—¡Ludita, que te has vuelto loca en la vejez! ¡Si tienes nietos que ya van al colegio, ¿cómo que te …

¡Luz, que se te ha ido la cabeza! ¡Tienes nietos que ya van al cole, ¿cómo que te casas ahora? eso fue lo primero que escuché de mi hermana cuando le solté que me iba a casar.

Ya tocaba, ¿no? En una semana Toli y yo firmamos los papeles, y claro, tenía que decírselo a mi hermana. Ella no va a venir al evento, vivimos a quinientos kilómetros y tampoco es que queramos montar el sarao del siglo, con un ¡Que se besen! a gritos a los sesenta años. Nada, una boda tranquila y luego a cenar solos.

La boda podríamos haberla dejado pasar, pero Toli insistió. Es más caballero que un duque: abre la puerta del portal, me echa una mano para salir del coche, me ayuda con el abrigo No acepta vivir juntos sin papeles. Me lo dijo claro: ¿Qué soy yo, un chaval? Yo quiero las cosas serias. Y, para mí, aunque tenga el pelo ya blanquecino, Toli es un chiquillo. En el trabajo es Tomás para todos y le tratan de usted, muy serio. Pero cuando me ve, se le olvida la edad y me da vueltas en plena calle. Yo me pongo colorada y le digo: Mira que la gente va a pensar cosas. Y él tan pancho: ¿Qué gente? Si yo sólo te veo a ti. Y te juro que, cuando estamos juntos, parece que el resto del mundo ni existe.

Pero claro, una tiene una hermana, y lo suyo es contarle estas cosas. Me daba miedo la reacción de Teresa, porque su opinión es la que más me importa. Así que, cogí aire y la llamé.

Lucecita… dijo con esa voz de susto total cuando le dije que iba a casarme si hace un año que enterraste a Víctor, ¿y ya tienes sustituto?

Sabía que iba a dejarla pasmada, pero no imaginaba que el problema fuera mi marido fallecido.

Te, lo sé la corté. Pero, ¿quién marca esos plazos? ¿Tú sabes cuándo se puede volver a ser feliz sin que te miren mal?

Se quedó pensando.

Yo qué sé… por lo menos cinco años deberías esperar, por respeto dice.

O sea, según tú, le tengo que decir a Tomas: espérate, vuelve dentro de cinco años que ahora estoy de luto, ¿no?

Nada, en silencio. Sigo yo:

Y dime ¿en serio piensas que después de cinco años nadie va a decir nada? Siempre habrá quien quiera criticar. Te digo la verdad, me da igual lo que digan, pero tu opinión sí que cuenta. Si de verdad te molesta, cancelo la boda.

Mira, yo no quiero ser la mala, casaos si os da la gana, pero que sepas que no lo entiendo y no te apoyo. Siempre has ido a tu aire, pero pensaba que con la edad te calmarías Haz lo que quieras, pero espera, al menos, un poquito más.

Pero yo, nada.

Dices que espere ¿Y si sólo nos queda un año juntos, qué?

Y ya la oigo lloriqueando.

Haz lo que quieras, hija. Yo entiendo que todo el mundo busca la felicidad…, pero has sido tan feliz tantos años

Me eché a reír.

¿En serio lo crees, Teresa? ¿Que he sido tan feliz? Yo también lo pensaba hasta ahora. Me he dado cuenta de que, más que vivir, trabajaba como una mula. No sabía que se podía vivir de otra manera, disfrutar de la vida.

Víctor era buen hombre, criamos dos hijas y tengo cinco nietos. Siempre me repitió que lo más importante es la familia y yo le seguía. Primero trabajamos para que no les faltase nada, luego para ayudar a nuestros hijos y después por los nietos. Echo la vista atrás y mi vida fue una carrera sin tregua.

Cuando mi hija mayor se casó, ya teníamos una casa en el campo, pero a Víctor se le metió en la cabeza agrandar la finca y criar animales para los nietos. Alquilamos más terreno y llegaron más obligaciones: cuidar animales, estar siempre en pie; ni un solo día nos acostamos temprano. La ciudad sólo la pisábamos para temas de papeleo, de ir al teatro o al súper ni hablar.

Un día, llamo a unas amigas y me cuentan que una ha venido de la playa con la nieta, la otra fue al teatro con el marido ¡Yo ni al súper podía ir!

Días sin pan porque los animales requerían todo el tiempo. Al menos los hijos y nietos estaban bien; la mayor se cambió de coche gracias a la finca, la pequeña renovó el piso. O sea, tampoco todo fue en balde. Un día me visita Consuelo, excompañera, y me suelta:

Lucía, ¡no te reconocía! Pensé que estarías aquí descansando ¡Y resulta que te veo al borde del colapso! ¿Por qué te machacas así?

Es que hay que ayudar a los hijos.

¡Pero si ya son adultos! Vive un poco para ti, mujer.

No entendía entonces ese para ti. Ahora ya sí: dormir cuando quiero, ir al cine, a nadar, esquiar y nadie sufre. Mis hijas siguen igual, los nietos no pasan hambre. Sobre todo, he aprendido a ver la vida con otros ojos.

Antes, recogía las hojas del jardín enfadada por la suciedad; ahora me hacen sonreír. Camino por el parque, las revuelvo con los pies como una niña. Ahora hasta me gusta la lluvia, no tengo que salir corriendo a meter a las cabras; me siento en una cafetería y la miro. Me doy cuenta de lo bonitos que son los atardeceres y la nieve. Y todo esto, lo he aprendido de Toli.

Tras morir Víctor fue un shock. Un infarto y en minutos se fue. Mi familia lo vendió todo y volví a la ciudad. Los primeros días andaba como un fantasma, despertando al alba sin rumbo.

Y entonces apareció Tomás, que resultó ser mi vecino y amigo de mi yerno, ayudándonos con la mudanza. Me confesó después que simplemente le di lástima al verme, tan apagada, pero enseguida vio que tenía vida, que a mí sólo hacía falta sacudirme la tristeza. Me llevó al Retiro a dar un paseo. Nos sentamos en un banco, compró helados, y luego fuimos al lago a dar de comer a los patos. Yo había criado muchos, pero nunca había tenido tiempo de observarlos. ¡Qué graciosos! Se sumergen de cabeza, hacen piruetas

Parece mentira que haya podido pasarme horas mirando a tus patos, Tomás le confesé. Antes no tenía ni un minuto; todo era cebar, limpiar, y el campo, nada más.

Tomás me sonríe, me coge la mano y me dice: Ya verás, te voy a enseñar mil cosas Es que vas a volver a nacer.

Y así fue. Como una cría, cada día descubría el mundo con él. Y, poco a poco, mi antigua vida me pareció un mal sueño.

No sé cuándo me di cuenta de que necesitaba a Tomás, su voz, su risa, su compañía. Un día me desperté y supe que lo nuestro era real y sin él, imposible.

Mis hijas, al principio, fatal creían que traicionaba la memoria de su padre. Me dolió, como si tuviera que darles explicaciones. Los hijos de Tomás encantados, Así ya está papá acompañado, decían. A la única que me costaba llamar para contarlo era a mi hermana, y por eso lo demoré tanto.

Y, entonces, ¿cuándo os casáis? preguntó Teresa después de hablar largo rato.

Este viernes.

Qué se le va a hacer… pues, que seáis felices en vuestra vejez, me dijo, seca.

Llegó el viernes. Toli y yo nos arreglamos, compramos unos buenos quesos, jamón, vino, y pedimos un Cabify para el registro. Cuando llegamos, me quedé helada: en la entrada estaban mis hijas con sus maridos y nietos, los hijos de Tomás con sus familias y, la más inesperada, ¡mi hermana! Teresa con un ramo enorme de rosas blancas, sonriente entre lágrimas.

¡Tere! ¿Has venido sólo por mí? no me lo creía.

¿Cómo me iba a perder a quién te lleva? se rió.

Resulta que todos se habían puesto en contacto y tenían reservado un restaurante en el centro.

Hace poco hicimos el aniversario. Tomás ya está integrado en toda la familia. Y yo aún no me creo el cambio: soy tan obscenamente feliz que a veces me da miedo romper el hechizo.

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MagistrUm
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