Mamá está agotada

Mamá está cansada

A Inés le brotaba la voz como un trueno en la caja del supermercado de la calle Mayor, tanto que las manos de la cajera, una mujer mayor con moño gris, temblaban como las ramas de un olivo azotado por el viento de la Sierra.

¿Va a tardar mucho más? ¡Si no sabe hacer su trabajo, mejor quédese en casa!

Perdone La anciana apretaba el acelerador de escanear yogures y manzanas, pero parecía que todo pasaba a cámara lenta.

Inés su marido, Alejandro, le tocó el codo con la suavidad por la que era famoso en la familia ya está bien, vámonos.

Ella se giró con una violencia de torero.

¡Tú cállate! Nadie te ha preguntado nada.

Alejandro bajó la mirada hacia su propio carrito. Lo hacía siempre. Callar se había vuelto su segunda piel.

***

En casa olía a pollo asado con ajo y laurel. Matilde, la suegra de Inés Matilde Ramos removía sopa de fideos en la olla.

¡Ay, ya habéis vuelto! He preparado sopita de pollo, que con este tiempo apetece. Sentaos, que voy sirviendo.

Le he pedido mil veces que no meta mano en mi cocina musitó Inés, los ojos prendidos de la olla. ¿Vive aquí o está de visita?

Matilde empalideció y dejó la cuchara sobre el mármol.

Solo quería echar un cable

¡Pues no me ayude! Ya me las apaño sola.

De repente, saltó al pasillo Nico, de siete años, con los pelos todavía revueltos:

¡Mamá! El Hugo del portal dos me ha dicho flojo. ¡Pero yo no soy flojo, ¿verdad?!

Déjame, Nico. ¿Es que no ves que estoy ocupada?

Nico se detuvo, mirando alternativamente a la abuela y al suelo.

Inés se fue dando un portazo.

***

Así era siempre, como en un verano sin fin. Cada día idéntico al anterior. Inés despertaba irritable, se dormía furiosa, en el medio gritaba a todo aquel, familiar o desconocido, que entrara en su órbita: marido, suegra, hijo, cajeras, compañeros de trabajo, la señora de la panadería, el vecino que saludaba en la escalera.

A veces, a lo lejos, venía el rumor de una pregunta: ¿En qué me he convertido? Pero la pregunta caía a un pozo negro, sin eco ni respuesta.

Alejandro aguantaba. Había aprendido en diez años a ser invisible. Trabajaba en dos sitios, llevaba los euros a casa, hacía cuanto ella pedía. Por las noches, cuando Inés dormía, se sentaba a la mesa de la cocina con un vaso de manzanilla y se quedaba mirando al imán del frigorífico, pensando en nada y en todo.

Matilde había venido a Madrid hacía tres meses para cuidar a Nico, ya que los padres no daban abasto. Ahora, cada mañana, recogía miradas de Inés como quien recoge ortigas: pinchaban hasta en los huesos.

Nico Nico vivía. Corría, preguntaba, jugaba, hasta que chocaba contra el muro de su madre. Antes lloraba. Un día, dejó de hacerlo. Se escabullía con su abuela y se sentaba muy cerca, guardando silencio: así era más seguro.

***

El viernes ocurrió lo de siempre.

Ese viernes, Inés vino del trabajo echando humo: el jefe la había regañado, una colega la había apuñalado por la espalda y en el metro alguien le había pisado el talón.

Justo antes de entrar, Nico había derramado zumo de naranja en el sofá nuevo, pagado a plazos; un charco luminoso sobre la tapicería beige.

El niño, de pie, con el vaso vacío, observaba cómo el manchón se comía el sofá.

¡¿Pero qué has hecho, Nico?! chilló Inés desde el umbral. ¡¿Sabes lo que nos ha costado este sofá en euros?!

Ha sido sin querer, mamá Por favor, no grites Me das miedo

¿Miedo tienes? Inés se enfureció más. Solo sabes romper, ¡no sirves para nada! ¡No hay quien viva contigo!

Mamá, perdona

¡A tu cuarto, ahora! ¡Y quiero no verte en todo el día!

Nico se fue arrastrando los pies. Inés gritó sola hasta quedarse ronca.

***

Esa noche Inés no dormía. Caminó hasta la cocina y se sentó frente a la ventana. La ciudad, mojada, chisporroteaba de farolas y lluvia fina, esa que en Madrid llaman calabobos.

Miraba las gotas resbalar, una tras otra. Pensaba en escapar de sí misma, que todo terminara y los ruidos callaran al fin.

Sin darse cuenta, se había quedado dormida sentada.

Despertó de frío, la madrugada aún sin luz. Todo callado. Alejandro dormía, Matilde roncaba, Nico soñaba¿con qué soñará un niño cuando su casa es tempestad?

Fue al baño y, al volver, pasó junto a la habitación de Nico, con la puerta apenas entornada. Asomó la cabeza, por costumbre: Nico, enrollado en la manta, abrazando la almohada. Encima de la mesilla, una libreta a cuadros, la portada pintarrajeada de castillos y caballos.

Iba a marcharse, pero leyó la palabra:

Mamá.

Cogió la libreta y se sentó en la cama. Era un diario.

La primera frase, de septiembre:

Hoy mamá ha vuelto a gritar. Papá dice que está cansada. Quería abrazarla, pero me apartó. Es porque soy malo.

Inés tragó saliva. Pasó página.

Octubre. Hoy es el cumple de la abuela. Le dibujé una tarjeta muy bonita, con flores, pero mamá gritaba a papá por la mañana y me dio miedo. La he escondido. Quizá se la dé otro día, cuando mamá no esté.

Noviembre. He roto el cochecito que me regaló papá. Lo rompí adrede. Pensé: si rompo algo mío, mamá no gritará. Pero gritó igual. Dijo que no sé apreciar nada y que soy tonto.

Las manos de Inés temblaban.

Diciembre. Pronto es Navidad. Escribí a los Reyes Magos. Pedí que mamá deje de gritar. Ojalá pudieran traerme ese regalo.

Enero. En clase teníamos que escribir qué queremos ser de mayores. Yo puse invisible. Así mamá no me ve y no me grita. La profe se sorprendió y llamó a papá. Papá vino, me dijo que mamá es buena, solo que le cuesta. Yo me acuerdo de antes. Me abrazaba y reía. Ya no ríe nunca.

Inés no podía moverse. Lágrimas caían sobre el cuaderno y el bolígrafo corría borroso entre sus dedos.

Febrero. Hoy he tirado zumo en el sofá. Mamá ha gritado mucho. Cuando grita, siento que me muero despacito. Primero los oídos, luego el corazón, luego el alma. Me tumbé y cerré los ojos. Pensé: si me muero dormido, ¿llorará mamá o pensará que ya tiene un problema menos?

El cuaderno cayó de las manos de Inés. El llanto era mudo, inaudible, como si temiera que Nico pudiera escucharla. El miedo tenía ahora su casa en ella.

Se quedó allí, tirada, un rato sin nombre, quizá veinte minutos o una hora. Recolocó la libreta, la dejó en la misma postura y volvió a su cama, tumbándose al lado de Alejandro. Miró el gotelé del techo hasta que la luz crespada del amanecer rompió la noche.

***

Nico fue el primero en levantarse.

Abrió los ojos. Se estiró y recordó el día anterior. Un suspiro. Fue al pasillo. Extraño: no sonaba vajilla chocando, ni la voz de su madre llamando a todos vagos o zanganos.

Se asomó a la cocina.

Mamá estaba sentada. No gritaba, no movía nada. Solo miraba por la ventana, con una taza de té frío delante.

Mamá susurró Nico.

Ella giró la cabeza. Tenía un rostro distinto: ni enfadada, ni agotada. Otra cosa que Nico no supo nombrar.

Buenos días dijo Inés en voz baja. Ven, siéntate a desayunar.

Le puso un cuenco de papilla, sentándose enfrente.

Nico miraba. Apenas se atrevía a respirar.

Mamá, ¿qué te pasa hoy?

Nada, Nico.

¿Por qué no hablas?

Estoy pensando.

¿En qué?

Inés le sostuvo la mirada. Luego, le acarició la cabeza.

En ti. En nosotros.

Nico se quedó boquiabierto.

Mamá, ¿estás enferma?

No, pequeño. Justo lo contrario: estoy curándome.

No entendía, pero le daba igual. Lo importante era el silencio tranquilo.

Acaba el desayuno. Que tienes cole.

Nico recogió su mochila. En la entrada, dudó.

¿Esta tarde no vas a gritar otra vez?

Inés se agachó hasta su altura.

No sé si lo conseguiré, hijo. Pero voy a intentarlo. Te lo prometo. Para que nunca más tengas miedo.

Nico asintió.

¿Y si no puedes?

Entonces, me lo dices. Solo dime: ¿Otra vez?. Yo recordaré.

¿Recordar qué?

Todo respondió ella, besándole la frente. Anda, ve.

Nico salió, dando un salto al cerrar la puerta.

Inés se quedó de pie hasta que oyó el eco del ascensor.

De la habitación salió Alejandro, con la camisa arrugada y el pelo como una maleza.

¿Ya estás levantada?

No podía dormir.

La miró con cuidado.

¿Todo bien?

Sí. Ve a desayunar.

Se sentaron. Alejandro sirvió infusión.

Alejandro murmuró Inés, de sopetón. ¿Por qué me quieres? Yo yo soy un monstruo.

Él dejó la taza.

No eres un monstruo. Solo has olvidado quién eres.

¿Y quién soy?

De todo sonrió Alejandro. Puedo recordarlo: eres divertida, tierna, puedes dar unos abrazos que crujen los huesos. Lo recuerdo todo, Inés. Eres tú la que ha olvidado.

Inés calló.

Yo también espero que vuelvas. El tiempo que necesites, aquí estaré dijo él.

Inés le estrechó la mano larga y cálida.

***

Aquel día, Inés no gritó ni una sola vez.

Por la tarde, Nico llegó del cole. Tiró la mochila y la abrazó sin preguntar por qué.

¡Mamá, hoy me han puesto un sobresaliente!

¡Muy bien, campeón! le acarició Inés. ¡Qué orgullo!

Nico se quedó quieto, sorprendido.

¿En serio?

En serio, Nico.

Sonrió como no lo hacía desde hacía meses.

Mamá hoy he pensado en clase: ojalá cuando llegue a casa me abraces. Y vas y lo haces.

Payaso le apretó Inés contra sí. Te voy a abrazar todos los días, ¿me oyes? ¡Todos!

***

Por la noche, fue a su cuarto. Pero Nico ya dormía. La libreta seguía en la mesa.

Inés la abrió y, con su letra apretada, escribió en la última página:

Hijo mío, te quiero muchísimo. Perdóname, voy a esforzarme de verdad.
Mamá.

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MagistrUm
Mamá está agotada