana alzó la vista, los ojos rojos. —Mi madre. Le ha estado diciendo que eres mala, que no le quieres de verdad. Todo este tiempo, ha puesto a nuestro hijo en tu contra. Ana se quedó inmóvil. Luego soltó el aire despacio. —Pensaba que me estaba volviendo loca. Pensaba que era mala madre. Maxi se sentó a su lado, la abrazó. —Eres una madre estupenda. Mi madre… No sé qué le pasó. Pero no volverá a acercarse a Arturo. Las semanas siguientes fueron duras. Arturo preguntaba por la abuela, no entendía su ausencia. Los padres le hablaron —suave, con paciencia. —Cariño —Ana le acariciaba el pelo—, lo que decía la abuela de mí… no es verdad. Yo te quiero. Muchísimo. El niño aún dudaba. —Pero eres mala. —No mala, sino estricta. Porque quiero que seas buena persona. Ser estricta también es quererte, ¿sabes? El niño pensaba. Largo rato. —¿Me das un abrazo? Ana lo abrazó tan fuerte que él se echó a reír… Poco a poco, día a día, Arturo volvió. El verdadero. El que corría a enseñarle un dibujo a mamá. El que dormía con sus nanas. Maxi miraba a su mujer y su hijo jugar en el salón y pensaba en su madre. Llamó varias veces. Él no contestó. Valentina se quedó sola en su piso. Sin nieto. Sin hijo. Quiso proteger a Maxi de una mujer inadecuada. Y acabó perdiendo a los dos. Ana apoyó la cabeza en el hombro de Maxi. —Gracias por arreglarlo todo. —Perdona por no darme cuenta antes. Arturo corrió hacia ellos, se subió a las rodillas del padre. —Papá, mamá, ¿mañana vamos al zoo? La vida, parece, sí que mejoraba…

La madre, la verdad, deja mucho que desear

Lucía, ¿otra vez has dejado la toalla mojada colgando en el baño?

La voz de Carmen, la suegra, resonó por el pasillo en cuanto Lucía apenas cruzó la puerta después de un día eterno en la oficina. Carmen la contemplaba con los brazos cruzados, clavando una mirada severa.

Está ahí para que se seque respondió Lucía, quitándose los tacones. Por eso se cuelga.
En las casas decentes, las toallas se ponen en el tendedero. Aunque de ti no me sorprende.

Lucía pasó de largo sin dignarse a responder. Veintiocho años, dos carreras, jefa de equipo, y ahí estaba, escuchando reprimendas sobre toallas. Cada santo día.

Carmen la siguió con los ojos llenos de desdén. Esa manera de comportarse, siempre en silencio, ignorando, como si fuese la reina de la casa A sus cincuenta y cinco años, Carmen sabía distinguir a las personas. Y esa muchacha nunca le gustó. Fría. Altiva. Su hijo Miguel necesitaba una esposa cálida, hogareña. No esa estatua con aires de grandeza.

Durante los días siguientes, Carmen observó. Escuchaba. Memorizaba.

Pablo, recoge los juguetes antes de cenar ordenó Lucía.
No quiero.
No te estoy preguntando si quieres. Recoge.

Pablo, seis años, hizo un puchero, pero al final recogió los muñecos de soldados repartidos por la alfombra. Lucía ni lo miró, ocupada picando tomates.

Carmen miraba desde el salón: ahí estaba la frialdad que tanto le chocaba. Nunca una sonrisa. Nunca una palabra dulce. Siempre dando órdenes. Pobre criatura.

Abuela dijo Pablo, subiéndose con ella al sofá cuando Lucía se fue a doblar ropa al dormitorio, ¿por qué mamá está siempre enfadada?

Carmen le acarició el pelo. Era perfecto.

Mira, cielo, hay gente que no sabe enseñar el cariño. Qué pena, ¿verdad?
¿Tú sí sabes?
Por supuesto, mi tesoro. La abuela te quiere muchísimo. La abuela nunca es mala.

Pablo se le acurrucó. Carmen sonrió.

Cuando estaban solos, ella seguía labrando la imagen poco a poco.

Mamá hoy no me ha dejado ver dibujos se quejaba Pablo una semana después.
Qué penita, mi niño. Mamá es muy estricta, ¿verdad? A veces abuela también piensa que es demasiado dura contigo. Pero no te preocupes, ven conmigo si necesitas cariño.

Él asentía, escuchando todo. La abuela era la buena. La abuela comprendía. Mamá…

Mira bajaba el tono a susurro conspirador, hay mamás que no saben ser cariñosas. Pero no es culpa tuya, Pablito. Tú eres estupendo, campeón. La mala aquí es tu mamá.

Pablo abrazaba más fuerte a la abuela. Algo frío y confuso le crecía en el pecho cuando pensaba en su madre.

Al mes, Lucía percibió el cambio.

Pablo, ven aquí, que te dé un abrazo.

El niño se escurrió de sus brazos.

No quiero.
¿Por qué?
No quiero y ya.

Corrió hacia la abuela, dejando a Lucía sola en medio de la habitación, los brazos extendidos. Había un desgarro inexplicable en el aire, y ella no hallaba el porqué.

Desde el pasillo, Carmen observaba la escena con una sonrisa satisfecha.

Cariño Lucía se sentó junto a Pablo esa noche, ¿te has enfadado conmigo?
No.
¿Entonces por qué no quieres jugar conmigo?

Pablo se encogió de hombros, la mirada distante.

Quiero estar con la abuela.

Lucía resignada, le soltó la mano, el dolor mudo desbordándole por dentro.

Miguel, no reconozco a Pablo le confesó a su marido al anochecer, cuando ya todos dormían. Me esquiva. Esto no pasaba antes.
Bah, no te ralles. Los críos cambian. Hoy quieren una cosa y mañana otra.
No son caprichos. Me mira como si… como si yo fuese un monstruo.
Lucía, estás exagerando. Mi madre está con él cuando trabajamos. Igual solo se ha acostumbrado.
Lucía iba a replicar, pero Miguel ya estaba ensimismado con el móvil.

Mientras tanto, Carmen, arropando a Pablo por la noche, susurraba:

La abuela siempre te va a cuidar mejor que nadie, ¿eh? Mamá te quiere… pero a su manera. Fría. Dura. No todas las madres saben ser tiernas, ¿ves?
¿Por qué?
Así es la vida, sol respondía, acariciándole. Pero la abuela nunca te va a fallar. No como mamá.

Pablo dormía con esas palabras. Cada mañana miraba a su madre un poco más desconfiado.

Pronto lo demostró abiertamente.

Pablito, ¿vamos al parque? Lucía le tendió la mano.
Prefiero ir con la abuela.
Pablo…
¡Con la abuela!

Carmen lo agarró al instante.

¿Quieres dejar tranquilo al niño? ¿No ves que no quiere? Anda, Pablo, que la abuela te invita a un helado.

Se marcharon. Lucía se quedó mirando su marcha, la tristeza apretándole el pecho. Su propio hijo la rehuía, corría hacia la suegra. ¿Qué le pasaba?

Esa noche, Miguel encontró a Lucía sentada frente a un té frío, la mirada perdida en la pared.

Lucía, hablaré con Pablo. Te lo prometo.

Ella solo asintió, sin fuerzas para articular palabra.
Miguel se sentó junto a su hijo en el dormitorio.

Pablo, cuéntale a papá. ¿Por qué no quieres estar con mamá?

El niño apartó los ojos.

Porque no.
Eso no es una respuesta. ¿Mamá te ha hecho algo mal?
No…
¿Entonces?

Pablo callaba. Un niño de seis años no puede explicar algo que ni él mismo comprende. La abuela decía que mamá es mala, fría. ¿Será verdad? La abuela nunca miente.

Miguel salió del dormitorio sin respuestas.

Carmen, por su parte, ya preparaba su siguiente movimiento. La nuera andaba derrotada; pronto, pensaba, haría las maletas por sí sola. Miguel merecía una mujer de verdad, no esa estatua de hielo.

Pablito le susurró al nieto al día siguiente, aprovechando que Lucía se duchaba, tú sabes que la abuela te quiere más que a nada, ¿sí?
Sí.
Y mamá mamá da lo mismo, ¿verdad? Nunca te abraza, nunca te acaricia de verdad. Pobre mi niño.

No escuchó los pasos detrás.

Mamá.

Carmen se giró. Miguel estaba en la puerta, pálido.

Pablo, ve a tu cuarto ordenó con voz tan calmada que Pablo salió corriendo.
Miguel, yo sólo…
Lo he escuchado todo.

Quedaron en silencio, el aire cortante.

Tú trató de tragar saliva, tú has estado poniendo a Pablo en contra de Lucía, ¿todo este tiempo?
Yo cuido de mi nieto. ¡Lucía lo trata como a un preso!
¿Pero te has vuelto loca?

Carmen titubeó. Nunca su hijo la miró así. Con ese desprecio.

Miguel, escucha
No, ahora escucha tú avanzó un paso. Has puesto a mi hijo en contra de su madre. De mi mujer. ¿¿Te das cuenta de lo que has hecho?
¡Quería ayudarte!
¿Ayudar? ¡Pablo rehúye a su madre! ¡Lucía no tiene consuelo! ¿Eso es ayudar?

Carmen alzó la barbilla.

Mejor así. Ella no es para ti. Es seca, es cruel, es…
¡Basta!

El grito les paralizó.

Haz las maletas, te vas hoy.
¿Me echas de tu casa?
Defiendo a mi familia. De ti.

Carmen abrió la boca y la cerró. En la mirada de su hijo vio el fin. No habría olvido. Ni segundas oportunidades.

En una hora, se marchó. Sin despedidas.

Miguel halló a Lucía en el dormitorio.

Ya sé por qué Pablo ha cambiado.

Lucía levantó los ojos, enrojecidos.

Ha sido mi madre. Ella le decía que eras mala, que no le querías de verdad. Todo este tiempo ha ido envenenándole contra ti.

Lucía quedó helada. Después soltó el aire, despacio.

Pensé que me volvía loca. Que era mala madre.

Miguel se sentó, la abrazó.

Eres una madre maravillosa. No sé qué le pasó a mi madre, pero Pablo no volverá a quedarse solo con ella.

Fueron semanas duras. Pablo preguntaba por su abuela, no entendía por qué no volvía. Los padres le hablaron con amor y paciencia.

Cariño Lucía le acariciaba el pelo, lo que dijo la abuela de mí no es cierto. Yo te quiero. Muchísimo.

Pablo la miraba con desconfianza.

Pero eres mala.
No mala, sino seria. Porque quiero que seas un buen niño. Ser estricta también es amor, ¿lo entiendes?

El niño pensó. Largo rato.

¿Me das un abrazo?

Lucía lo abrazó tan fuerte que Pablo se echó a reír.

Poco a poco día a día volvió el verdadero Pablo. El que corría a enseñarle sus dibujos a mamá, el que se dormía con sus nanas.

Miguel observaba a su esposa y su hijo riendo en el salón, pensando en su madre. Carmen llamó varias veces. Miguel no contestó ninguna.

Carmen se quedó sola en su piso. Sin nieto. Sin hijo. Todo lo que quiso fue proteger a Miguel de una mujer equivocada. Y al final, los perdió a los dos.

Lucía apoyó la cabeza en el hombro de su marido.

Gracias por arreglarlo.
Perdona por tardar tanto en abrir los ojos.

Pablo corrió a subirse a las piernas del padre.

¡Papá, mamá! ¿Mañana vamos al zoo?

Y la vida, poco a poco, volvía a encauzarse.

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MagistrUm
Mamá, la verdad, deja mucho que desear —¿Ana, otra vez has dejado la toalla mojada en el perchero del baño? La voz de la suegra resonó desde el pasillo, apenas Ana cruzó el umbral después del trabajo. Valentina estaba de pie, con los brazos cruzados, fulminando a su nuera con la mirada. —Ahí se está secando —Ana se quitó los zapatos—. Para eso está el perchero. —En las casas de bien, las toallas se ponen en el tendedero. Aunque eso tú no lo sabrás. Ana pasó de largo, sin dignarse a contestar. Veintiocho años, dos carreras universitarias, un puesto de dirección…, y ahí estaba, escuchando quejas sobre toallas. Día tras día. Valentina la siguió con la mirada, disgustada. Esa forma suya de callar, de ignorarla, de comportarse como si fuera la reina de la casa. Cincuenta y cinco años le habían enseñado a Valentina a entender de personas; y esa chica nunca le gustó. Fría. Altiva. A su hijo, a Maxi, le hacía falta una mujer de hogar, no esa estatua. Los días siguientes, Valentina observó. Tomó nota. Recordó… —Arturo, recoge tus juguetes antes de la cena. —No quiero. —No te estoy preguntando si quieres o no. Recoge. El pequeño de seis años puso morros, pero fue a recoger los soldaditos tirados por el suelo. Ana ni miró hacia él, siguió cortando verduras. Valentina miraba desde el salón. Ya estaba: esa frialdad suya, la que siempre notaba. Ni una sonrisa, ni una palabra de cariño. Solo órdenes. Pobre niño. —Abuela —Arturito se subió al sofá con ella cuando Ana se fue a doblar ropa—, ¿por qué mamá siempre está enfadada? Valentina le acarició la cabeza. El momento era perfecto. —Verás, cariño…, hay personas así. No saben demostrar el amor. Es triste, claro. —¿Tú sí sabes? —Por supuesto, mi niño. La abuela te quiere mucho. La abuela no es mala. El niño se abrazó más a ella. Valentina sonriente. Cada vez que quedaban solos, Valentina añadía pinceladas a su cuadro particular. Con cuidado. Poco a poco… —Mamá hoy no me dejó ver los dibujos —se quejaba Arturo al cabo de unos días. —Pobrecito. Mamá es estricta, ¿verdad? A veces a la abuela también le parece que es demasiado dura contigo. Pero no te preocupes, vente siempre conmigo, yo sí te entiendo. El niño asentía, absorbiendo cada palabra. Abuela es buena. Abuela comprende. Mamá… —¿Sabes? —susurraba Valentina en voz conspirativa—, hay mamás que no saben ser cariñosas. No es culpa tuya, Arturito, tú eres un niño maravilloso. La que es así es tu madre. El niño abrazaba a la abuela. Algo frío y confuso se instalaba en su pecho cuando pensaba en mamá. Un mes después Ana notó el cambio. —Arturo, hijo, ven aquí, dame un abrazo. El niño se apartó. —No quiero. —¿Por qué? —Simplemente no quiero. Se fue corriendo con la abuela. Ana se quedó en medio de la habitación con los brazos abiertos. Algo se rompió en su rutina y no podía entender el momento exacto en que todo cambió. Valentina observó la escena desde el pasillo. Una sonrisa satisfecha asomó en sus labios. —Cariño —por la noche Ana se sentó junto a el niño—, ¿estás enfadado conmigo? —No. —Entonces, ¿por qué ya no quieres jugar conmigo? El niño se encogió de hombros. Su mirada era ajena, distante. —Quiero ir con la abuela. Ana lo dejó marchar. Sentía un dolor sordo en el pecho, una incomprensión absoluta. —Maxi, no reconozco a nuestro hijo —le confesó a su marido una noche, cuando todos dormían—. Me evita. Antes esto no pasaba. —Wow, mujer, los niños son así. Hoy una cosa, mañana otra. —No son caprichos. Me mira como si yo… como si hubiera hecho algo horrible. —Ana, exageras. Mi madre cuida de él cuando estamos trabajando. Tal vez se ha encariñado. Ana quiso decir algo más pero se calló. Maxi ya se había girado, concentrado en su móvil. —Tu madre te quiere —decía por las noches Valentina al acostar al niño cuando los padres se retrasaban—, pero a su manera. Fría. Dura. No todas las madres saben ser buenas, ¿sabes? —¿Por qué? —Así es, cariño. La abuela nunca te haría daño. Siempre te protegeré. No como mamá. El niño dormía con esas palabras. Y cada mañana miraba a su madre con más recelo. Ahora lo demostraba abiertamente. —Arturo, ¿vamos a pasear? —ofreció Ana la mano. —Quiero irme con la abuela. —Arturo… —Con la abuela. Valentina tomó su mano enseguida. —¿Por qué molestas al niño? ¿No ves que no quiere? Ven, Arturito, la abuela te compra un helado. Se marcharon. Ana los vio alejarse sintiendo algo pesado en el pecho. Su propio hijo la rechazaba. Corría hacia Valentina. No entendía qué había hecho mal. Por la noche Maxi encontró a su mujer en la cocina, sobre una taza de té frío, la mirada perdida. —Ana, hablaré con él. Te lo prometo. Ella solo asintió. Ya no le quedaban palabras. Maxi se sentó con el niño en la habitación. —Arturo, cuéntale a papá. ¿Por qué no quieres estar con mamá? El niño desvió la mirada. —Simplemente. —Simplemente no es una respuesta. ¿Mamá te hizo daño? —No… —¿Entonces? El niño guardó silencio. Con seis años no podía explicar lo que ni siquiera entendía del todo. Abuela decía que mamá es mala, fría. Será verdad. Abuela no miente. Maxi salió de allí con las manos vacías… Valentina, mientras tanto, planeaba su próximo movimiento. La nuera estaba por los suelos, se le notaba. Un poco más y esa “bienquista” se iría solita. Maxi se merecía algo mejor. Una esposa de verdad, no ese témpano de hielo. —Arturito —le susurró al niño en el pasillo al día siguiente, mientras Ana se duchaba—, ¿sabes que la abuela te quiere más que nadie? —Sí. —Y mamá… mamá la verdad es que deja mucho que desear, ¿verdad? Ni abraza, ni mima, siempre está gruñona. Pobre mi niño. No oyó los pasos tras ella. —Mamá. Valentina se giró. Maxi estaba en el umbral. Blanco como un papel. —Arturo, vete a tu cuarto —dijo, bajito pero categórico, y el niño salió corriendo. —Maxi, yo solo… —Lo he escuchado todo. Silencio espeso. —¿Has estado poniendo a Arturo en contra de Ana? ¿Todo este tiempo? —¡Solo me preocupo por mi nieto! ¡Ella es una carcelera! —¿Te has vuelto loca? Valentina retrocedió. Nunca le vio esa cara a su hijo. De asco. —Maxi, por favor… —No. Escúchame tú. —Se acercó—. Has puesto a mi hijo en contra de su madre. De mi mujer. ¿Eres consciente de lo que has hecho? —¡Solo quería lo mejor! —¿Lo mejor? ¡Arturo rechaza a su madre! ¡Ana está destrozada! ¿Eso es lo mejor? Valentina alzó la barbilla. —Muy bien. Ella no es la adecuada para ti. Fría, mala, sin sentimientos… —¡Basta! El grito los sacudió. Maxi respiraba agitadamente. —Haz las maletas. Hoy mismo. —¿Me echas? —Defiendo a mi familia. De ti. Valentina abrió la boca, y la cerró. La sentencia estaba en la mirada de su hijo. Sin negociaciones. Sin segundas oportunidades. Una hora después, se marchó. Sin despedidas… Maxi encontró a Ana en la habitación. —Ya sé por qué Arturo ha cambiado. Ana alzó la vista, los ojos rojos. —Mi madre. Le ha estado diciendo que eres mala, que no le quieres de verdad. Todo este tiempo, ha puesto a nuestro hijo en tu contra. Ana se quedó inmóvil. Luego soltó el aire despacio. —Pensaba que me estaba volviendo loca. Pensaba que era mala madre. Maxi se sentó a su lado, la abrazó. —Eres una madre estupenda. Mi madre… No sé qué le pasó. Pero no volverá a acercarse a Arturo. Las semanas siguientes fueron duras. Arturo preguntaba por la abuela, no entendía su ausencia. Los padres le hablaron —suave, con paciencia. —Cariño —Ana le acariciaba el pelo—, lo que decía la abuela de mí… no es verdad. Yo te quiero. Muchísimo. El niño aún dudaba. —Pero eres mala. —No mala, sino estricta. Porque quiero que seas buena persona. Ser estricta también es quererte, ¿sabes? El niño pensaba. Largo rato. —¿Me das un abrazo? Ana lo abrazó tan fuerte que él se echó a reír… Poco a poco, día a día, Arturo volvió. El verdadero. El que corría a enseñarle un dibujo a mamá. El que dormía con sus nanas. Maxi miraba a su mujer y su hijo jugar en el salón y pensaba en su madre. Llamó varias veces. Él no contestó. Valentina se quedó sola en su piso. Sin nieto. Sin hijo. Quiso proteger a Maxi de una mujer inadecuada. Y acabó perdiendo a los dos. Ana apoyó la cabeza en el hombro de Maxi. —Gracias por arreglarlo todo. —Perdona por no darme cuenta antes. Arturo corrió hacia ellos, se subió a las rodillas del padre. —Papá, mamá, ¿mañana vamos al zoo? La vida, parece, sí que mejoraba…