Los suelos no se limpian solos: la vida de Olya entre la barriga, la suegra y el amor por sus hijos …

Los suelos no se limpian solos

Lucía, mientras Álvaro está en el trabajo, tú tienes que encargarte de la casa comentó Carmen María. Los suelos no se limpian solos. ¿Y la cena, quién la va a preparar? ¿A qué esperas sentada, que te lo haga yo también?

Deslicé la mano por mi barriga enorme. Siete meses, gemelos, cada día empezaba con el intento titánico de sentarme en la cama. La espalda me dolía tanto que solo quería tumbarme y no moverme hasta que llegaran los niños.

Carmen María, si ve usted cómo tengo la tripa Me desplazo por el piso agarrándome a las paredes y usted pensando en la cena.

Mi suegra alzó la mano en el aire, como quien aparta una nimiedad sin importancia.

Por favor, Lucía, que estás embarazada, no enferma. Yo, cuando llevaba a Álvarito en la tripa, cocinaba, lavaba la ropa y hasta ayudaba a recoger la huerta. Y tú ahí tumbada todo el día como una marquesa. Todo lo exageras, Lucía, lo que quieres es tenernos a todos pendientes de ti y dándote pena.

Se marchó dejando la taza en la mesa y ese poso amargo que parece que no se puede tragar.

Álvaro regresó a casa cerca de las nueve, agotado, con ojeras profundas. Esperé a que cenara y me senté a su lado.

Álvaro, tenemos que hablar de tu madre. Viene cada día y me echa en cara todo como si fuera una niña pequeña. Apenas puedo caminar y pretende que friegue los suelos y ponga el cocido en la mesa. Por favor, háblale tú.

Se frotó el puente de la nariz y suspiró, sin querer meterse en la guerra.

Vale, Lucía. Lo haré, te lo prometo.

Pasaron los días y todo seguía igual. Carmen María seguía viniendo en días alternos, pasaba el dedo por los muebles buscando polvo, suspiraba fuerte al ver un plato sucio en el fregadero.

A los dos meses nacieron los niños. Dos varones, sanísimos, con unos puñitos colorados y un grito robusto. Martín y Simón. Cuando los pusieron sobre mi pecho, lo demás desapareció. Lloré como una tonta, feliz hasta lo imposible, con esos dos pequeños gritones. Álvaro entró como un rayo en la habitación, cogió a Martín como si fuera de cristal y tenía el labio tembloroso.

Lu, que son nuestros hijos…

La semana en el hospital fue una burbuja cálida y blandita, existíamos solo nosotros cuatro. Luego volvimos a casa. Álvaro llevaba a uno, yo al otro, empujé la puerta de la habitación que pintamos juntos de verde menta, donde montamos las cunas, colgamos los móviles, colocamos los bodies en los estantes y me quedé petrificado en el umbral.

Sobre una cuna reposaba una bata morada con iniciales bordadas. Junto al cambiador, una maleta abierta. La otra cuna, arrimada a la pared, y al lado una butaca desplegable en la que Carmen María hojeaba una revista, como si tal cosa.

Ah, habéis llegado dijo con rostro imperturbable. Me he instalado aquí para ayudaros con los niños.

Me quedé parado con Martín en brazos sin entender lo que veía. La maleta, la bata cosas ajenas en el lugar donde una semana antes estaban los pañales. Mi suegra había ocupado el cuarto de los niños como si fuera suyo.

Me giré despacio hacia Álvaro, que se quedó en el pasillo con Simón y sin atreverse a mirarme.

Álvaro, ¿esto qué significa?
Lu, mamá dice que nos va a ayudar estos primeros días intentaba escurrir la mirada. Son dos niños y tú sola en casa va a ser complicado.

Acomodé mejor a Martín y negué con la cabeza.

Me las apaño. Lo hablamos muchas veces, Álvaro. Yo puedo sola.

Carmen María apareció detrás, silenciosa.

Lucía, no digas tonterías. Acabas de parir, tienes dos bebés, y andas tambaleándote. Venga, vete a descansar que yo me encargo de los chicos ahora. Todo irá bien.

Quise replicar, pero estaba tan agotada que no me quedaban fuerzas para discutir. Me convencí a mí mismo de que sería solo unos días, que no iba a cambiar nada.

Los primeros tres días, la verdad, fueron como prometió. Se levantaba por la noche, me dejaba dormir, preparaba el desayuno y ponía la lavadora en silencio. Empecé a creer que quizá me equivocaba con ella, que algo maternal surgía con los nietos y todo iría bien. Pero cuando Álvaro volvió al trabajo, la casa se transmutó en otro mundo.

Carmen María dejó de ayudar y empezó a mandar. Cuando cogía a Simón para darle el pecho, ella se plantaba detrás: “así no, sujeta la cabeza, no lo espachurres”. Si envolvía a Martín, venía detrás a desenvolverlo y volver a arrebujarlo: “mira qué mal, se va a quedar retorcido”. Me sentaba en el sofá un minuto tras la toma y al momento sonaba desde la cocina: “Lucía, la vajilla no se va a lavar sola, deja de vaguear”.

Todo el día, sin respiro. No terminaba una cosa cuando ya me señalaba otra. Apenas me dejaba tocar a los niños: me los quitaba de los brazos, “dámelo, otra vez lo haces mal”, y ya sentía miedo de coger a mis propios hijos delante de mi suegra.

A la semana estaba exhausto: las rodillas me temblaban, la mente embotada del insomnio y la tensión constante. Esperé a que Carmen María se durmiera en la habitación de los niños, cerré mi dormitorio y me senté junto a Álvaro.

Álvaro, no aguanto más esto susurré, enfadado y conteniéndome. Tu madre no ayuda, me machaca. No hay forma de alimentar yo mismo a los niños sin que entre a corregirme. No puedo sentarme cinco minutos sin que me mande fregar los suelos. En mi propia casa no soy más que una criada que lo hace todo mal.

Álvaro miraba al techo, guardando silencio.

O se va tu madre tragué saliva y solté al fin lo que llevaba repitiendo por dentro días, o me voy yo con los chicos.

Álvaro se incorporó y me miró como si acabara de oír una barbaridad.

Lu, anda mamá solo intenta ayudar, es su manera de ser. ¿Por qué no intentáis hablar y llegar a un acuerdo? Ella solo quiere a los nietos.

Me tapé la cara con las manos, aprisionando los ojos ardiendo. Sabía que si empezaba a llorar ahora, no pararía hasta la mañana siguiente. Todo aquello se acumulaba desde el embarazo, los te lo inventas y los pues yo hacía mucho más, ahora salía a borbotones, irrefrenable.

Álvaro, llevo una semana sin alimentar bien a mis hijos me destapé la cara, las lágrimas corrían libres. Cojo a Simón y me lo quita, arropo a Martín y ella lo vuelve a envolver. En mi casa tengo miedo de acercarme a ellos. ¡Que los he parido yo, Álvaro! Y me trata como si fuera la niñera que está a prueba.

La puerta chirrió y en el umbral apareció Carmen María, bata morada, brazos cruzados y labios retorcidos.

Que lo estoy oyendo todo, ¿eh? Estas paredes son finas me miró resoplando. Debería darte vergüenza, Lucía. He dejado mi casa, he venido a cuidar a mis nietos, duermo en una butaca con sesenta y dos años, y aquí solo recibo reproches mientras envenenas a mi hijo contra su madre. No tienes ni pizca de agradecimiento.

En ese momento, algo cambió. Vi cómo Álvaro miraba primero a su madre, luego a mí, llorando al borde de la cama, camiseta arrugada y manchada de leche. Algo se rompió en su cara. Al fin vio lo que yo intentaba explicarle.

Mamá dijo Álvaro sentado en la cama, recoge tus cosas. Mañana por la mañana te llevo a casa.

Carmen María se quedó rígida en la puerta, completamente desconcertada.

¿En serio, Álvarito? ¿Echas a tu madre por ella?
Mamá, lo digo en serio. Este es mi hogar, son mis hijos, mi mujer, y nosotros decidiremos. Ayudarás cuando te lo pidamos, pero tú vivirás en tu casa.

Carmen María protestó hasta medianoche. Recogió la maleta a lo bestia, dando portazos, fue dos veces a la cocina a por tila y no paró de lamentarse de su hijo desagradecido y de la nuera que le había separado. Yo, mientras tanto, en la habitación, alimentando a Martín, lloraba también pero de alivio. Un alivio profundo y suave.

A la mañana siguiente, Álvaro cogió la maleta y llevó a Carmen María de vuelta a su piso. Regresó a las pocas horas, entró en la habitación, cogió a Simón que justo se quejaba, y se lo puso en el hombro.

Podemos, Lu me dijo acunando al niño: los dos solos podemos.

Y así fue. En pocos días encontré mi ritmo, ahora que nadie me respiraba en la nuca, nadie me controlaba todo. Alimentaba a los niños como yo veía, los envolvía a mi manera, y la casa poco a poco volvió a ser nuestro hogar y no un campo de batalla. Álvaro se levantaba por las noches sin quejarse y los fines de semana se llevaba a la doble sillita y desaparecían dos horas, regalándome un poco de paz. Fue volviendo la calma, no de golpe, pero cada vez que me levantaba por la mañana sabía que podía ir hacia mis hijos sin miedo, con ganas y con seguridad.

En todo esto he aprendido que hay que defender tu espacio, aunque cueste y duela. Nadie más que uno conoce lo que necesita su propia familia. Hay que saber cuándo decir basta, aunque tengas que hacerlo llorando y con la voz rota.

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MagistrUm
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