Lucía era obesa. Tenía treinta años y pesaba 120 kg. Probablemente padecía alguna enfermedad, un trastorno metabólico o algo similar. Lucía vivía en un pueblo remoto y olvidado por Dios. Ir a un especialista para un examen era costoso y quedaba muy lejos.

María del Pilar era gorda. Tenía treinta años y pesaba 120kg. Seguramente padecía alguna enfermedad, un trastorno del metabolismo o algo parecido. Vivía en un pueblecillo olvidado en la sierra de Segovia, donde acudir a especialistas significaba viajar a Madrid, lejos y caro.

En aquel pueblo, enclavado en el último recoveco del mapa, el tiempo no corría por relojes, sino por estaciones. Se quedaba congelado en los duros inviernos, se deshielaba con el chapoteo de la primavera, se durmía ardiendo en verano y se entristecía bajo lluvias otoñales. En ese cauce lento y denso, se hundía la vida de María, a quien todos llamábamos simplemente Pilar.

Pilar tenía treinta años y su existencia le parecía una charca de la que no podía salir. Sus 120kg no eran solo peso, sino una fortaleza de carne, cansancio y silenciosa desesperación. Sospechaba que la causa estaba dentro de ella, alguna avería, una enfermedad, un desajuste metabólico, pero ir a la capital era impensable: lejos, humillantemente caro y, a su parecer, inútil.

Trabajaba como niñera en el jardín de niños Campanilla. Sus días olían a talco, a gachas, a suelos siempre mojados. Sus manos grandes y dulces sabían consolar a un bebé que lloraba, tender la ropa en diez cunas y secar una gota sin que el pequeño sintiera culpa. Los niños la adoraban, se acercaban a su ternura y calma. Pero el brillo en los ojos de los peques era un escaso pago por la soledad que la aguardaba tras la puerta del jardín.

Pilar vivía en un bloque de ocho viviendas, una chabola de los tiempos de la posguerra. La casa crujía bajo la presión del viento y exhalaba polvo en las noches. Hace dos años su madre, una mujer cansada y enclenque, la dejó para siempre, enterrando sus sueños entre esas paredes. Nunca conoció a su padre; desapareció cuando ella era pequeña, dejando sólo una foto amarillenta.

Su cotidianidad era dura. Agua fría que salía de un grifo oxidado, el único baño en la calle, semejante a una cueva helada en invierno, y el agobio del verano en su pequeño salón. Pero el tirano mayor era la estufa. En invierno devoraba dos furgones llenos de leña, chupando los últimos euros de su escasa paga. Pilar pasaba las noches contemplando la llama tras la puerta de hierro, sintiendo que el fuego se llevaba no solo la leña, sino sus años, su fuerza y su futuro, convirtiéndolos en ceniza fría.

Una tarde, cuando el crepúsculo invadía su habitación con una melancolía gris, ocurrió lo inesperado. No fue un trueno ni una explosión, sino el leve golpeteo de las zapatillas de su vecina Nuria, la conserje del hospital local, que llamó a su puerta.

Pilar, perdona, por Dios. Aquí tienesdijo Nuria, metiendo dos mil euros en la mano de María. No sé de dónde los saqué, pero llévatelos.

Pilar miró, incrédula, las billetes que había tachado de deuda hace dos años.

Anda, Nuria, no era necesario…

¡Era necesario!insistió la vecina, bajando la voz como si revelara un secreto de Estado. Ahora tengo dinero. Escucha…

Y Nuria, con tono conspirador, empezó a relatar una historia increíble: cómo unos marroquíes habían llegado al pueblo. Uno de ellos, al verla mientras barría la calle, le propuso un trabajo extraño y lucrativocien euros.

Necesitan gente con documentos, rápido. Van buscando esposas de fachada. Ayer me anotaron. No sé cómo hacen en el registro, pero el dinero sí que entra. Mi amigo, Rashid, está aquí “para la boda”, pero se irá cuando se ponga oscuro. Mi hija, Luz, también aceptó. Necesita un abrigo nuevo, que el invierno se acerca. ¿Y tú? dijo Nuria. Necesitas dinero, ¿no? ¿Y quién se casará contigo?

La última frase no sonaba a malicia, sino a cruda realidad. Pilar sintió el aguijón de su dolor habitual, pero en un segundo decidió: no tenía futuro de matrimonio, ni pretendientes. Su mundo se limitaba al jardín, al supermercado y a su habitación con la insaciable estufa. Y allí estaban esos cien euros, que podrían comprar leña o, al fin, unas nuevas láminas para tapar las paredes descoloridas y rotas.

Valemurmuró. Lo acepto.

Al día siguiente Nuria presentó al “candidato”. Cuando Pilar abrió la puerta, dio un salto y se agachó instintivamente, queriendo ocultar su figura. Frente a ella estaba un joven alto, delgado, con el rostro todavía sin marcas de la dureza de la vida, y ojos oscuros, tristes.

¡Madre mía, parece un niño!exclamó Pilar.

El joven se enderezó.

Tengo veintidós añosdijo con voz clara, sin acento, solo con un leve susurro melódico.

Mira túse agitó Nuria. Él es quince años menor que yo y tú solo tienes ocho de diferencia. ¡Un hombre en su mejor momento!

En el registro civil no quisieron registrar el matrimonio al instante. La oficial, con traje estricto, los miró sospechosa y declaró que la ley exigía un mes de espera “para pensar”. Los marroquíes, con su parte del negocio ya concluida, se marcharon; necesitaban trabajar. Pero antes de irse, Rashid le pidió a Pilar su número de teléfono.

Se hace muy monótono estar solo en una ciudad extrañale explicó, y en sus ojos Pilar vio la misma sensación de pérdida que ella conocía.

Empezó a llamar cada noche. Al principio, las llamadas eran breves, torpes. Después se alargaron. Rashid resultó ser un conversador sorprendente: hablaba de sus montañas, de un sol distinto, de su madre a quien adoraba, de su llegada a España para ayudar a su familia. Preguntaba por la vida de Pilar, por su trabajo con los niños, y ella, para su asombro, le contaba. No se quejaba, simplemente narrabalas anécdotas del jardín, el olor de la tierra húmeda en primavera, los pequeños accidentes. Se reía al teléfono, con una voz clara, olvidándose de su peso y de sus años. En ese mes aprendieron más el uno del otro que muchos cónyuges en años de convivencia.

Pasado el mes, Rashid volvió. Pilar, con su único vestido de fiesta, una pieza plateada que le quedaba justo, sintió una mezcla de nerviosismo y emoción. Testigos fueron sus compatriotas, jóvenes serios y bien presentados. La ceremonia fue rápida y sin dramatismo para los funcionarios. Para Pilar, sin embargo, fue un destello: el brillo de los anillos, las frases oficiales, la sensación de irrealidad.

Al concluir, Rashid la acompañó a su casa. Al entrar, le entregó un sobre con el dinero prometido. Pilar lo tomó, sintiendo un peso extraño en la manoel peso de su decisión, de su desesperación y de su nueva posición. Luego sacó de su bolsillo una pequeña caja de terciopelo. Dentro, sobre un terciopelo negro, reposaba una delicada cadena de oro.

Es para tidijo en voz baja. Quise comprar un anillo, pero no sabía la talla. No quiero irme. Quiero que seas realmente mi esposa.

Pilar se quedó paralizada, sin palabras.

Durante este mes escuché tu alma por teléfonoprosiguió él, con los ojos encendidos por una llama adulta. Es buena, pura, como la de mi madre. Mi madre murió; fue la segunda esposa de mi padre y él la amaba mucho. Yo te he amado, María del Pilar, de verdad. Déjame quedarme aquí, contigo.

No era una petición de matrimonio de fachada. Era una oferta de mano y corazón. Y Pilar, al ver esos ojos honestos y melancólicos, percibió no compasión, sino lo que había dejado de soñar: respeto, gratitud y una ternura naciente.

Al día siguiente Rashid partió, pero esa partida no era separación, sino el inicio de una espera. Trabajaba en la capital con sus compañeros, pero cada fin de semana regresaba a ella. Cuando Pilar supo que estaba embarazada, Rashid dio otro paso: vendió parte de su participación en un negocio, compró una furgoneta de segunda mano y volvió al pueblo para siempre. Se dedicó al transporte de personas y mercancías al centro del municipio, y su empresa prosperó gracias a su esfuerzo y honradez.

Nació un hijo. Tres años después otro. Dos niños morenos, con la mirada de su padre y la sonrisa de su madre. Su casa se llenó de gritos, risas, el golpeteo de pequeños pies y el aroma de una vida familiar auténtica.

Su marido no bebía, no fumabasu fe lo prohibía, era incansable en el trabajo y miraba a Pilar con una ternura que hacía enfadar a las vecinas. La diferencia de ocho años se desvaneció en ese amor, volvió invisible.

Lo más sorprendente fue el propio Pilar. Como si floreciera desde dentro. El embarazo, el matrimonio feliz, la responsabilidad de cuidar a una familia hicieron que su cuerpo renaciera. Los kilos de más se fueron desvaneciendo día a día, como si fueran una cáscara innecesaria que protegía una criatura delicada hasta el momento adecuado. No siguió dietas; simplemente su vida se llenó de movimiento, cuidados y alegría. Perdió peso, volvió a brillar la mirada y su paso se volvió firme y seguro.

A veces, junto a la estufa que ahora Rashid aviva con mesura, Pilar observa a sus hijos jugar sobre la alfombra y siente la mirada cálida y adoradora de su marido. Recuerda aquella noche extraña, los dos mil euros, a Nuria y la puerta que se abrió para un desconocido de ojos tristes, que le dio no un matrimonio de conveniencia, sino una vida entera. Una vida real.

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MagistrUm
Lucía era obesa. Tenía treinta años y pesaba 120 kg. Probablemente padecía alguna enfermedad, un trastorno metabólico o algo similar. Lucía vivía en un pueblo remoto y olvidado por Dios. Ir a un especialista para un examen era costoso y quedaba muy lejos.