Los suelos no se van a fregar solos
Clara, mientras Rodrigo trabaja, eres tú la que debe estar pendiente de la casa comentó Concha Ballesteros. Los suelos no se van a fregar solos, y alguien tendrá que hacer la cena. ¿A qué esperas sentada? ¿Qué crees, que esto se va a hacer solo?
Clara se pasó la mano por la enorme barriga. Siete meses de embarazo de gemelos, y cada mañana la lucha era solo para poder incorporarse en la cama. La espalda le dolía tanto que lo único que apetecía era tumbarse sin moverse hasta el parto.
Doña Concha, mire cómo tengo la tripa. Me arrastro por el piso agarrándome a las paredes, y usted pensando en la cena.
La suegra hizo un gesto con la mano como quitándole importancia, como si Clara lloriquease por un simple resfriado.
Madre mía, Clara, estás embarazada, no enferma. Yo cuando llevaba a Rodrigo me pasé hasta el último día cocinando, lavando, y todavía tenía fuerzas para ayudar a mi madre en la huerta. Tú te pasas el día tirada, como una marquesa. No debes exagerar tanto. Solo buscas que te mimen todos.
Se marchó dejando su taza sin fregar y una sensación amarga que ni el mejor vaso de agua podía quitar.
Aquella noche Rodrigo volvió cerca de las nueve, reventado, con unas ojeras profundas. Clara esperó a que cenara y se sentó a su lado.
Rodrigo, tenemos que hablar de tu madre. Viene todos los días y me regaña como si fuera una cría. Apenas puedo andar y me exige fregar, barrer, preparar cocidos Por favor, habla con ella.
Rodrigo se frotó el entrecejo y suspiró, pero ella veía que él no quería meterse en ese jardín.
Vale, Clara. Lo haré, te lo prometo.
Pasaron los días y no cambió nada. Concha seguía apareciendo día sí, día no, repasando con el dedo los muebles por si había polvo, suspirando bien fuerte ante el plato sucio en el fregadero.
Dos meses después, Clara dio a luz. Dos niños, sanos y gritones, con puños sonrosados y fuertes. Mateo y Jaime. Cuando se los pusieron sobre el pecho, todo lo demás dejó de existir. Solo estaban los dos pequeños chillones, ella, y aquella felicidad apabullante que la ahogaba de tan grande. Rodrigo llegó corriendo a la habitación, cogió a Mateo en brazos con un cuidado de cristal de Bohemia, y los ojos le brillaban emocionados.
Clara, son nuestros chicos…
La semana en el hospital fue un bálsamo donde solo existían ellos. Pero volvieron a casa. Rodrigo llevaba a un niño, Clara al otro. Abrieron la puerta del cuarto infantil, pintado en verde menta, donde habían montado cunas, móviles y organizado la ropa diminuta. Y Clara se quedó clavada en la puerta.
En una cuna estaba un batín violeta, bordado con iniciales. Junto a la cómoda, una maleta abierta. La otra cuna arrimada a la pared, sustituida por un sillón plegable donde Concha, en batín casero, hojeaba una revista con toda la tranquilidad del mundo.
Ah, habéis llegado dijo la suegra sin inmutarse. Me he instalado aquí para ayudar con los niños.
Clara se quedó paralizada sujetando a Mateo, tardando en asumir lo que estaba viendo: la maleta, el batín, objetos ajenos ahora donde días antes había pañales. Su suegra se había adueñado del cuarto infantil con una seguridad incontestable, como si fuera su derecho.
Clara giró despacio hacia Rodrigo, que en el pasillo con Jaime entre los brazos evitaba mirarla.
Rodrigo, ¿esto qué es?
Mamá ha dicho que nos echa una mano estos primeros días contestó, y volvió la vista hacía el perchero. Como son dos tú sola será complicado.
Clara reacomodó a Mateo y negó con la cabeza.
Yo puedo. Ya lo hablamos. Puedo de sobra.
Pero Concha ya estaba detrás, silenciosa como un gato, saliendo al pasillo.
Clara, no digas tonterías. Tienes dos recién nacidos y a duras penas tienes fuerzas para estar de pie. Ve a descansar, yo les doy el biberón y los acuesto. Todo irá bien.
Clara quiso discutir, pero la fatiga tras el parto y el viaje la hizo rendirse. Asintió, le entregó a Mateo y se metió en la habitación, convenciéndose de que era algo temporal, que un par de días de ayuda no cambiarían nada.
Los tres primeros días, en realidad, no estuvieron mal. Concha se levantaba de noche, dejaba dormir a Clara, preparaba los desayunos y ponía lavadoras sin protestar. Clara llegó a pensar que se había equivocado, que la abuela se había ablandado con los nietos, que todo podría ir bien. Pero Rodrigo volvió al trabajo, y en un día el piso parecía distinto.
Concha dejó de ayudar y pasó a mandar. Clara intentaba dar el biberón a Jaime y la suegra se ponía a corregir: que así no, que hay que sujetarle la cabecita, que lo vas a asfixiar. Si cambiaba el pañal a Mateo, volvía a hacerlo porque lo has dejado mal, se va a quedar encogido el niño. Si Clara se sentaba un momento en el sofá, antes de los cinco minutos ya le llegaba el reproche desde la cocina: Clara, la vajilla no se va a lavar sola, ¿o vas a dejar todo hecho una leonera?
Todos los días, de la mañana a la noche, sin pausa. Clara no acababa una tarea y ya tenía una bronca por otra. Cada vez tenía menos acceso a sus propios hijos; la suegra los cogía con el dame, que así no se hace, y Clara empezó a tener miedo de acercarse a Mateo y Jaime cuando ella estaba delante.
Una semana así la dejó tan rota, que por la noche apenas aguantaba en pie, temblando de sueño y agotamiento. Esperó a que Concha se durmiera en el sillón del cuarto infantil, cerró la puerta de su dormitorio y se sentó junto a Rodrigo.
Rodrigo, no puedo más dijo muy bajito, no fuese que su suegra escuchase a través de la pared, aunque aquello la hacía hervir más de rabia aún. Tu madre no ayuda, me está destrozando. No puedo ni alimentar a los niños sin que ella intervenga. No puedo sentarme cinco minutos sin que me mande a limpiar. En mi casa me siento como la asistenta, y todo lo hago mal.
Rodrigo miraba el techo, sin responder.
O se va ella Clara tragó saliva y por fin dijo lo que llevaba días repitiéndose, o me llevo a los niños y me voy yo.
Él se incorporó, mirándola como si hubiera propuesto una locura.
Clara, espera. Quiere ayudar, solo que es de otra época. ¿No podéis hablar, llegar a un acuerdo? Es su nieto, le preocupa.
Clara se tapó la cara, cerrando los ojos porque sentía el llanto subiendo y si empezaba no acababa antes del amanecer. Todo ese rencor se había ido acumulando desde el embarazo, desde los estás exagerando y los yo a tu edad hacía de todo, ahora a punto de desbordarse.
Rodrigo, llevo una semana sin poder alimentar a mis hijos tranquila retiró las manos y ya no pudo evitar que las lágrimas corriesen por las mejillas. Cojo a Jaime y me lo arrebata. Cambio a Mateo y lo vuelve a hacer ella porque no le gusta cómo lo hago. En mi casa, me da miedo coger a mis propios hijos, ¿entiendes? Los he parido yo, y me trata como una niñera en pruebas.
La puerta del dormitorio crujió; en el umbral surgió Concha, en su batín violeta, con los brazos cruzados y la boca apretada.
Lo estoy escuchando todo, que lo sepáis dijo con desgana. Da vergüenza, Clara. He dejado mi casa para ayudaros, duermo en un sillón con sesenta y dos años y tú aquí montando dramas, poniéndome a Rodrigo en contra. No tienes nada de agradecida, eso es lo que pasa.
En ese momento algo cambió. Clara vio cómo Rodrigo miraba a su madre, luego a ella, llorosa, temblando en la cama con la camiseta manchada de leche, y algo en su rostro se ablandó. Por fin vio lo que ella llevaba tanto tiempo intentando explicarle.
Mamá se sentó en la cama, haz las maletas. Mañana por la mañana te llevo a casa.
Concha se quedó tiesa en la puerta, la cara desencajada como si su hijo hablara otro idioma.
¿De verdad me vas a echar por culpa de esta chica?
Sí, mamá, lo digo en serio. Este es nuestro hogar, nuestros hijos, mi mujer. Nos apañaremos solos. Ayúdanos cuando te lo pidamos. Pero aquí no puedes quedarte.
Concha estuvo de bronca toda la noche. Hacía la maleta, tiraba las cosas, daba portazos, iba a la cocina a tomar valeriana y se quejaba a voces del hijo desagradecido y de la nuera que le había robado al niño. Clara, mientras, sentada en el dormitorio con Mateo en brazos, lloraba ya no de rabia, sino de alivio.
Por la mañana, Rodrigo metió la maleta en el coche, llevó a su madre a su piso y volvió dos horas después. Entró al cuarto infantil, cogió a Jaime, que empezaba a gruñir, y lo acurrucó en su hombro.
Podemos con esto, Clara le dijo meciéndolo. Juntos podemos.
Y así fue. Clara encontró su ritmo en pocos días, ahora que nadie le respiraba en la nuca, nadie la corregía. Daba los biberones cuando los niños lo pedían, los cambiaba a su manera, y el piso empezó a sentirse suyo, no una casa ajena. Rodrigo se levantaba por la noche, sin protestar, y los fines de semana sacaba a los gemelos en el carrito para regalarle unas horas de paz. No fue inmediato, pero poco a poco la armonía volvió a su pequeño hogar, y cada mañana que Clara se acercaba a sus hijos sin miedo, ese nuevo orden se sentía más sólido, más suyo.







