¡Luisa, estás perdiendo el juicio a estas alturas! ¡Si tus nietos ya van al colegio! ¿Qué boda ni qué boda?esas palabras, impregnadas de incredulidad y algo de burla, fue lo primero que escuché de mi hermana cuando le confesé que me casaba.
¿Pero a qué esperar más? En siete días Justo y yo firmábamos los papeles y debía contárselo a Pilar, mi hermana. Por supuesto, ella no vendría al gran día: vivimos en puntas opuestas de España. Y ni por asomo pensábamos montar jaleo de juventud ni gritos de «¡Que se besen!» a nuestros sesenta inviernos. Nos casaríamos en silencio, quizá una comida sencilla para dos en algún rincón de Madrid.
Bien podríamos no casarnos, pero Justo es un caballero pasado de anacronismos: me abre la puerta del portal, ofrece su brazo para bajar del coche y me ayuda a poner el abrigo. «No puedo vivir contigo sin anillo, Luisa,» me dijo un día. «¿Qué soy, un chiquillo? Ansío algo serio.» Y, siendo honesta, para mí Justo es casi un muchacho, aunque tenga el pelo más gris que la plata vieja. En su trabajo lo llaman únicamente por nombre y apellido, y se respira respeto cuando aparece: allí es otro, severo, formal… Pero al verme su seriedad se desmorona y parece que rejuvenece cuarenta años. Me coge, me hace girar en la plaza, y yo, entre la risa y la vergüenza, le advierto: «¡Justo, que la gente mira!» Pero él se encoge de hombros: «¿Gente? Solo existes tú.» En esos momentos, siento que el resto del universo se borra, que no quedamos más que nosotros dos.
Pero aún tenía que hablar con Pilar, mi hermana. Temía que reaccionara como tantos, con reproches y frases hechas. Necesitaba más su apoyo que cualquier otra cosa. Por fin reuní fuerzas y marqué su número.
Luisaaaaaaase alargó su voz, incrédula en el auricular. Si apenas hace un año enterraste a Vicente, ¿y ya le has buscado sustituto? Yo intuía que la noticia la dejaría helada, pero no imaginaba que la sombra de Vicente pesaría tanto en su reacción.
Pili, lo he pensadola interrumpí. ¿Quién decide cuándo es suficiente luto? ¿Me puedes decir un número? ¿Cuánto tiempo debe pasar antes de que tenga permiso para sonreír otra vez sin ser juzgada?
Silencio de reflexión.
Pues… por decoro, cinco años, al menos.
¿Y quieres que le diga a Justo: ‘Vuelve en cinco años, que yo tengo que vestir de negro?’
Mi hermana callaba.
¿De qué serviría? insistí. ¿Piensas que después de cinco años los chismosos callarían? Siempre habrá lenguas afiladas, pero a esas yo ya no les presto atención. Pero tu opinión sí pesa, y si tú lo desaconsejas, pienso en cancelar el enlace.
Haz lo que quieras, no quiero ser la malarezongó. ¡Cásate si te place! Pero entiende que no te entiendo, ni lo comparto. Siempre has ido a tu aire, pero no imaginé que terminarías tan… ¿excéntrica? Anda, espera al menos otro año, sé decente.
No cedí.
Dices de esperar otro año, pero, ¿y si a Justo y a mí solo nos queda ese tiempo? ¿Nos lo negaríamos?
Al otro lado, noté un leve olisqueo, casi un llanto contenido.
Allá tú, haz lo que te dé la gana. Se entiende el ansia de felicidad, pero has vivido una vida tan… redonda…
Me reí.
Pili, ¿de verdad crees que he sido feliz todos estos años? Yo también lo creía. Pero ahora descubro que no era más que una mula de carga. Nunca pensé que existiría otro modo: dormir lo que una quiera, ir al supermercado tranquila, al cine, a la piscina, esquiar. Y resulta que mis hijas y nietos siguen bien, aunque yo me dedique a disfrutar. Lo importante: he aprendido a mirar las cosas con ojos nuevos.
Antes, barría hojas secas en la huerta y me enfurecía, pero ahora… esas hojas me contagian alegría. Camino por El Retiro y las hago volar con los pies como una niña. He aprendido a amar la lluvia, ya no huyo de los chaparrones echando las gallinas bajo techo, ahora la observo tras el cristal de un café. Por primera vez, me deslumbra la belleza del cielo de Madrid, de las nubes al caer la tarde, o el crujido del hielo bajo mis pies en la Casa de Campo. Justo es quien me ha enseñado todo eso.
Cuando murió Vicente fue como un delirio. Todo sucedió de golpe: el corazón se le paró y ya nunca abrió los ojos. Vendieron la finca, la huerta, las gallinas… y mis hijas me trajeron al centro de Madrid. Al principio vagaba por la casa antes del alba, sin saber dónde meterme.
Entonces conocí mejor a Justo. Era ya mi vecino pero lo trataba poco, aunque le ayudó a mi yerno a cargar cajas. Me confesó que, en principio, solo sentía lástima por esa viuda apagada, tan desorientada. Pero, dice, pronto vio la energía que bullía en mí, solo había que encender la mecha. Me llevó a La Rosaleda del Parque del Oeste, nos sentamos al sol, compartimos un helado y, después, un paseo por el estanque para ver patos. Yo había tenido patos toda mi vida en la finca, pero jamás me había parado solo a observarles, correteando y zambulléndose tan graciosos tras las migas de pan.
No me puedo creerle confeséaños criando patos y nunca tuve un instante para mirarles jugar. Solo les daba de comer y limpiar, y aquí me tienes, mirando y riendo.
Justo me apretó la mano y dijo: Déjame enseñarte todo un universo. Renacerás.
Y así fue. Cada día el mundo me resultaba fantástico y nuevo, y mi vida anterior se disolvía como un mal sueño. No sé cuándo me di cuenta de que dependía de Justo para respirar. Pero me desperté una mañana pensando que, sin él, yo no sería yo.
Mis hijas pusieron el grito en el cielo. «¡Traicionas la memoria de papá!», decían. Y yo me sentía culpable, herida. Los hijos de Justo, sin embargo, celebraron la noticia: «Ahora sí que nuestro padre está bien», decían aliviados. Solo me quedaba contárselo a Pilar y ese momento lo retrasaba, como si aún pudiera esconderme del juicio.
¿Y cuándo os casáis?me preguntó al final de nuestra larga llamada.
Este viernes.
Pues poco tengo que decir. Que os dure el amor. Se despidió con voz seca.
Cuando llegó el viernes, Justo y yo compramos bocadillos, nos pusimos bien guapos y pedimos taxi rumbo al juzgado. Y entonces, como en uno de esos sueños mareantes donde nada parece real, al bajar en la puerta vi a mis hijas, yernos, nietos, los hijos de Justo con sus familias… ¡y mi hermana Pilar! Tenía un ramo de rosas blancas y la cara lavada en lágrimas.
¡Pili! ¿De verdad has venido desde Vigo por mí? pregunté aún incrédula.
Tendré que conocer a quien te arrebata, ¿no crees? y se echó a reír.
Entre todos habían hablado en secreto, reservado mesa en una taberna entrañable y preparado una fiesta improvisada.
Hace poco celebramos Justo y yo nuestro primer aniversario. Ya es parte de mi gente, de mi carne y mi aire. Yo sigo creyendo, a veces, que todo lo vivido es una farsa demasiado feliz para ser verdad. Me pellizco, y sonrío. Qué sueño más descabellado en el que me encuentro tan obscenamente dichosa, que temo incluso despertar.







